El Orquestado robo de la Infancia

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Tirachina

Robar no es un acto agradable. Aunque a algunos les llegue a picar el gusto. Su origen nace de una carencia. No importa si real o imaginada, porque una vez que nuestra mente, que construye el mundo, la crea; ya será real. Pero más allá de nuestra percepción subjetiva, hay situaciones objetivas que pueden orillarnos a su práctica. Incluso me atrevería a decir que, moralmente, es nuestro deber si el hambre y la necesidad acosan a nuestros seres queridos. Cuestión diferente es que la sociedad tenga derecho a juzgarnos y a castigarnos por ello.

Nunca se oyó de un rico, asaltando una pescadería para llevarse lo recaudado y una merluza. Si acaso, chistes sobre esa paradoja absurda, podrían crearse; pero no más. La realidad nunca miente, y en su resultado subyace el puzle que contiene todas las respuestas. Hallarlas no siempre es fácil. Pero su dificultad no tiene parangón, si lo que intentamos es que todo el mundo asuma y actúe en función de la verdad del resultado. Aunque en este caso, poca gente creo que discuta que la razón principal de un robo, depende del bienestar económico. Cada uno de los resultados, por supuesto, nos da un tipo de ladrón bien diferente. Entre la ambición, el placer y la necesidad, deben existir cientos de grados. No tengo el gusto, salvo uno honesto y retirado, de conocer político alguno; así que les hablaré de otro caso.

Hace más de una década trabajé de voluntario en una casa de acogida de niños de la calle. Cada tarde, de lunes a viernes, los acompañaba en sus actividades. Asistía a sus talleres y luego jugábamos, al fútbol, al baloncesto o a lo que se encartase; para terminar cenando con ellos, antes de partir para mi casa. Habría entorno a ochenta, de ambos sexos y entre los cinco y los diecisiete años; y siempre con caras nuevas, pues la mayoría no dudaba en escaparse cuando habían recuperado fuerzas y sueño. Con todos podía interactuar en el patio, pero para los talleres estaba asignado a un grupo de chicos duros, de doce para arriba, que me recibieron con frialdad, me llamaban gachupín y en general me tanteaban faltándome al respeto, antes de aproximarse.

Recuerdo un punto de inflexión, cuando uno de los míos buscó pelea. Era uno de los mayores, no me ganaba en altura, pero sí en cuerpo, y en el patio terminamos enzarzados en un pulso de cuerpos, por ver quién dominaba al otro. Si hubo un ganador, fue el hecho de ganarme su respeto. Si alguien nuevo me buscaba las cosquillas, salían varios valedores a defenderme.

En los años y en las diferentes etapas que he vivido en México DF en aquella Colonia Guerrero, barrio bravo y campo de acción de los chavos de la calle y donde se encontraba la casa de acogida, siempre me sentí seguro. Cierto que hasta hace un año, aún me encontré con alguno de aquellos muchachos supervivientes, con alegría y alborozo por ambas partes. Pero aunque no los conociera de esa experiencia, nunca me apretujó la prisa como para no compartir una plática con uno de ellos. No tanto una moneda, pero a veces si la casa, para aliviar el hambre, ofrecer una ducha, una cobija o una muda nueva.

El robo de una infancia es una aberración que desde el primer mundo, sólo se entiende como culpa de unos padres desnaturalizados. Pero la coyuntura social y económica es la causa y la generadora de tan dramáticas situaciones. Cuando por tu origen social y económico no puedes aspirar a un trabajo que cubra las necesidades de tu familia, y la única y tradicional salida era que los niños salieran a buscar cualquier tipo de ingreso; si el hambre y las cuentas de ropa, colegio, luz, teléfono y demás necesidades te acucian, no sientes que tengas más margen de actuación. Si a ello le sumas, una tradición católica y una pareja joven sin más formación que la que ha vivido en sus casas, los hijos serán una obligación, y su número, finalmente una carga.

La asfixia constante de no llegar a fin de mes y el machismo, hace que el hombre se refugie en la bebida y comiencen los malos tratos. Él hace lo que puede, quizá en condiciones laborales que Europa prohibió hace un siglo, y cada día es un reclamo; y como cabeza de familia y jefe, termina trasladando esas exigencias a sus hijos. El abandono de la escuela y la suma de golpizas, cada vez que la vuelta al hogar se hace con las manos vacías; hace el resto.

La cadena de pisoteos simplemente se repite. Pero que los niños sean los más indefensos, no debe impedirnos ver que también lo son sus padres y todo un amplio sector de la población, y la única causa es la desigualdad económica y social, permitida, alentada y base de este sistema global de mercado. En México hay, según datos propios, más de 53 millones de pobres, casi la mitad de la población; cuyo caso puede extrapolarse al planeta entero. Y la última reforma laboral mexicana, aduciendo necesidades de competitividad y atendiendo a las recomendaciones de instituciones internacionales como el Banco Mundial o el FMI, rebajó el salario mínimo a unos 3 euros al día.

Robar está penado en todo sistema político y cultura. Pero cuando es el propio sistema quien degrada y fuerza a gran parte de sus ciudadanos a subsistir de cualquier forma, éticamente no debería equiparar el robo por necesidad con aquel que surge de la ambición desmedida. Porque los poderosos que roban, si son descubiertos, en la mayoría de las ocasiones se libran, amparados en la maraña burocrática y jerárquica de la que forman parte. Y en última instancia, ellos con sus leyes y apoyados en el poder económico son los que amparan la desigualdad, crean la pobreza y no ponen las bases para, algún día, erradicar la raíz del problema.

Es curioso, pero cuando pienso en todos esos chavos de la calle que conocí, sé que a cambio de la atención, el afecto y la comprensión que pude darles, ellos me dieron mucho más. Porque cuando eres un paria y compartes lo único que tienes, como un cigarro, una comida e incluso unas monedas, una vez que me vi perdido y robado; aprendes que lo que diste no puede equipararse a su generosidad y fidelidad. Porque una buena acción siempre será superada, si en el trueque te regalan una invaluable lección de vida.

