publicado en: Cómic | 0
Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

The Avenging Alien… ataca de nuevo…!

Esta vez da una buena lección a un diplomático europeo sobre la realidad de la inmigración.

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

La Mística Esperanza de la Descendencia

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

Imagina que la humanidad fuera un ser vivo y que su supervivencia, a través de los milenios y las catástrofes, significara la salvación críptica de todos y cada una de sus partes. Un ente cambiante y longevo que utiliza cada muerte y nacimiento, para alcanzar a vislumbrar aquel propósito loable, olvidado y futuro, que le desvelará su papel en el Universo. Sé que aún te cuesta creer en ello, pero espera.

Hasta la llegada de ese precioso momento y de tu creencia en él, nos bastará con el amor propio y la querencia hacia nuestros seres queridos, para seguir deseando que un futuro mejor alcance a las generaciones venideras. Pero no por falta de fe, la mística inconsciente dejará de estar presente en esa mezcla de instinto, irracionalidad, generosidad y egoísmo que, sin saberlo, nos hace intuir que el bien de nuestros descendientes será el nuestro, aunque ya estemos muertos.

En la variada expresión del ser humano hay quien se obsesiona con dejar alguna huella que mantenga su recuerdo, incluso quien suspira por que la inmortalidad de sus hechos conmueva a los que aún están por llegar. Pero también hay una mayoría instintiva que premedita la burla de la muerte con el fruto de su propia sangre y carne, engendrando en la propagación de su apellido y genes, la posibilidad de ser en sus hijos aquello que su existencia no parió. Un consuelo, una vez llegado el decisivo tránsito de la cercanía del fin, tan natural y urgido para algunos como intranscendente para muchos; pero cuya propia apreciación poco importa. Porque nadie se sustrae a entremezclar sus sentimientos, ilusiones y anhelos con la esperanza de que la humanidad prospere.

La preocupación por legar un mundo más justo y sabio a nuestros descendientes es un ideal que se ha perseguido siempre. Enraizado en la cultura, la educación y el progresivo reconocimiento de la igualdad y los inherentes derechos universales que todo humano atesora por el simple hecho de pertenecer a la especie. Como toda meta utópica, su propósito no es tan importante como su persecución, porque la perfección no nos atañe y en nuestra diversidad siempre habrá expresiones contrarias y antagónicas, pero si la meta se conoce, se inculca y se interioriza, el avance hacia la utopía debería ser inexorable.

En su anhelo subyace quizá el único vestigio espiritual y místico que se permite el común del hombre moderno, porque más allá de ser creyente, agnóstico o materialista, ese desapego y generosidad de buenas intenciones, para los que queden tras nuestra marcha; suele ser compartido por cada ser humano. Claro que frente a él, hay un contrapeso que dificulta que ese sueño compartido se erija en meta primordial de nuestra sociedad. Un antagonista muy carnal y presente en todos, porque comparte el mismo origen. Y ese no es otro que el yo y el egoísmo de actuar en vida buscando nuestro único y propio interés.

Ese principio, como no podía ser de otra forma, ha regido y sigue estructurando las diferentes civilizaciones, porque la sociedad no es más que la suma de nuestras individualidades. El deseo individual, más allá de la abstracción generalista que lo formula, se circunscribe a la carne y al querer propio; el resto es economía y política. Si no me creen, diríjanse al resultado y admitirán que la suma de todos los deseos nunca ha traído la paz, porque cada uno mira por el suyo, y es una tradición muy humana la de prevalecer a costa del semejante.

Ahí se esconde el lógico y natural matiz, ese en el que los descendientes de la propia sangre sean los que reinen, y no los del semejante. La prueba la encontraremos en que pocos donan su capital, tierras, bienes y patrimonio a la generalidad del género humano, para que esa meta del bien común se alcance; tal vez sólo lo practiquen aquellos que no han tenido prole. Esta natural inercia, explica sin duda, cómo se retroalimentan las desigualdades. En un mundo en el que los poderes y papeles desempeñados están bien definidos, así como el reparto de la tierra y de su riqueza, ¿quién está dispuesto a ceder su poder por el bien de todos y no sólo por los de su propia estirpe?

