La Mística Esperanza de la Descendencia

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Imagina que la humanidad fuera un ser vivo y que su supervivencia, a través de los milenios y las catástrofes, significara la salvación críptica de todos y cada una de sus partes. Un ente cambiante y longevo que utiliza cada muerte y nacimiento, para alcanzar a vislumbrar aquel propósito loable, olvidado y futuro, que le desvelará su papel en el Universo. Sé que aún te cuesta creer en ello, pero espera.

Hasta la llegada de ese precioso momento y de tu creencia en él, nos bastará con el amor propio y la querencia hacia nuestros seres queridos, para seguir deseando que un futuro mejor alcance a las generaciones venideras. Pero no por falta de fe, la mística inconsciente dejará de estar presente en esa mezcla de instinto, irracionalidad, generosidad y egoísmo que, sin saberlo, nos hace intuir que el bien de nuestros descendientes será el nuestro, aunque ya estemos muertos.

En la variada expresión del ser humano hay quien se obsesiona con dejar alguna huella que mantenga su recuerdo, incluso quien suspira por que la inmortalidad de sus hechos conmueva a los que aún están por llegar. Pero también hay una mayoría instintiva que premedita la burla de la muerte con el fruto de su propia sangre y carne, engendrando en la propagación de su apellido y genes, la posibilidad de ser en sus hijos aquello que su existencia no parió. Un consuelo, una vez llegado el decisivo tránsito de la cercanía del fin, tan natural y urgido para algunos como intranscendente para muchos; pero cuya propia apreciación poco importa. Porque nadie se sustrae a entremezclar sus sentimientos, ilusiones y anhelos con la esperanza de que la humanidad prospere.

La preocupación por legar un mundo más justo y sabio a nuestros descendientes es un ideal que se ha perseguido siempre. Enraizado en la cultura, la educación y el progresivo reconocimiento de la igualdad y los inherentes derechos universales que todo humano atesora por el simple hecho de pertenecer a la especie. Como toda meta utópica, su propósito no es tan importante como su persecución, porque la perfección no nos atañe y en nuestra diversidad siempre habrá expresiones contrarias y antagónicas, pero si la meta se conoce, se inculca y se interioriza, el avance hacia la utopía debería ser inexorable.

En su anhelo subyace quizá el único vestigio espiritual y místico que se permite el común del hombre moderno, porque más allá de ser creyente, agnóstico o materialista, ese desapego y generosidad de buenas intenciones, para los que queden tras nuestra marcha; suele ser compartido por cada ser humano. Claro que frente a él, hay un contrapeso que dificulta que ese sueño compartido se erija en meta primordial de nuestra sociedad. Un antagonista muy carnal y presente en todos, porque comparte el mismo origen. Y ese no es otro que el yo y el egoísmo de actuar en vida buscando nuestro único y propio interés.

Ese principio, como no podía ser de otra forma, ha regido y sigue estructurando las diferentes civilizaciones, porque la sociedad no es más que la suma de nuestras individualidades. El deseo individual, más allá de la abstracción generalista que lo formula, se circunscribe a la carne y al querer propio; el resto es economía y política. Si no me creen, diríjanse al resultado y admitirán que la suma de todos los deseos nunca ha traído la paz, porque cada uno mira por el suyo, y es una tradición muy humana la de prevalecer a costa del semejante.

Ahí se esconde el lógico y natural matiz, ese en el que los descendientes de la propia sangre sean los que reinen, y no los del semejante. La prueba la encontraremos en que pocos donan su capital, tierras, bienes y patrimonio a la generalidad del género humano, para que esa meta del bien común se alcance; tal vez sólo lo practiquen aquellos que no han tenido prole. Esta natural inercia, explica sin duda, cómo se retroalimentan las desigualdades. En un mundo en el que los poderes y papeles desempeñados están bien definidos, así como el reparto de la tierra y de su riqueza, ¿quién está dispuesto a ceder su poder por el bien de todos y no sólo por los de su propia estirpe?

El ser humano sabe distinguir su individualidad de la entidad social a la que pertenece, pero por mucho que de ella se desmarque o se sienta ajeno, no puede abandonar su impronta. Somos lo que hemos aprendido a ser, y no somos nada sin un grupo humano a nuestro alrededor. Siempre se puede huir, pero en la fuga y en el nuevo asentamiento de nuestra conciencia, vendrá indefectible y articulado, para lo bueno y para lo malo, todo el poso de la sociedad que nos ha amamantado; como lo escenifica el personaje de Robinson Crusoe y su versión cinematográfica y crítica de 1975 “Man Friday”. Habrá quien adopte y ejercite nuevos valores, formas y vínculos sociales, incluso quien se mimetice en comunidades diametralmente opuestas a la suya propia, pero tics y estructuras mentales primarias, seguirán brotando como si su naturaleza fuera innata.