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Los Libros Cerrados

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LibroCerrado

Los años y la sociedad nos han hecho a todos demócratas, al menos en el pregonar y en el decir que más allá de nuestra ideología, respetamos al otro. Por arte del mágico lenguaje y de la corrección política, ya no hay racistas, explotadores, homófobos, machistas, ni autoritarios. Entre penumbras, sólo queda ese reducto difuso e indeterminado, y de heterogénea procedencia y condición, que forman los terroristas para unos, y los antisistema para otros. ¡Temed pues, que entre ellos os incluyan! Porque el enemigo más útil, como nos enseñó la Inquisición, siempre ha sido aquel que por su vaga indefinición, habilita la inclusión de cualquiera que se nos oponga.

Y sin embargo, la historia nos muestra, que si bien cambian las circunstancias, no lo hace así el hombre. Y yo confío más en ella, que en las ideas que nos inculcan. Porque aunque se tilden de democráticos, los hechos dibujan con precisión que aún existen autoritarios y fanáticos, para los que la expresión social de lo que debe ser un hombre no es más que un libro cerrado.

Ellos han existido siempre y lo seguirán haciendo, porque en el fondo todos somos amamantados con esas premisas. Aprender implica una forma rotunda e unívoca de entender las cosas. Y confrontar otras maneras, de entrada provoca nuestro rechazo. Porque si llevamos toda la vida comiendo con cubiertos, no sólo nos desagradará hacerlo con las manos, sino que además no comprenderemos que alguien pueda hacerlo de otro modo. Y ello no involucra simplemente a la costumbre, sino a los afectos.

Los valores de la cultura en la que uno nace, están prendidos a los recuerdos, los amores, las personas, la felicidad y el dolor que cada uno ha vivido. Y esas raíces emotivas y reales son las que nutren la entelequia de la patria o la religión, que tanto ha gustado en manipular el poder para sus fines de conquista, guerra, pervivencia y dominio. El sentimiento de pertenencia nos da seguridad. Pero también nos torna en irracionales peleles, cuando esos sentimientos son apelados por aquellos que tienen el poder y usan los medios de comunicación de masas para sus fines.

La democracia supuestamente es el gobierno de todos y para todos y en teoría garantiza la libertad de cada uno, pero la práctica nos enseña lo contrario. Si quieren, como mucho, se ha convertido en que una mayoría regle e imponga cómo deben de vivir, comportarse y hasta pensar (al menos lo intentan) aquellas miríadas de minorías, que no han llegado a ser mayoría. Cuando el espíritu de la ley debería ser el respeto al diferente. Porque, ¿qué le importa al otro lo que el vecino haga con su vida? Si con ello no le hace mal a nadie, no debería sentir que tiene derecho, ni tan siquiera a intentarlo.

Temas como el aborto o la imposición de la religión católica como asignatura muestran la verdadera pasta de la que están hechos esos “demócratas”. Su rancia tradición nada tiene que ver con el sentido democrático. Hablan de patria y se enorgullecen de un pasado imperial, lleno de masacres, esclavos, colonialismo, clasismo y aplastamiento de culturas diferentes. Exterminándolas, en el caso de los aborígenes americanos, en Los Estados Unidos, o borrando su legado e imponiendo por la fuerza el propio, como en el caso de España. Sí, el mundo era diferente entonces, pero apelar a esa grandeza demuestra que ellos no quieren dejar de serlo.

Conocer y vivir en otros países nos enseña que la sociedad no tiene una única forma de expresión, y aunque no llegues a comprender o a aceptar la ajena, siempre encontrarás expresiones culturales que te sorprendan e incluso te gusten más que las propias.

El fanático sólo utiliza un alegórico libro cerrado. A veces fue la Biblia o El Corán, como si en un mero libro pudiera encerrarse la única guía y todas las respuestas al poliédrico universo, del que formamos minúscula parte. Ahora y entonces, su cerrazón se niega a cuestionar lo aprendido. Como él entiende y ha aprendido, debe ser y no de otra forma. Si tiene poder intentará imponer sus reglas a otros, y con ellas los juzgará. Tal que si hubiera adquirido una prebenda divina. Las religiones mayoritarias siempre han utilizado esa bandera, y la sangre y la guerra que han provocado siguen manando. Pero una cosa es la fe y el ámbito privado, y otra muy diferente el público; sobre todo si se es un político, y te ufanas en llamarte demócrata.

No hagas a otros aquello que no te gustaría que te hicieran a ti…, es una máxima de Confucio. Nada nuevo existe, y cualquier novedad sólo puede proceder del olvido. Así que seguramente, otros sabios ya la predicaron. Y no te quepa duda, de que futuros seres humanos reclamarán a sus gobernantes la misma sentencia, porque muchos, de entre ellos, seguirán intentando imponer su obtuso y maldito, libro cerrado.

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La Trivial Sociedad de los Espejos

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Espejos

El camino del vivir está trufado de espejos infinitos, y en ellos vamos recolectando unas señas de identidad que en la adolescencia creemos propias, únicas e incomprendidas. Pero si tenemos la suerte de fatigar los años, tarde o temprano vislumbraremos que los remiendos que nos forman, son usados. Pues no podemos ser y usar aquello de lo que nunca supimos. Igual distancia cabe entre el griego clásico respecto a Internet, que la nuestra para encarnar sus vivencias. Porque por más que nos documentemos de los reflejos distorsionados, interpretados y a veces antagónicos, que nos dejó la historia; pariremos una farsa, porque evidentemente, no vivimos su presente.

Somos loros que imitan a sus semejantes. Cierto que la variedad de los elementos del juego, amalgamados por el destino y nuestras elecciones, nos puede hacer únicos. Pero la marea que nos forma, es igual para todos.