El ser humano sabe distinguir su individualidad de la entidad social a la que pertenece, pero por mucho que de ella se desmarque o se sienta ajeno, no puede abandonar su impronta. Somos lo que hemos aprendido a ser, y no somos nada sin un grupo humano a nuestro alrededor. Siempre se puede huir, pero en la fuga y en el nuevo asentamiento de nuestra conciencia, vendrá indefectible y articulado, para lo bueno y para lo malo, todo el poso de la sociedad que nos ha amamantado; como lo escenifica el personaje de Robinson Crusoe y su versión cinematográfica y crítica de 1975 “Man Friday”. Habrá quien adopte y ejercite nuevos valores, formas y vínculos sociales, incluso quien se mimetice en comunidades diametralmente opuestas a la suya propia, pero tics y estructuras mentales primarias, seguirán brotando como si su naturaleza fuera innata.

Uno es lo que hace, y cualquier sociedad no está exenta a esa premisa. Cada presente no es más que el resultado de las transformaciones que el tiempo marcó en sus instituciones, valores, normas y creencias, como una suma de las decisiones individuales y los papeles jugados por cada miembro de las generaciones precedentes. El legado recibido se expresa en cada matiz y circunstancia económica, social, cultural y política que nos rodea. La multiplicidad de su expresión es finita, pero incalculable para que un mero individuo pueda ser consciente de todas sus causas y consecuencias. Su expresión por ello no puede ser única, sino tan múltiple como los seres humanos que la forman, porque cada persona filtra sus circunstancias únicas a través de su personalidad propia, para hacer que su transmisión de lo que es su sociedad sea igualmente singular. Cualquier resultado es posible, pero la probabilidad indica que seguiremos repitiendo los esquemas que perpetúan el orden establecido, porque uno repite lo que ha aprendido. Si el resultado actual ha creado riqueza y progreso sin precedentes, también ha sido a costa de que la mitad de la humanidad sufra una pobreza que nuestros descendientes, probablemente, seguirán consintiendo. Siempre existirán aquellos a quienes los deseos de sus difuntos no alcanzarán, porque han sido desposeídos de recursos naturales, educación, trabajo digno o inestimables influencias. Y cada cual seguirá deseando, que entre ellos, no estén los propios.

En las civilizaciones del pasado conocido, el número de las ideas y personas que moldeaban la concepción que del mundo se hacía cada individuo, eran contadas; el cambio se concebía lento. En la actualidad, la compleja variedad y la capacidad de los mensajes para alcanzar a la práctica totalidad del ser humano, nos ha convertido en un organismo impredecible. Cierto es, que la visión oficial se impone más que nunca, porque es fácil germinar cuando se susurra en cada oído, pero también lo es que se han exponenciado el número de jugadores, reglas y posibilidades. El cambio social se concibe ahora con cierto vértigo. Rapidez, que significa inquietud para el humano moderno, cuando piensa en el mundo que dejará a sus descendientes.

El progreso nos ha hecho, al parecer, más egoístas. Las maravillosas capacidades descubiertas por la ciencia, en lugar de concebirse como logros que debían llegar a toda persona, se han vertebrado como negocio, y su resultado no ha sido ni accesible para la totalidad, ni justo; hasta el punto de que nuestro hogar, el propio planeta, pueda pagarlo. ¿Nos bastará con concienciar y educar a los nuestros, para poder cambiar el escenario incierto?

En principio, parece insuficiente, pero hay que ser optimistas. Las carambolas de la existencia y la agilidad adquirida por nuestra sociedad, pueden crear nuevos valores, puntos de inflexión donde la realidad pueda ser transformada por una feliz coincidencia, o en su falta, por un simple humano; pudiera ser incluso, que fuera de nuestra propia sangre.

