Nacionalismo y Aceitunas

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Cada vez que alguien, al describírsela a un extraño o recordarla, dice: <<Mi tierra>>, engarza sin saberlo, el sentimentalismo de la propia vida con un marco social, en el que la familia, los amigos y las costumbres crearon los cimientos de nuestros futuros odios y afectos. Sustrato indeleble de aquel tiempo y lugar que aún vive en nosotros, donde se edificó nuestra estructura cognitiva, sentimental y ética. Iniciación que forjó, casi por completo, el molde prefijado y único, que, desde entonces, nos guiará durante toda nuestra existencia.

La tierra, la propia tierra, es un concepto romántico a pesar del más enconado raciocinio que pudiéramos acaudalar, porque no es su realidad objetiva, ni su clima, ni su vegetación o flora, ni sus gentes, costumbres o gastronomía lo que significa nuestra tierra; sino la más pura y propia subjetividad. Su valía se iguala a la nuestra, y su idealización es tan generosa como la que ponemos al evocar la nostalgia de un recuerdo.

El nacionalismo es simple pertenencia y sentimiento, su fuerza y su verdad es el innegable valor de una comunidad que comparte idiosincrasia y terreno, otra cosa e intención es la instrumentalización política. El conflicto surge porque el carácter de lo propio hace imposible la objetividad. ¿Quién no antepone y alaba lo suyo frente a lo ajeno? Muchas veces sin conocimiento de aquello con lo que se compara. Debido a que conocer es vivir, y uno no puede vivir en muchos sitios. Si lo hiciera, probablemente, pudiera llegar a caer en la tentación de descreer de todo tipo de nacionalismo; incluso imaginar que un mundo unido es posible, no hoy, no mañana, pero quizá algún día.

La naturalidad de lo propio tiende, al primer contacto, a minusvalorar lo extraño, porque hemos aprendido a hacer y a ver todo bajo un prisma, que el forastero al diferir, pone en entredicho. Pero la diferencia, recuerden y no lo olviden, nunca se puede usar para justificar distingos, porque su excusa es la misma que erigió la esclavitud, creó el colonialismo y sigue alimentando el machismo. Ser diferente no debería nunca implicar que los derechos difieran, la fuerza no es una razón y por contra debería serlo la ética.

La realidad española está marcada por las diferencias regionales, las tierras del norte nada tienen que ver con el sur, y las gentes del interior, poco con las del mediterráneo o canarias. El marcado nacionalismo se revela en el idioma, la cultura, el clima y la propiedad de la misma tierra. La historia va unida a ella, y por ella se explican las ideologías y la misma economía que nos vertebra.

Yo me atrevo a hablar de la propia, aunque haya vivido en otras y no resida en ella, porque allí viví mis primeros años y su conocimiento, modesto y parcial, si alguna idiosincrasia poseo, debe proceder de aquella, mi tierra.

Ser jienense, implica en la mayoría de los casos, no poseerla. Nadie de mi familia está adornado con ese don, aunque mi abuela paterna murió reclamando los pinos y un molino de la herencia familiar, sin que ni ella ni sus hijos, pudieran hacerse nunca con ninguno de los dos reclamos. Tengo amigos que compraron unas decenas o centenas de olivas, pero pocos conocidos que por herencia familiar posean tierra.

Cuando uno viaja al norte, trabaja por allá y hace relación, descubre que las gentes desde el cantábrico hasta Castilla suelen ser propietarios de terrenos dentro de la familia, sino todos, una gran parte, quien más quien menos, tiene un pedazo de tierra. En Andalucía en general y en Jaén en particular, el estereotipado latifundio significa que los pocos que la poseen, tienen mucho frente a una mayoría que nunca tuvo nada más que la venta de su sudor.

Es muy fácil apoyarse en el comodín de un estereotipo cuando se desconoce directamente la realidad. Más aún, cuando por su condición de local, un señorito andaluz afirma que el típico desempleado andaluz no quiere trabajar y sólo quiere cobrar el subsidio agrario. Porque su condición de local facilita el juicio de valor que corrobora un prejuicio al que se sumarán muchos otros forasteros, obviando que es una parte del conflicto y que desconoce la realidad de aquellos a los que éste señala.