De los padres, la familia, los maestros y los semejantes, pasamos a fijar nuestro proceder en modelos más altos. Los Medios de Comunicación e Internet, se encargan en el mundo actual, de proporcionarnos su miríada de reflejos. Y con su cansina insistencia, nos convencen de que hay que aspirar a ser: guapos, ricos, famosos, triunfadores, comprar un coche, una casa, un vestido, una sandalia, una conciencia, apadrinando un niño en el tercer mundo; y si se amerita, una propiedad en la playa. En ese conglomerado de vacuas opciones, se ha enclaustrado la capacidad de nuestros sueños. ¿Qué inconsciente sueña con algo desconocido?

El hombre se ha olvidado de lo que significa vivir. Uno no viene a la vida para ver y morir, entretenido sólo por esas minucias. Y si creen que es así, lo siento mucho. Se han equivocado de artículo.

El hombre antiguo tenía otras prioridades. Lo inmaterial tenía un valor que hemos despreciado, y peor aún, negado su existencia. Sus Dioses y su destino atado a ellos, nos causan un desprecio pueril, como si nuestra individualidad consumista y depredadora, fuera más lógica y sabia; al menos para el planeta, parece no ser así. Pero se nos olvida que los espejos en los que buscaban reflejarse eran: Platón, Aristóteles, Pitágoras, Tales de Mileto, Thot, Buda o Salomón. Hombres que siguen siendo considerados sabios y que hablaban de ética, de justicia, del equilibrio del universo, del alma, del espíritu, y de que finalmente había una razón para nuestro paso por esta existencia. El hombre, para ellos, no estaba sólo circunscrito a la esfera de la carne. Los nuestros, apoyados en la ciencia, afirman que sólo la materia importa. Han eliminado la dualidad que todo el misticismo pagano, con sus diferentes creencias y simbolismos, compartía.

La espiritualidad puede tener muchas creencias y connotaciones adheridas, pero no me malinterpreten, no hablo de religión que siempre parió fanatismo, sino de filosofía. Lo que expresaban los pueblos antiguos, era la búsqueda de las grandes preguntas: ¿Qué somos, qué es la vida, qué sentido tiene el Universo? Y sin embargo, nuestra cultura que se siente tan superior, no quiere que sus hormiguitas, nos distraigamos en ellas.

El gran Salón de los Espejos que es la sociedad, dicta desde la tribuna de los medios lo que es real, y nosotros acatamos y aceptamos esa realidad, porque aquella que no aparece en la televisión, si no somos testigos presenciales, no existe. Los modelos de hoy son considerados estrellas, hombres de estado, millonarios, políticos, pero su ejemplo no es más que una zanahoria, bien maquillada de oropel, que nos grita: “Si quieres aprovechar la vida y ser alguien, ¡sé cómo yo! A más no puedes aspirar.”

El lujo y la importancia personal, es al parecer el único reflejo deseable y fin último de la existencia. Y si esos son los únicos espejos, ¿cómo podemos nosotros ser algo diferente?

Cuando era niño y leía con fervor cómics de superhéroes, adopté una consigna moral que Stan Lee aplicaba a su mundo de fantasía: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Pensé que a falta de héroes fantásticos en el mundo real, los famosos y poderosos serían su equivalencia, y que si tenían ética, estaban obligados a cumplir dicha máxima. Me equivocaba, y lo peor es que ni tan siquiera encuentro una excepción significativa y alentadora. No al menos de esas grandes estrellas que movilizan a millones de personas por todo el globo.

Su responsabilidad está ligada a su provecho. Ese que les otorga privilegios y una posición bien ganada, a tenor de los millones de reflejos que los retroalimentan y que les confirman su grandeza. Ellos que con una frase, mueven multitudes, prefieren mirar a otro lado cuando de implicarse, para resolver los problemas del mundo, se trata. Si acaso, una gala benéfica, un discursito, o una visita a África. No esperen más, porque su ajetreada agenda los reclama. No van a perder sus prerrogativas por una salida de tono incorrecta. Sí, inconscientemente, conocen las condiciones.

¿Qué ocurriría si un Bill Gates ocupara todo su empeño, dinero y poder en intentar crear una sociedad más justa? No, no lo sabremos, porque los espejos de los que se nutren, nunca lo han intentado. Porque para ellos lo primero, obviamente, es mantener el sistema que tanto les ha dado.

Yo, sin embargo, prefiero enarbolar las creencias de los hombres antiguos, aunque por época no me pertenezcan. La vida, me gusto en creer, no es simple materia, y su sentido nada tiene que ver con el que nuestra Sociedad, avanzada y moderna, nos enseña. Sé que recuperar algo que no he vivido me tiñe de farsa. Pero prefiero aquella, desentrañada en libros, filosofía y escuelas mistéricas, con Dioses como Ishtar, Mercurio, Isis, Baal Hammón o Mitra, a los falsos dioses materiales de hoy en día. Quizá no me haga rico, pero en ellos podré buscar y encontrar pistas sobre el sentido de la vida. No espero llegar a la verdad. Pero ya que disfrutamos de la maravilla del ser, y sabemos que dicha condición caduca, nuestro deber como seres humanos debería ser al menos, intentarlo.

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El Regreso del Antiguo Régimen

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EdadMedia

No sé si recuerdan de la época estudiantil, la impresión que les causaba la división por estamentos que caracterizaba a la Edad Media. Aquella pirámide coronada por la monarquía, seguida por la élite de la nobleza y el clero, y sustentada por un pueblo llano al que el diezmo, el derecho de pernada, el vasallaje de la gleba y el reclutamiento forzoso para la guerra, entre otras muchas injusticias; nos hacía imaginar la cruel caricatura de una época atrasada. Llena de tontos e infelices que se dejaban hacer, y con los que ya teníamos muy poco en común.

La mayoría, no creo que se haya planteado que tal vez, nuestra sociedad no sea muy diferente a aquella, y que quizá los tontos de ayer son hoy los parados, pobres y excluidos de una sociedad regida por una élite, más rica, acaudalada y con más poder del que aquellos nobles medievales jamás soñaron tener. Si bien las condiciones y variables del juego son más complejas y diversas, los que lo controlan siguen siendo unos pocos y su alcance supera a cualquiera de los míticos imperios de la antigüedad. Pues el mundo entero está a sus órdenes, y nada ni nadie, puede oponer una amenaza real que pueda variar sus planes.