Una mujer o un hombre, tomados de uno en uno, son la expresión de la cultura que los crio. Toda novedad en ellos suele ser fruto de una variación de lo aprendido, y sin embargo el cambio, la mutación y la creación de nuevas sociedades demuestra que el ser humano evoluciona; no siempre hacia adelante porque los logros se pierden y los valores y creencias se transmutan en sus contrarios, pero sin duda la civilización humana no permanece inalterable. No temamos, pues, el cambio, porque será una decisión conjunta, pero intentemos dejar semillas en los nuestros para que la humanidad comience a luchar contra su egoísmo y abrace el ideal compartido, de un mundo más justo. La respuesta adecuada no debe ser sólo por los nuestros, sino también por los descendientes de los otros; quizá en su logro esté nuestra salvación.

Un jaguar no tiene para nosotros, más individualidad que la de representar a su propia especie, regenerada en cada camada, pero tan idéntica como debió de serlo para el primer ser humano que contempló a uno de sus ejemplares. A la luz de nuestros ojos un jaguar fue, será y es, nada más que eso, un animal sin más fin que perpetuar su especie; y nosotros a pesar de nuestra singularidad, ¿tenemos un fin diferente al suyo?

Si no lo tuviéramos nuestra extinción podría estar en proceso. Pero si creemos en nuestra singularidad, no debería sernos difícil imaginar que las personas, a pesar del pragmatismo y del moderno auge de la individualidad, seguimos poseyendo un sentimiento mágico de la existencia, presintiendo que de una forma u otra, si los nuestros perviven y mejoran, nosotros lo seguiremos haciendo aunque la muerte sea ya nuestro estado natural. Tal que si el total, fuera una expresión de futura esperanza para la conciencia de todos los unos que lo formaron, a la par que, por virtud de lo incognoscible, aquellos que nos dejaron, desde el otro lado seguirán nutriendo a la humanidad.

Quizá, como muchos escolásticos se quejen, sólo será razón del instinto. Pero quizás, ¡quién sabe!, tal vez sean ellos los que estén equivocados, y ese atisbo de superstición sea un acicate y una promesa de que la utopía es posible. La pervivencia de la raza humana está en juego y puede que para salvarla debamos volver a creer en ese lazo mágico y místico que aún sigue susurrándonos que el bien común, es la única y acertada respuesta. ¡Al menos, procuren como yo, imaginarlo!

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

La Tardanza del Inmigrante

publicado en: Relatos y Literatura | 0
Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

La tardanza ha pautado mi destino. Al menos su simbolismo me hizo sentir que siempre, fuese cual fuese la meta social, laboral o sentimental que afrontara, llegaba tarde. Nunca fui el primero en nada y atisbar en la mayoría de los otros, su llegada y mi distancia, debió hacerme perder la noticia de mis victorias. Esas que nunca celebré y que hoy pretendo enjugar en estas letras.

La vida nos enseña, o al menos a mí así me susurró, que un propósito satisfecho vale mil veces y una vez menos que un propósito vacío. Siempre que ese hueco duela con el deseo de ser llenado, aunque su imposibilidad se niegue. Si su inercia perdura, ésta nos dará sentido mientras abracemos su nebuloso y anhelado quizá.

Ser pobre, cuando estudiar es un sueño imposible, es un peso doloroso, pero la falta de letras no alza muros inexpugnables que detengan la intención que el hambre, la guerra y la necesidad nos infunde. Yo fui paciente, trabajé duro y supe ahorrar a pesar de la carestía. Pasé fatigas de gusto y comodidad, pudiendo sufragarlas; todo por tal de juntar un dinero que pudiera convertirse en mi llave de salida. La rutina vital, cuando por más de media vida había vivido sumido en la miseria junto a mis padres y hermanos, no era diferente y unos años más no iban a representar un obstáculo insalvable. Atestiguar como algunos amigos y vecinos lograban una suma importante o menuda, y marchaban, no me alteró. Sabía que cuando llegara mi turno, algo en mi interior lo sabría; y así fue.

Abandonar la única tierra que uno ha conocido es un mal trago cuya melancolía se acrecienta a cada paso, porque la separación de los lazos afectivos y el gusanillo de la memoria, nos revelan que en realidad la existencia es un trámite solitario. Aunque en su contrapeso la ilusión del logro que nos hemos propuesto llene de sentido y futura recompensa, para nuestros seres queridos, nuestro hipotético y triunfante regreso. El camino, comenzado con mixtura de ilusión y vértigo, no tarda en mostrarse muy diferente a lo conjeturado. La fortaleza que uno creía poseer, pronto y en especial al caer la noche, nos abandona, y solo al compartir las dudas con los compañeros de viaje el coraje se restaura.