Esta mezquindad, tiene un origen que obviamos, aunque la generalidad del ciudadano conoce, pero cuya lejanía histórica parece no poder afectar al presente. Se nos olvida que, así como nosotros somos la suma de nuestros días, una sociedad también es fruto de su pasado. La mal llamada Reconquista dejó un reparto de tierras en el sur que aún es palpable, el latifundio y el poder cuasi omnipotente del señorito andaluz comenzó entonces y su perniciosa inercia sigue marcando la precariedad económica y la falta de horizontes del andaluz medio. Es por ello que sigue ganando el socialismo en las elecciones, como de igual forma en el norte ganan los conservadores, porque ellos, los norteños, sí poseen tierras; y la ideología va unida al patrimonio.

Les ponía el ejemplo de la provincia de Jaén y con ella seguiré. Su mar de olivos implica que cada año, al final de cada cosecha, los grandes propietarios ganen decenas o centenas de millones de euros, ganancia a la que se añadían las ayudas de la Comunidad Europea, mientras los pequeños propietarios obtenían un ingreso que debían administrar para sobrevivir el resto del año. Los jornaleros sin tierra, la gran parte de la población, sólo puede contar con el ingreso de la recogida de la aceituna, entre diciembre y febrero, porque el resto del año no hay más movimiento económico que el producido por el comercio local o el trabajo en la administración pública.

La ingente tasa de paro se explica por la nula inversión o diversificación económica, y es que aquellos que tienen dinero para afrontarla ni se la plantean: ganan demasiado como para molestarse. El resto, necesitado, no tiene ni propiedad con la que pedir un préstamo e idear un nuevo nicho de negocio, desalentado también por un mercado con poco nivel adquisitivo.

El círculo vicioso explica la tradicional e histórica tendencia a la inmigración. Hace siglos a América, luego a Europa y a los únicos enclaves industrializados del país, Cataluña durante gran parte del siglo pasado y a Madrid en las últimas décadas. Inmigración que sigue y seguirá, por las pocas perspectivas de futuro laboral. Si la crisis ha afectado a toda la nación, imagínense lo que supone conseguir alguno de los empleos precarios que poco a poco afloran, y es que éstos se encuentran en las grandes ciudades o en el turismo de costa. La crisis no se afronta en las mismas condiciones, cuando sobrevivir implica emigrar y un alquiler, lejos del cobijo de la casa familiar.

Resulta paradójico y triste oír cómo se apela a la unidad de España y a la corresponsabilidad presupuestaria, desde el gobierno central ante el denominado desafío soberanista. Cuando por décadas no se tuvo ninguna visión de estado para equilibrar las diferencias económicas de las regiones que la forman, ni por parte socialista ni conservadora. Porque son, en gran parte económicas, las razones que subyacen en el nacionalismo catalán o vasco para reclamar su independencia. Como demuestra su reiterada apelación a que ellos aportan más, que el resto de comunidades autónomas, al total nacional.

Súmenle los prejuicios asociados a los estereotipos regionales, la instrumentalización de sentimientos legítimos, el recordado maltrato sufrido durante la época franquista a su cultura e idioma, y el miedo democrático a una voluntad calificada como “inconstitucional” por el poder tradicional, para terminar de aderezar un conflicto de difícil solución.

Todo problema siempre tiene raíces más complejas y profundas de las aparentes, y en el caso de los diferentes nacionalismos ibéricos se pasa por alto que, con la llegada de la democracia, ninguno de los políticos que llegó al poder central tuvo nunca una idea clara de construcción de país. Si la hubieran tenido, quizá el peso del nacionalismo no habría terminado siendo un problema de bloques, y quizá andaluces como yo, no tendrían que emigrar de su tierra, al menos, no por obligación. Y tal vez, si Andalucía fuera una tierra con la riqueza mejor repartida, el sentimiento nacionalista y separatista aparecería, porque lo único claro es que éste no aparece si tu población se ve abocada a emigrar.

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Colabora en Diario 16. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual y El Silencio es Miedo, así como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog: www.elpaisimaginario.com La escritura es una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda, en cuyo homenaje creó: El Chamán y los Monstruos Perfectos, disponible en Amazon. Finalista del II premio de Literatura Queer en Luhu Editorial con la Novela: El Nacimiento del Amor y la Quemazón de su Espejo, un viaje a los juegos mentales y a las raíces de un desamor que desentierra las secuelas del Abuso Sexual.

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