Las leyes de caballería, los fueros y la voluntad monárquica o Papal, se han transmutado en Constituciones y leyes que proclaman los Derechos del Hombre pero que entronizan a la entelequia del “Mercado”, detrás de la cual se sacrifican no sólo hombres, sino países. A los que no hace falta colonizar, porque sus deudas y las inversiones de las corporaciones y grandes empresas, les otorga de facto su control, y el poder de imponer sus decisiones a los gobernantes, a veces mediante organismos mundiales con apariencia de sabios y neutrales. Y no se fijen simplemente en el Tercer Mundo donde hace mucho que ocurre, en Europa, dícese Italia, Grecia, España o Portugal, ya ha empezado.

Todo monarca se valía de sus señores feudales, y estos de sus lacayos, para recaudar impuestos con los que sufragar su política, sin importar la penuria de su pueblo, y en la actualidad no veo que ocurra algo muy distinto. Si en el Medievo, un noble se ufanaba de serlo y despreciaba al vulgo, los políticos de ahora no distan de ellos en sus obras, aunque sí en sus palabras. Si un rey recompensaba a un noble con tierras, vasallos y títulos, los de ahora no se conforman con las dietas y sueldos derivados de sus nombramientos, cuya cuantía les parece adecuada y decente y que no recortan aunque quintuplique la de un trabajador medio y haya crisis. Para más muestra de su clase, cuando se retiran de la política se regalan puestos en organismos públicos, contrataciones millonarias en consejos directivos de empresas privadas, comisiones ilegales y pensiones vitalicias. La necesidad nunca les afecta, porque como buen señor feudal una hambruna no les impide reclamar lo que por su posición social se han ganado como derecho divino, aunque el pueblo sufra.

Aquellos despreciables siervos que desvalijaban a los campesinos por mandato de sus amos, sin detenerse por una mala cosecha, una plaga de peste o la desolación de una guerra, hoy son los mismos que dictan y ejecutan las leyes, aunque eso suponga dejar en la calle a familias, despedir en masa, o privatizar el acceso a la educación, la cultura o la sanidad. Cambian los tiempos, pero no las formas.

La pirámide jerárquica solamente se ha diversificado, con miríadas de mandos intermedios que se autoproclaman servidores públicos y que se delatan en sus actitudes. En ellas denotan que no son pueblo llano y que se perciben con derecho a actuar y ser tratados de modo especial. Y no son sólo los políticos, también hay banqueros, príncipes, famosos de variado origen o millonarios.

Hace no tanto, la noble Esperanza Aguirre nos ofrecía una actitud que denotaba este sentir, al resistirse y huir ante una multa de circulación. Y lo peor se encontraba en algunas de sus explicaciones, cuando afirmaba que no estuvo dispuesta a quedarse ante la idea de que la capturaran en foto para salir en el New York Times, o cualquier otro medio internacional. Lo que denota la alta imagen que de ella tiene. Y es que claro, ella no pertenece al vulgo, y como tal no debería pasar por las mismas penalidades. Pero la misma disposición se aprecia en todo ese variado conglomerado de famosos, ya sea por política, arte o dinero. Ellos son como una nobleza con prebendas, a los que la justicia, llegado el caso trata de forma diferente a un vulgar don nadie.

Paradójicamente ellos siguen necesitando al vulgo, porque gracias a los infelices, ellos son lo que son, y pueden estar por encima del resto en la pirámide jerárquica. Pero, ¿hasta cuándo? Tal vez llegue una nueva Revolución Francesa, pero no creo que el evento cambiara mucho la esencia. Todo depende de nosotros, y de que por fin algún día, tal vez en un mañana muy lejano, comprendamos que la Edad Media y la modernidad están separadas sólo por ropa, tecnología y costumbres. Porque, la sociedad humana, en el fondo, no ha cambiado tanto.

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Una Transición Incompleta

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Transición

Los documentales sobre la Transición española, al menos para todos aquellos que la vivimos, tienen un poder emotivo indudable. Supongo que el grado varía según la edad en la que nos pillara, la conciencia política y la historia familiar de cada uno. Aunque aquel logro, calificado de ejemplar y único con razón, en mi modesta opinión siempre ha estado huérfano de una mirada más punzante y crítica. Quizás no sólo por lo que entonces pasó, sino por lo aquel parto y la suma de los años, ha creado. Recuerden que nada es casual, y alguna razón habrá, para que aquel inicio nos haya hecho desembocar en el presente.

Toda idealización se centra en una de las caras y su afirmación continua, eclipsa al resto de los hechos. No sólo a los que ocurrieron, sino a los que están por venir. ¡Y claro, no lo vimos llegar! Nos creímos que tras la gloriosa batalla, la democracia era un derecho al que no hacía falta cuidar.

El cambio sin precedentes que se produjo entonces llevó a una generación al poder, y al parecer les dimos demasiada carta blanca. La máxima dice que la historia la escriben los vencedores. Y ciertamente aquellos que entonces coparon los puestos de relevancia en toda la esfera social, han sido los únicos filtros relatores de nuestra historia reciente. ¡No sé si se han dado cuenta de que el drama yace ahí, en que lo siguen siendo! Y tamaña importancia, nunca oí que se tomara en cuenta. Y lo más importante, inhibe cualquier otro punto de vista, pues sólo la palabra de aquel que la tiene, prevalece.