El dinero no duró más que para un mes y dos fronteras, muchos se daban la vuelta, otros se quedaban paralizados en tierra extraña, sin saber reaccionar como si sólo un milagro los pudiera salvar. Yo no lo había imaginado así, pero no dejé de creer. El camino, con sus gentes y su novedad, te habla, te maltrata, se ríe de ti, pero también ofrece manos invisibles y tangibles si no dejas de soñar, y yo me agarre a ellas, por tozudez si quieren, por suerte o tal vez por instinto de supervivencia; pero sin duda alimentado por el sueño de mi voluntad.

Trabajé, no quiero recordar ya los oficios ni los lugares, durante más tiempo del previsto para malograr intentos en camiones comerciales, barcos y asaltos de vallas fronterizas, sin dejarme vencer por el fracaso. La violencia y las palizas sufridas por parte de los policías de terceros países conseguían desanimar a unos pocos, pero para el resto la vuelta a casa no era una opción; la quimera de llegar a Europa se termina convirtiendo en la única posibilidad, esa por la que uno acepta, incluso, apostar la vida.

Al final conseguí pagar mi lugar en una patera, la aglomeración y el frio no fue lo peor, sino la negrura y el sonido del mar, como si fuera un túnel interminable dispuesto a devorarnos. En esas horas perpetuas, los nervios, la emotividad y el miedo, llenan las cabezas de un silencio denso. Los llantos, rezos y los repentinos ataques de confesiones inconexas y apremiantes, no distraen el juicio individualizado y propio que la posibilidad del fin o el éxito nos impone. A pesar del miedo vivido, no dejo de recordar con cierta querencia aquel instante, no por el repaso vehemente y grandilocuente de lo vivido, sino sobre todo porque de alguna forma, la presencia cercana de la muerte, me hizo vislumbrar el escurridizo e inefable sentido de la vida. Hallazgo que quedó inconcluso cuando avistamos tierra y la carrera por abrazar el sueño comenzó.

Llegar a la meta no significó ni tregua ni descanso. Creí como muchos que lo peor había pasado, quizá uno ya no tenía que arriesgar su vida, pero huir y esconderse de las autoridades nunca había sido tan absoluto. Aquella tierra prometida no era un oasis de trabajo y oportunidades, no al menos como lo habíamos fantaseado. Pero a pesar de las condiciones laborales y legales, los sacrificios rendían un dinero que finalmente pude mandar regularmente a mi familia.

Al pasar de los años, el orgullo se dibuja en mi rostro. He tardado en formar un hogar con hijos y esposa, en obtener mi permiso de conducir y en presumir de coche propio, incluso he podido terminar una carrera universitaria, aunque tuviera que esperar a cumplir los cuarenta y cinco años, y aún no sea dueño de una casa. Sin embargo, ya no importa que me costara casi una década ser ciudadano legal de este primer mundo que se demoró en aceptarme, y que sólo hace menos de un año pudiera viajar a la tierra que me vio nacer, para comprender que todo aquello que dejé, afectos, memorias y personas, han dejado de ser parte de mí; al menos como yo de ellos, mutados por el tiempo, el cambio y la inercia de nuestras propias existencias, convirtiéndonos en una anécdota sentida y esporádica, que nació en el pasado y que no tiene lugar en su presente diario.

Hubo una época en que aquella tardanza por encontrar mi lugar en el mundo, oteada en mi juventud y desplegada en mi madurez, me hizo sentir desgraciado y derrotado, antes incluso de que intentara perseguir mi sueño. El tiempo y mi subjetividad han comprendido que la tardanza no es la antesala de la derrota, sólo la muerte cierra todas las puertas, porque mientras permanezca en nosotros un mínimo aliento, cualquier fracaso se puede tornar una victoria.