Uno es lo que hace, y cualquier sociedad no está exenta a esa premisa. Cada presente no es más que el resultado de las transformaciones que el tiempo marcó en sus instituciones, valores, normas y creencias, como una suma de las decisiones individuales y los papeles jugados por cada miembro de las generaciones precedentes. El legado recibido se expresa en cada matiz y circunstancia económica, social, cultural y política que nos rodea. La multiplicidad de su expresión es finita, pero incalculable para que un mero individuo pueda ser consciente de todas sus causas y consecuencias. Su expresión por ello no puede ser única, sino tan múltiple como los seres humanos que la forman, porque cada persona filtra sus circunstancias únicas a través de su personalidad propia, para hacer que su transmisión de lo que es su sociedad sea igualmente singular. Cualquier resultado es posible, pero la probabilidad indica que seguiremos repitiendo los esquemas que perpetúan el orden establecido, porque uno repite lo que ha aprendido. Si el resultado actual ha creado riqueza y progreso sin precedentes, también ha sido a costa de que la mitad de la humanidad sufra una pobreza que nuestros descendientes, probablemente, seguirán consintiendo. Siempre existirán aquellos a quienes los deseos de sus difuntos no alcanzarán, porque han sido desposeídos de recursos naturales, educación, trabajo digno o inestimables influencias. Y cada cual seguirá deseando, que entre ellos, no estén los propios.

En las civilizaciones del pasado conocido, el número de las ideas y personas que moldeaban la concepción que del mundo se hacía cada individuo, eran contadas; el cambio se concebía lento. En la actualidad, la compleja variedad y la capacidad de los mensajes para alcanzar a la práctica totalidad del ser humano, nos ha convertido en un organismo impredecible. Cierto es, que la visión oficial se impone más que nunca, porque es fácil germinar cuando se susurra en cada oído, pero también lo es que se han exponenciado el número de jugadores, reglas y posibilidades. El cambio social se concibe ahora con cierto vértigo. Rapidez, que significa inquietud para el humano moderno, cuando piensa en el mundo que dejará a sus descendientes.

El progreso nos ha hecho, al parecer, más egoístas. Las maravillosas capacidades descubiertas por la ciencia, en lugar de concebirse como logros que debían llegar a toda persona, se han vertebrado como negocio, y su resultado no ha sido ni accesible para la totalidad, ni justo; hasta el punto de que nuestro hogar, el propio planeta, pueda pagarlo. ¿Nos bastará con concienciar y educar a los nuestros, para poder cambiar el escenario incierto?

En principio, parece insuficiente, pero hay que ser optimistas. Las carambolas de la existencia y la agilidad adquirida por nuestra sociedad, pueden crear nuevos valores, puntos de inflexión donde la realidad pueda ser transformada por una feliz coincidencia, o en su falta, por un simple humano; pudiera ser incluso, que fuera de nuestra propia sangre.

Una mujer o un hombre, tomados de uno en uno, son la expresión de la cultura que los crio. Toda novedad en ellos suele ser fruto de una variación de lo aprendido, y sin embargo el cambio, la mutación y la creación de nuevas sociedades demuestra que el ser humano evoluciona; no siempre hacia adelante porque los logros se pierden y los valores y creencias se transmutan en sus contrarios, pero sin duda la civilización humana no permanece inalterable. No temamos, pues, el cambio, porque será una decisión conjunta, pero intentemos dejar semillas en los nuestros para que la humanidad comience a luchar contra su egoísmo y abrace el ideal compartido, de un mundo más justo. La respuesta adecuada no debe ser sólo por los nuestros, sino también por los descendientes de los otros; quizá en su logro esté nuestra salvación.

Un jaguar no tiene para nosotros, más individualidad que la de representar a su propia especie, regenerada en cada camada, pero tan idéntica como debió de serlo para el primer ser humano que contempló a uno de sus ejemplares. A la luz de nuestros ojos un jaguar fue, será y es, nada más que eso, un animal sin más fin que perpetuar su especie; y nosotros a pesar de nuestra singularidad, ¿tenemos un fin diferente al suyo?

Si no lo tuviéramos nuestra extinción podría estar en proceso. Pero si creemos en nuestra singularidad, no debería sernos difícil imaginar que las personas, a pesar del pragmatismo y del moderno auge de la individualidad, seguimos poseyendo un sentimiento mágico de la existencia, presintiendo que de una forma u otra, si los nuestros perviven y mejoran, nosotros lo seguiremos haciendo aunque la muerte sea ya nuestro estado natural. Tal que si el total, fuera una expresión de futura esperanza para la conciencia de todos los unos que lo formaron, a la par que, por virtud de lo incognoscible, aquellos que nos dejaron, desde el otro lado seguirán nutriendo a la humanidad.

Quizá, como muchos escolásticos se quejen, sólo será razón del instinto. Pero quizás, ¡quién sabe!, tal vez sean ellos los que estén equivocados, y ese atisbo de superstición sea un acicate y una promesa de que la utopía es posible. La pervivencia de la raza humana está en juego y puede que para salvarla debamos volver a creer en ese lazo mágico y místico que aún sigue susurrándonos que el bien común, es la única y acertada respuesta. ¡Al menos, procuren como yo, imaginarlo!

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Colabora en Diario 16. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual y El Silencio es Miedo, así como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog: www.elpaisimaginario.com La escritura es una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda, en cuyo homenaje creó: El Chamán y los Monstruos Perfectos, disponible en Amazon. Finalista del II premio de Literatura Queer en Luhu Editorial con la Novela: El Nacimiento del Amor y la Quemazón de su Espejo, un viaje a los juegos mentales y a las raíces de un desamor que desentierra las secuelas del Abuso Sexual.

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