Aquel cambio generacional no ha vuelto a suceder, y esta trascendencia puede que explique las deficiencias que hoy muestra nuestra democracia. Porque esa misma generación que recibió el título de demócrata, en su actitud totalitaria de aferrarse al poder, es la que ahora nos descubre que sus mañas estuvieron más por hacer de lo público un negocio privado, con el que enriquecerse y alcanzar el prestigio social, que un desinteresado y honesto servicio a la nación. España venía de cuarenta años de dictadura, y esa verdad nunca nos ha hecho pensar más allá del aplauso. Esa generación tuvo la fortuna de crear las bases de un país nuevo, pero su comportamiento ha sido el de apropiarse del camino creado. Hubo un nuevo sistema de juego, pero la idiosincrasia y lo mamado en cuatro décadas, no se deja tan pronto de lado. A la generación siguiente y a las posteriores, entre las que me incluyo, se les ha otorgado el papel de figurantes, pero nunca el derecho democrático de ser un relevo. Como un tic heredado de la dictadura, que escenifica cómo el calado mítico de la Transición, hace olvidar que la democracia no se crea en un momento, sino en cada momento.

Los creadores de la nueva patria, permítanme la expresión irónica, nacieron en la década de los cincuenta, en su gran mayoría, aunque algunos lo hicieron a finales de los cuarenta o principios de los sesenta, y nunca han dejado las riendas del poder, sólo han ido intercambiando roles. Llámense Miguel Blesa, Rubalcaba, Rajoy, Esperanza Aguirre o Pujol. Habrá excepciones, pero no por ello invalidarán la generalidad del hecho. A su entrada a la edad adulta se encontraron con oportunidades laborales y un nuevo mundo por crear, pero no ocurrió así con los que vinimos detrás. En los noventa ya estaba repartido todo el pastel, y las generaciones más preparadas académicamente nos hemos topado con un muro, al que sólo mediante amiguismos o enchufes se podía acceder. Curiosamente ya han pasado cuarenta años, casi los de una dictadura, y ahora que termina su ciclo se hace evidente que su gestión no ha estado a la altura. Porque cuando el poder se vuelve rutina, debemos considerar que el hecho no ha podido ser causado por un ideal democrático.

La codicia puntual de quien nunca ha tenido acceso a nada, difiere mucho de la generada por años de encumbramiento social, que es la que vivimos. Ésta les ha hecho creer que no era más que un pago merecido y casi obligado, por unos servicios que sólo a ellos se han prestado. Lo peor es que los sueldos, dietas, pensiones y jubilaciones, muy por encima de los del españolito medio, no les han bastado. Y eso demuestra la impunidad con la que han actuado, y sobre todo la que los protege; porque saben que ellos son el poder y que no existe una contrapartida a la que temer.

La regeneración de la que hablan ahora los medios de comunicación, sabemos que no va a tener lugar, porque ellos no van a recortar sus privilegios y menos aún crear los instrumentos que puedan penalizar sus desmanes, su corrupción y que en última instancia, los pueda llevar a prisión. La crisis que sufrimos todos, ha sido generada por usar lo público de forma negligente, endeudar las instituciones para sacar tajada de las empresas concesionarias e intervenir en entidades bancarias para sus juegos de poder. Y sin embargo, el pago repercute en todos, menos en ellos.

Recapaciten y piensen sobre lo dicho, quizá mi análisis les parezca erróneo, a mí me deja un sabor a inmovilismo y poco a democracia. Sobre lo que no cabe duda es que la solución llegará cuando se produzca un verdadero cambio generacional, que traiga nuevas formas de pensar, de actuar y de considerar lo público, como lo que es, un bien de todos y no de una élite. Para llegar a la transición necesitamos cuarenta años, esperemos que no hagan falta muchos más para la nueva, porque quizá para entonces ya no habrá forma de cambiar el modelo injusto y antisocial que ahora nos implantan.

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Homo Protésicus: El Matrimonio como prótesis

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Homo Protésicus

Fue en La Alameda Central, en el DF, en una de esas noches en las que los pasos se entrecruzan con miradas ávidas, que conoció a Arturo P., cuarentón trajeado, de porte tradicional y viril. Nada en él hacía pensar que se valiera de prótesis o postizos. Es más, lucía su escasa cabellera con donaire, e incluso el centro de su cuerpo –¡tan abultado!– resultó ser cierto. Pero las mayores prótesis siempre resultan invisibles.

Fue, como decía, una de esas coincidencias que se buscan, que se necesitan, que arden cuando el deseo aflora, al menos en la mirada recíproca de Elías A. M., mi amigo y viviente relator de esta anécdota: ¡Buscaba verga! Su mirada de tan directa intimidaba a todo aquel con quien se cruzaba, parecía darle igual con quien irse. Yo iba a diario, nunca lo había visto, y el encuentro de su mirada sin duda me prendió.

El lenguaje de sus ojos, me contó, los convino a sentarse, se presentaron y comenzó la plática. El fin del trato se demoró más de lo previsto para un encuentro homosexual tan urgido, algo común en nuestra cultura mexicana –me confirma Elías–, tan acostumbrada al rodeo como solución al camino más corto. Trataron muchos temas: la ubicación domiciliaria, el trabajo, la asiduidad al reciento de La Alameda y alguno más que mi confidente no recordaba; pero al llegar a la familia, la gran prótesis se hizo visible.

“Se puso tan nervioso que terminé por inventarme yo también un matrimonio postizo, aunque claro, el mío fuera menos real, pero imagino que no menos truculento. Ya que el señor Arturo, aquella noche, se descubrió en mi cama como toda una señorona.”

Ni existen, ni existirán estadísticas que indiquen cuántos de nuestros congéneres hacen uso del matrimonio, o de la unión heterosexual, como prótesis que les ayuda socialmente a aparentar normalidad. Si escuchamos a algunos de nuestros amigos gays dudaremos de cualquiera. Ralf König, autor de cómics y gran icono homosexual, pone en boca de uno de los personajes de Cómo Conejos (Ediciones La Cúpula, Barcelona, 2003) lo siguiente: “Los hombres heterosexuales que tienen idea de lo que es el buen sexo, son homosexuales latentes. Y al fin y al cabo los hombres heterosexuales muy atractivos son en el fondo homosexuales, tanto si tienen idea del buen sexo como si no.”