Hoy reconozco la valía de mis logros, no por la valentía y el coraje de haber cruzado países y mares, considero que en similares circunstancias muchos europeos hubieran hecho lo mismo, sino porque en su consecución me he convertido en mejor ser humano. Agradezco lo conseguido, pero no por ello he dejado de anhelar. He descubierto que la satisfacción es a veces la más sutil de las derrotas, porque en su innegable aceptación se enmaraña la pérdida rutinaria y apática del sueño amado; ese que tan amargo poso deja a los ciudadanos del primer mundo, que colmados de bienes materiales olvidan el aspecto puramente humano y afectivo de la vida.

Una victoria no es más que un gozo finito que se desinfla en su intento por dar un sentido completo a cualquier existencia. Y lo material, ahora que las necesidades básicas tanto económicas como afectivas están cubiertas, no es más que la tardía comprensión de que vivir es un tesoro plagado de joyas dejadas por aquellos que compartieron con nosotros parte del trayecto.

Mi triunfo es inmaterial y su tardío abrazo resulta aún lejano para aquellos que todavía no han comprendido que acumular bienes y patrimonio nunca debe ser el fin de una vida. La solidaridad, cooperación y desapego de los inmigrantes que fueron mis compañeros momentáneos me hicieron ver que en realidad no importa llegar tarde, y que la demora importante es la que sufre esta mayoría contemporánea de ciudadanos del Primer Mundo que sólo anhelan la materia, olvidando en su vivir la renovación de sueños y la búsqueda de un sentido a su existencia. En mi caso, mi victoria no ha sido la de emigrar felizmente, sino encontrar en el proceso un nuevo sueño, y ese es el de crear una ONG que oriente y ayude a los inmigrantes ilegales que, como yo, por primera vez llegan a este continente. Sé que sólo es un pequeño paso, quizá tardío, pero sin duda necesario; y en la tardanza de mi nuevo anhelo, espero fatigarme.

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

Y si el Don de la Profecía Volviera a Ser Común…

publicado en: Noticias Imaginarias | 0
Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

Muchos quieren creer que es una moda pasajera de internet, producto más de la casualidad y de la histeria que de un hecho comprobable, por mucho que en los últimos tiempos hayan aparecido videntes que se autodenominan profetas, y que ést@s hayan acertado con precisión quirúrgica muchos de los acontecimientos mundiales actuales.

Todo empezó cuando Pitia Eleusicá, una conocida tarotista y médium griega, predijera a mediados de septiembre pasado la victoria de Donald Trump en las elecciones americanas. La atención mediática que le otorgó el cumplido vaticinio fue aprovechado por la pitonisa para dejar tres augurios más que iban de lo sorprendente a lo inesperado, y de allí a pesar de “los aciertos”, a lo que todas las opiniones oficiales consideran irreal, pero que ha creado en las redes sociales una ola de credulidad y miedo, a partes iguales.

Inquietantemente los dos primeros se han cumplido. El inicial pronosticaba su propia muerte y la unía en hora y fecha al deceso de una figura histórica, Fidel Castro, coincidencia que se produjo el pasado 25 de noviembre. La segunda anunciaba la aparición repentina en los cinco continentes de jóvenes que reclamarían su condición de profetas, aportando detalles de las fechas de cada uno de los anuncios, sus nombres y su misión, ocultando estos pormenores hasta el momento en el que cada uno de ellos se pronunciara. Nueva coincidencia que certificó el notario encargado por la adivinadora a tal efecto, y que el pasado lunes abría por quinta vez el sobre donde se hallaba el nombre y el país de la última profeta que ha aparecido, sin que pudiera hallarse en ninguno de los casos, ni el más mínimo error.

La sombra del fraude ha sido, hasta el día de hoy, la única explicación esgrimida por los medios de comunicación y los principales portavoces oficiales de las grandes potencias mundiales, que sin explicar el cómo de una manera conjunta o verosímil, denigran la tercera profecía, así como las nuevas que los anunciados profetas han ido augurando; quienes en su mayoría han denunciado presiones de los gobiernos y organismos mundiales, primero para dejarse comprar y luego para que cesen su actividad. Y es que la tercera y última profecía habla de un complot de los grandes poderes económicos para, en menos de un lustro, desencadenar una III Guerra Mundial cuyo fin sería barrer a gran parte de la población del planeta e implantar un nuevo sistema global.