         No hay que exagerar, pero lo que no escapa a nadie que esté en contacto con el ambiente homosexual, es que en él abundan las relaciones-fachada, la doble vida. Lo dramático es que muchos se sienten tan presionados por su entorno social y familiar, que hacen de la mentira una prótesis tan gigantesca, tan cotidiana y tan necesaria, que no se atreven nunca a desprenderse de la máscara. Debe ser muy doloroso llevar esa cruz postiza y culpable; una suerte de actuación eterna y siempre con miedo a que sea descubierta.

Héctor V., amigo chiapaneco, me relataba el tormento continuo en que se convirtió su matrimonio: “A los 18 años me casé y pensé que mis experiencias homosexuales eran parte de un pasado que podía dejar atrás. Hasta el nacimiento de mi primer hijo, el deseo asaltaba dos-tres y rara vez la engañé, pero desde entonces la necesidad de las miradas furtivas y el deseo constante me fueron volviendo irritable. Siempre que ella me miraba creía percibir que lo sabía. La culpabilidad, ahora lo comprendo, fue la que me hacía tomar tanto. ¡Acabé maltratándola, incluso delante de mis chamacos! Al final, no sé de dónde, agarré el valor de decirle. Casi he perdido el contacto con mis hijos y padecido el rechazo de toda mi familia, pero de alguna forma ahora me siento en paz; siento que en mi vida por fin soy yo, y no lo que otros quieren que sea. “

La unión hombre-mujer es la piedra angular de cualquier civilización conocida, y desde la aparición del cristianismo, y la consecuente satanización de la homosexualidad, se ha convertido en una institución social ineludible e importantísima. El matrimonio no sólo suscita en nosotros la idealización del amor, o la imagen del contrato social más importante y cercano a lo sagrado, también es la gran prótesis, el gran postizo sin el cual un ciudadano no puede, incluso hoy, ser considerado como tal. El hombre dio el gran salto frente al resto de los animales al mostrar su predilección por los postizos, por las prótesis que le aportaban todas aquellas capacidades naturales que él mismo envidiaba. La civilización es esa gran prótesis cada vez más elaborada, más antinatural, en cuyo desarrollo ha ido creando nuevos postizos para todos, y que sigue reinventando nuevos. No es de extrañar, pues, que ese Homo Protesicus del que descendemos, haya creado justamente en el centro de las relaciones humanas el mayor postizo.

Tampoco extraña que a partir del Romanticismo, desde la rebelión del individuo ante la sociedad, la gran prótesis haya entrado en crisis. Los matrimonios hasta entonces, se acataban en público y se burlaban en privado, pero la actitud de Oscar Wilde en su proceso por sodomía, mostró que esa gran prótesis obligatoria, también era una gran mentira que negaba el propio deseo. Virginia Wolf, por su parte, fue una de las primeras mujeres en reclamar el derecho a sentir y a expresarse, y a ser consideradas como algo más que la base de la prótesis social por excelencia. Sus obras dibujan a la nueva mujer y su derecho a elegir, con vehemencia y elocuencia, su propio destino, si bien el tema de la libertad sexual, aún deba expresarlo con el tacto que proporciona la literatura. No en vano Orlando (1928) es una declaración de amor a Vita Sackville-West, amiga de la que estuvo profundamente enamorada.

Actualmente, y sobre todo en la sociedad mexicana, la mujer no se atreve a enfrentarse o a renunciar al postizo al que está destinada; y el lesbianismo no se ve urgido al ocultamiento radical, por la nada sospechosa intimidad de dos amigas. Un botón de muestra nos lo da la confidencia de una buena amiga lesbiana, Laura B., de 24 años, crecida en la gran apertura sexual española: “Mis primeras experiencias fueron con chavos y no porque me gustaran; de adolescente ya me atraían mis propias amigas, pero no sé… de alguna manera sentía que debía casarme para no defraudar a mi familia. Casi lo hice… ¡gracias a Chiqui (su actual pareja) ja, ja, ja, no voy a caer en la trampa!”

Pero quien hizo la ley hizo la trampa, y no cabe duda de que la prótesis matrimonial ha servido, así sea en contadas ocasiones, para dar amplia libertad sexual a sus contrayentes, transformándola en su mejor cobijo. Me refiero al célebre matrimonio de Paul y Jane Bowles, quienes bajo la fachada de normalidad, y dentro del gran y sincero amor que se profesaban, consiguieron crear una cómplice relación de respeto hacia sus mutuas y divergentes tendencias homoeróticas. ¡Cuántos matrimonios heterosexuales no envidiarían llegar a una décima parte de su comunicación y felicidad, dentro de su prótesis institucional!

Pero gracias a Dios –y a pesar suyo– los tiempos están cambiando, y la decadencia de la tradicional prótesis marital está dando lugar a nuevas concepciones de la pareja, más acordes con la naturaleza humana. Probablemente las nuevas parejas que se formen tiendan a convertirse también en prototipos postizos, no por nada somos seres civilizados y protésicos; esperemos que al menos estas nuevas prótesis generen una felicidad más duradera, más real y quizá –sólo quizá– menos aparente.

Revista Picnic – Marzo/Abril 2005

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Viaje en el tiempo

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España a la Mexicana

        La primera vez que viví en México, allá por el año 96, tras unos primeros meses de acomodo y aprendizaje de su idiosincrasia, destilé una idea embriagadora, para un romántico como yo. Aunque el attrezzo o los figurantes, difirieran en su aspecto final, determinadas situaciones y vivencias, me hacían sentir la rebuscada querencia de imaginarme que había viajado en el tiempo.

          Dos años antes, curiosamente al haber vivido en varias ciudades de la Costa Este Estadounidense, me horrorizó intuir el futuro. Certificado con el florecimiento de centros comerciales, multicines y consumismo, en las décadas siguientes. Pero en el caso de su vecino, me atraía su carácter opuesto. Como ya les intuí, yo no fabulo con imaginarme viajando al futuro; siempre me cautivó más el pasado. Yo lo llamo ser romántico, pueden llamarlo como quieran, quizá si quieren, ramalazo nostálgico.

            Mi infancia, ya un ente tan lejano, se me espejaba en los más efímeros detalles, y subido a ellos mi imaginación jugaba. Pero no sólo con ellos. México D.F. es una ciudad que amalgama muchos mundos. Uno de ellos tiene un paisaje parecido al nuestro, salvo que con más dinero y la moral que perdimos en los setenta. El resto nos fascinará, por la gradación de combinaciones entre la herencia colonial española, y la propia. En ellos encontraremos otras épocas.

            La lírica no debe evitarnos ver un fondo cruel. Como a muchos otros que aterrizan desde el primer mundo, y como pasa en otros países del llamado, Tercer Mundo, o segundo o cuarto; o como les guste calificar las grandes diferencias económicas; sus condiciones laborales nos horrorizarán. Yo, en aquella primera ocasión, pensé que si una situación similar se veía en España, el pueblo español se sublevaría. Como si ya estuviéramos vacunados contra los desmanes y las injusticias por decreto, y no pudieran engañarnos y rebajar nuestros derechos. Me equivoqué.

            Cuando una familia humilde empuja a sus niños a trabajar, para con la aportación de todos llegar a fin de mes, uno no debe quedarse sólo con la impresión de que eso pasaba en su país en otros tiempos más antiguos. Debe comprender que cuando la mayoría se encuentra en la pobreza, opta entre las opciones disponibles, pero no las elige, ni puede cambiarlas. Las raíces sociales, culturales, morales y éticas, se entremezclan creando un sistema que simplemente se acepta como lo que es, la realidad. En diferentes épocas he retornado a vivir allí, la última el año pasado, y el panorama económico para el ciudadano medio no ha evolucionado favorablemente. Incluso el actual presidente, aduciendo razones parecidas a las que utiliza Europa para justificar los recortes y el menoscabo de derechos en Grecia, Portugal o España, legisló una nueva reforma laboral con un sueldo básico irrisorio, siete pesos la hora, menos de cincuenta céntimos de euro. Con el agravante de que muchos productos de primera necesidad, que antes tenían precios más en consonancia con la realidad, como el azúcar, la leche, el pan, los huevos, el café o el pollo; ahora tienen precios parecidos o más caros que los nuestros.

            En aquella primera época, llegué a elucubrar con un amigo español y residente en la ciudad, que si las extremas condiciones de subsistencia, por casualidad, se extrapolaran a España, la delincuencia y violencia mexicana sería un juego de niños con el estallido contestatario que surgiría en la madre patria. El mexicano carece de ese pronto altivo del español, adoctrinado en una sumisión que pudo nacer en los tiempos pre-coloniales, pero cuyo manierismo es herencia maldita y directa del caciquismo español que aún impera y que explica esa desigualdad económica y social tan abrumadora.

            La delincuencia que existía en los noventa, siempre me pareció escasa para el drama económico que sufría más de la mitad de la población. Supuse que tanta presión debía explotar de alguna forma o encontrar una válvula de escape, más allá de la inmigración hacia el norte. Desgraciadamente floreció la llamada “Guerra contra el Narco”, que en el sexenio del anterior presidente se saldó con 121 mil 683 muertes, de 2007 a 2012. Con el presidente actual, según datos de la revista Zeta de Tijuana, en los primeros ocho meses de mandato los muertos alcanzaron la cifra de 13 mil 775. Para que tengan un poco de perspectiva, sepan que en la guerra de Vietnam, en diez años de conflicto, perecieron 58 mil estadounidenses.

            Evidentemente no es una simple lucha contra el crimen. Si para salir de la pobreza antes sólo existía, para muchos, la opción de emigrar, ha ido surgiendo otra que es unirse a uno de los cárteles del narco. En lugar de laborar para sobrevivir por cuatro euros al día, se les abonan hasta unos 1500 dólares al mes. No crean que debe ser fácil optar por una ocupación donde hay decapitados, desmembrados, colgados, encajuelados, por enfrentamientos entre narcos rivales o el gobierno, y saber que uno puede ser el próximo. Quizá décadas de pobreza y falta de perspectiva, podría hacerles considerar que esa opción sea desesperada, pero no descabellada. Para muchos mexicanos, no lo es. No en vano, de facto los carteles controlan gran parte del país, según el periódico El Universal, en 2012, más de un 70% de los municipios.

            Me equivoqué. Al menos así lo siento. Los años son siempre una azotea demasiado estrecha para otear la profundidad de un paisaje. La historia nos habla de ciclos, y nosotros creemos que no podemos andar hacia atrás.

            La crisis en España sólo acaba de empezar. Nos creíamos exentos de estos pagos, tal cual cosa del pasado. Pero no. Cuando hablan de que la deuda pública asciende al P.I.B nacional de un año y la progresión del paro necesitará décadas para llegar a la tasa del 2006, no necesitaríamos oír nada más. La pobreza no va a desaparecer de la noche a la mañana.

            Hay quien cree que aún estamos a tiempo. ¡Sé de qué! Lo único que suma es lo que haces, y en el presente el camino parece estar trazado. Así que resta esperar, como esperábamos mi amigo y yo, una reacción del pueblo español. La gran incógnita es cuánto nos tomará y por dónde saldremos. Lo que es seguro, es que parirá una muy diferente patria.

            Quizá me equivocaba con el objeto de aquella idea del viaje en el tiempo. Porque destilaba sólo una de las caras. Para los antiguos Toltecas, éste no es lineal, sino cíclico; y donde yo veía pasado, uno con otra sensibilidad veía un simple presente, y otros, hasta un ominoso reflejo del futuro.

MartiusCoronado©2014

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La ley del Equilibrio

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        En un mundo pleno de información y desbordado de versiones, opiniones e ideologías contrapuestas, no hay mejor guía que la lógica. Nos conocen bien, saben que nos dejamos deslumbrar por la cuantiosa cadencia de últimas horas, puntos de vista, previsiones de organismos oficiales, estadísticas, declaraciones de políticos, balances económicos y resoluciones judiciales… y la confusión nos impide ejercer nuestro poder para desviar la senda que nos marcan. El sistema mundial es como es, y no podemos hacer nada, que es lo que la élite que dirige los pasos de la economía y la política parece inculcarnos. Y lo consiguen, porque la gran mayoría ni tomamos conciencia, ni nos unimos para hacer de esta civilización algo más justo y ético.