La falta de una fecha precisa dio primero pie a la mofa, pero más aún cuando en ella se hacía referencia explícita a que tras su inicio harían acto de presencia los antiguos dioses griegos que vendrían de las estrellas y que desvelarían que ellos son el origen del misterio que se oculta tras el fenómeno Ovni. El propósito de su llegada sería parar el horrible devenir de la humanidad y evitar un holocausto que aún así, para entonces ya habría causado la muerte de gran parte del ser humano y la civilización tal y como la conocemos, según los nuevos profetas.

La preocupación y las cábalas de medio mundo se reparten por igual y los nuevos augures ya han empezado a lanzar sus predicciones por internet, en muchas de ellas al parecer se confirma a la pitonisa griega y se habla de fechas más precisas, pero la mayor parte de sus detalles han sido vetados por los medios de comunicación, así como han caído las webs que las contenían y ya cuatro de ellos han sido detenidos por diferentes motivos. La última, desaparecida y oculta desde hace semanas, dijo que una nueva oleada de profetas aparecerá pronto y que no podrán hacerlos callar, y de manera críptica terminaba: ya llegó el Anticristo, ya queda poco.

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

Las Consecuencias de Atender sólo a los Síntomas

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

consecuencias

La actualidad mundial y la escalada de cambios sin precedentes a nivel político, social y económico parece corroborar que estamos viviendo un punto de inflexión histórico: una nueva forma de terrorismo global, con ejército y control de amplios territorios en oriente medio; oleadas diarias de inmigrantes y refugiados que Europa se niega a auxiliar; calentamiento global y cambio climático palpable y sin visos de solución; crisis económica planetaria y pérdida de derechos sociales y laborales; aparición de una nueva derecha en el viejo continente con tintes racistas y con grandes posibilidades de acceder al poder en Francia y en otros países; incluso el confirmado desembarco de un racista con ademanes fascistas a la presidencia de la gran potencia mundial, como ha sido el triunfo de Donald Trump.

Los analistas y los medios de comunicación de medio mundo no saben encontrar ni respuestas concluyentes ni explicaciones, y el ciudadano medio está confuso, como si la cascada de acontecimientos fuera un juego inexplicable del azar del que sólo cabe esperar su fin espontáneo. Sin embargo algunos otros apuntan a las similitudes históricas que desencadenaron la II Guerra Mundial, fruto de la crisis económica del 29, el aumento de las desigualdades económicas que propiciaron el surgimiento de los fascismos y que, como todos sabemos, terminó desatando la guerra más salvaje conocida en nuestra historia.

Las teorías e hipótesis que intentan vislumbrar el brumoso porvenir hablan de conspiraciones bien orquestadas para implantar un nuevo orden mundial, de la inminente llegada de los alienígenas, o incluso de correlaciones astronómicas repetidas a las vividas el siglo pasado justo antes de la gran guerra, para explicar el cúmulo de acontecimientos ominosos; lo único cierto es que todo síntoma debe proceder de una fuente y quizá si analizamos sin prejuicios la actuación del ser humano en las últimas décadas, seremos capaces de encontrar esas causas.

Las leyes universales siempre se cumplen, y aunque la lógica parezca guiarnos, nos deslumbran más la inercia cultural, el contexto y los sentimientos que la razón. En ese cúmulo, perdemos la guía de un principio que anunció el hermetismo ocultista y que confirmó la ciencia: “Toda causa tiene una consecuencia, y toda consecuencia procede de una causa.”

Es costumbre asentada en nuestras instituciones y gestores atender únicamente a los signos externos más evidentes de un problema. La promesa de una lucha denodada y vehemente contra los enemigos visibles copa las campañas electorales, los anuncios institucionales y las declaraciones dirigidas a los medios de comunicación y a los ciudadanos; no importa que hablen de educación, droga, guerra, paro, desahucios, urbanismo, economía, cultura o medioambiente.