            Los movimientos populares y críticos con el poder que han aparecido en los últimos años en zonas culturales y económicas tan diferentes como España, Egipto, Brasil, Venezuela o Ucrania; son un destello de esperanza para algunos. Todo está cambiando muy rápido y el poder establecido ya no controla la información como antes, usurpada por internet, y teme perder el control que ejerce sobre el devenir del mundo. Su plan económico, abanderado de la globalización y el liberalismo extremo, es el que está en peligro, y las leyes para restringir tanto el derecho de manifestación y protesta, como el contenido de internet, una de sus múltiples respuestas. Y esos movimientos “antisistema” representan para otros, una molestia transitoria e inocua que escenifica el último estertor del contrincante que vislumbra su derrota.La Ley del Equilibrio

            La globalización, nos han adoctrinado, es el proceso natural y lógico de una sociedad donde impera la democracia, la libertad y los derechos humanos. Todo ello tras la victoria del bien contra el mal, que tuvo lugar en la II Guerra Mundial, y más aún tras la caída del bloque soviético. Desde entonces triunfa el libre mercado y por ende el ser humano es libre. Y sin embargo las desigualdades en el primer mundo, y la penuria en la mitad del planeta, llamado tercer mundo, han aumentado. Borges en boca de uno de sus personajes, Otto Dietrich zur Linde, un nazi del cuento “Deutsches Requiem”, lo afirmaba: el nazismo aún en la derrota ha vencido, pues ha impuesto que la violencia triunfe en el mundo. Y la economía se ha convertido en la más eficaz y expresiva forma de su violencia, y por su dogma China puede permitirse el genocidio de un millón de tibetanos y tener a todos los países autocalificados como democráticos, implorando a las puertas de su gran mercado por entrar, y no atreverse a dedicarle el mínimo reproche. Sí, el mal ha triunfado y su cara se oculta en las necesidades del mercado.

            Hay demasiada información, miríadas de informes y noticias, y yo como muchos, estoy cansado de ello. Baste uno de la ONU. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), publicado en enero de 2014, el 40% de la riqueza mundial está en manos de un privilegiado 1% de la población mundial. Mientras la mitad de los habitantes del planeta, posee sólo el 1% de la riqueza mundial. No es esta una cuestión de ideología, sino de lógica. ¡Procedamos!

            La lógica no miente. El mundo no es lo que afirma ser, y los culpables no pueden ser más que aquellos que nos gobiernan, por dejación, por ser instrumentos de la élite financiera o por su ineptitud. Sí, vosotros también lo sabéis, por una mezcla de todo ello, y quizá de lo que nunca sabremos. Para resolver un problema tienes que conocerlo y sufrirlo, porque si no te atañe y eres un privilegiado al que la subida de la luz, el coste de una vivienda o el paro no afectan; evidentemente, no eres el más adecuado para hallar una solución, y si además la situación les genera beneficios, se transforman en parte y obstáculo insalvable para remediar el problema.

            Abarcar la enmarañada realidad, con sus múltiples aristas puede dar paso a la discusión, a la demagogia y a lo que ustedes quieran. Pero aplicar la lógica nos descubre el engaño, desde sus inicios y sin ambages. La grandeza del universo se rige por el equilibrio y si tú lo niegas y fomentas lo contrario, tarde o temprano recibirás su pago, y el planeta con el que jugamos, no está exento a esas reglas. El cambio climático no es una falacia, una hipótesis o una entelequia; simplemente es el símbolo de que tarde o temprano pagaremos nuestros desmanes; o claro lo harán nuestros hijos. El libre mercado se rige por el consumo continuo que elude la sustentabilidad, pero los bienes de los que se nutre, es decir el mismo planeta, son finitos. Un ejemplo, el 15 de noviembre del año pasado la BBC hizo público un estudio sobre la deforestación del planeta creado con imágenes de Google Earth entre 2000 y 2012. El resultado es que desaparecieron 2,3 millones de km2 de bosque y sólo se recuperaron 800.000 km2. ¡Utilicemos la lógica! Sí, es cuestión de tiempo.

            Reneguemos pues de la realidad maniquea que nos presentan, en la que para ser competitivos hay que bajar los sueldos. En Bangladesh se paga entre 30 y 50 euros al mes a los trabajadores en el sector textil, ó 165 euros en Marruecos, por jornadas laborales del siglo XIX de entre 60 y 80 horas semanales. Esa injusticia, ahora que nos la intentan aplicar también a nosotros, nos reclama luchar por ellos. No, no es simplemente una cuestión económica, sino ética. Su imposición muestra lo tergiversado de la realidad en la que vivimos y la falacia del mundo democrático y libre, porque son precisamente los países que abanderan esa ética los que por medio de sus corporaciones y grandes empresas imponen la contraria, como un neocolonialismo encubierto. Buscan esclavos modernos y quieren convertir todo bien de primera necesidad en un producto con el que hacer negocio, ya sea el agua, la luz, la sanidad, la educación, la vivienda… el trabajo. La lógica que predica el mundo democrático y capitalista no cuadra con la realidad a la que nos fuerzan. Y si la lógica de las acciones muestra el verdadero ser de quien las ejecuta, no cabe duda: El mal gobierna.

            En nuestras manos está cambiar el rumbo y buscar un equilibrio, no sólo por nosotros, sino por las generaciones futuras. Hurguemos en la base de nuestras culturas y encontraremos paradojas, Y si los cimientos son torcidos, ¿cómo será el resto? Baste una. No hay nada más natural que el sexo, y sin embargo no hay mayor tabú. No, no es lógico, pero es real. Busquen las suyas, indaguen y por lo que más quieran, pongan su pequeño grano de arena para equilibrar el planeta.

MartiusCoronado©2014

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