Sin embargo, no hace falta más que indagar en la profundidad del contexto tratado, para advertir que la complejidad y suma de efectos forma una causa raíz que rara vez se intenta desentrañar. Es más, el disfraz de sus síntomas se convierte entonces en la genuina estratagema que delata la falta de una voluntad fidedigna por hallar una auténtica y duradera solución. Tamaña hazaña, sería el acto de una sociedad madura y sabia, pero la nuestra no contempla la posibilidad de analizarse en hondura, porque hacerlo recetaría unos cambios que afectarían a la estructura de la propia identidad y ello, para la civilización contemporánea basada en las reglas del puro intercambio capitalista, es una blasfemia que no se tolera y que se castiga con persecuciones mediáticas y etiquetas de “enemigos” y “desestabilizadores”, para aquellos que osen señalar a las primigenias raíces de un problema.

África y el Tercer Mundo sufren la pobreza, los eternos conflictos armados o la desigualdad social y económica, por sus malos dirigentes que no saben administrar sus riquísimos recursos naturales, y no por las grandes corporaciones del Primer Mundo que proporcionan armas y apoyo encubierto a diferentes facciones para generar sus grandes beneficios, una vez conseguido el derecho de explotación de sus riquezas. Y así las oleadas de inmigrantes están formadas por ingenuos jóvenes que creen que pueden conseguir con facilidad lo que han visto en la tele, sumado a sus ansias de aventura; no porque la extrema necesidad, la guerra o la ausencia de salidas los aboquen a ello.

Los ejemplos podrían desfilar sin descanso, los hay generales pero también específicos. La amalgama de acontecimientos se nutre de prejuicios y las consecuencias del paro y la crisis simplifican aún más las quejas. La demanda de respuestas hace renacer los nacionalismos y la xenofobia; no es la optimación de beneficios y la deslocalización de la industria hacia países con mano de obra barata y leyes menos estrictas, el origen del desempleo y los recortes sociales, frente a un sistema financiero que siempre se rescata y gana, sino la llegada del extranjero que viene a quitar el trabajo. Y no sólo eso, sino que termina generando delincuencia, porque los que vienen no son buena gente; olvidando que el robo no lo genera el origen cultural, sino el económico y que la delincuencia común nunca surge en las clases altas, porque se nutre de la mera necesidad.

En esta incierta penumbra, amplificada por el crisol poliédrico de fuentes, opiniones, noticias y expertos de la actualidad tecnológica, política y económica, la realidad del día a día se antoja indescifrable, como si los sucesos históricos fueran producto de la casualidad y de la providencia y no de los pasos instituidos por la humanidad y ejecutada por sus gobernantes y diferentes sociedades.

Les pongo un ejemplo, cuando viví en México por primera vez, allá por el año 1995 la generalizada pobreza y la abismal fractura social me sorprendió, sobre todo porque el pueblo parecía asumirlo como algo inevitable. En ocasiones se podía notar una rabia interior, pero no había quejas, aunque siempre pensé que aquel clima social era una olla a presión que de alguna forma se desataría. Hoy el poder de los cárteles de la droga y su control de amplias zonas del país es consecuencia directa de aquella sociedad desequilibrada económicamente, la semilla se sembró durante décadas y hoy se notan sus síntomas. Igual correlación se puede aplicar a la guerra de Irak y al apogeo del Daesh, o a la pobreza impuesta al tercer mundo y a las oleadas de inmigrantes, o al cambio climático tras décadas de maltratar el medioambiente.

El proceder crea consecuencias, también para una sociedad, si éste fue adecuado recogeremos sus beneficios sino es de ilusos culpar a la mala suerte. La lógica de actuación del mundo contemporáneo no difiere demasiado de aquel propietario que durante años y ante una gotera no se preocupa más que de poner envases que recojan el goteo, hasta que un día el edificio entero se viene abajo.

El problema y las consecuencias que vivimos son producto de la dejadez a la hora de pedir cuentas y soluciones tangibles y a futuro a aquellos que nos gobiernan, porque al final las consecuencias las pagamos y las seguiremos sufriendo tod@s; a menos claro que pronto tomemos conciencia.

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0
1 2 3 4 19