Viaje en el tiempo

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España a la Mexicana

        La primera vez que viví en México, allá por el año 96, tras unos primeros meses de acomodo y aprendizaje de su idiosincrasia, destilé una idea embriagadora, para un romántico como yo. Aunque el attrezzo o los figurantes, difirieran en su aspecto final, determinadas situaciones y vivencias, me hacían sentir la rebuscada querencia de imaginarme que había viajado en el tiempo.

          Dos años antes, curiosamente al haber vivido en varias ciudades de la Costa Este Estadounidense, me horrorizó intuir el futuro. Certificado con el florecimiento de centros comerciales, multicines y consumismo, en las décadas siguientes. Pero en el caso de su vecino, me atraía su carácter opuesto. Como ya les intuí, yo no fabulo con imaginarme viajando al futuro; siempre me cautivó más el pasado. Yo lo llamo ser romántico, pueden llamarlo como quieran, quizá si quieren, ramalazo nostálgico.

            Mi infancia, ya un ente tan lejano, se me espejaba en los más efímeros detalles, y subido a ellos mi imaginación jugaba. Pero no sólo con ellos. México D.F. es una ciudad que amalgama muchos mundos. Uno de ellos tiene un paisaje parecido al nuestro, salvo que con más dinero y la moral que perdimos en los setenta. El resto nos fascinará, por la gradación de combinaciones entre la herencia colonial española, y la propia. En ellos encontraremos otras épocas.

            La lírica no debe evitarnos ver un fondo cruel. Como a muchos otros que aterrizan desde el primer mundo, y como pasa en otros países del llamado, Tercer Mundo, o segundo o cuarto; o como les guste calificar las grandes diferencias económicas; sus condiciones laborales nos horrorizarán. Yo, en aquella primera ocasión, pensé que si una situación similar se veía en España, el pueblo español se sublevaría. Como si ya estuviéramos vacunados contra los desmanes y las injusticias por decreto, y no pudieran engañarnos y rebajar nuestros derechos. Me equivoqué.

            Cuando una familia humilde empuja a sus niños a trabajar, para con la aportación de todos llegar a fin de mes, uno no debe quedarse sólo con la impresión de que eso pasaba en su país en otros tiempos más antiguos. Debe comprender que cuando la mayoría se encuentra en la pobreza, opta entre las opciones disponibles, pero no las elige, ni puede cambiarlas. Las raíces sociales, culturales, morales y éticas, se entremezclan creando un sistema que simplemente se acepta como lo que es, la realidad. En diferentes épocas he retornado a vivir allí, la última el año pasado, y el panorama económico para el ciudadano medio no ha evolucionado favorablemente. Incluso el actual presidente, aduciendo razones parecidas a las que utiliza Europa para justificar los recortes y el menoscabo de derechos en Grecia, Portugal o España, legisló una nueva reforma laboral con un sueldo básico irrisorio, siete pesos la hora, menos de cincuenta céntimos de euro. Con el agravante de que muchos productos de primera necesidad, que antes tenían precios más en consonancia con la realidad, como el azúcar, la leche, el pan, los huevos, el café o el pollo; ahora tienen precios parecidos o más caros que los nuestros.

            En aquella primera época, llegué a elucubrar con un amigo español y residente en la ciudad, que si las extremas condiciones de subsistencia, por casualidad, se extrapolaran a España, la delincuencia y violencia mexicana sería un juego de niños con el estallido contestatario que surgiría en la madre patria. El mexicano carece de ese pronto altivo del español, adoctrinado en una sumisión que pudo nacer en los tiempos pre-coloniales, pero cuyo manierismo es herencia maldita y directa del caciquismo español que aún impera y que explica esa desigualdad económica y social tan abrumadora.

            La delincuencia que existía en los noventa, siempre me pareció escasa para el drama económico que sufría más de la mitad de la población. Supuse que tanta presión debía explotar de alguna forma o encontrar una válvula de escape, más allá de la inmigración hacia el norte. Desgraciadamente floreció la llamada “Guerra contra el Narco”, que en el sexenio del anterior presidente se saldó con 121 mil 683 muertes, de 2007 a 2012. Con el presidente actual, según datos de la revista Zeta de Tijuana, en los primeros ocho meses de mandato los muertos alcanzaron la cifra de 13 mil 775. Para que tengan un poco de perspectiva, sepan que en la guerra de Vietnam, en diez años de conflicto, perecieron 58 mil estadounidenses.

            Evidentemente no es una simple lucha contra el crimen. Si para salir de la pobreza antes sólo existía, para muchos, la opción de emigrar, ha ido surgiendo otra que es unirse a uno de los cárteles del narco. En lugar de laborar para sobrevivir por cuatro euros al día, se les abonan hasta unos 1500 dólares al mes. No crean que debe ser fácil optar por una ocupación donde hay decapitados, desmembrados, colgados, encajuelados, por enfrentamientos entre narcos rivales o el gobierno, y saber que uno puede ser el próximo. Quizá décadas de pobreza y falta de perspectiva, podría hacerles considerar que esa opción sea desesperada, pero no descabellada. Para muchos mexicanos, no lo es. No en vano, de facto los carteles controlan gran parte del país, según el periódico El Universal, en 2012, más de un 70% de los municipios.

            Me equivoqué. Al menos así lo siento. Los años son siempre una azotea demasiado estrecha para otear la profundidad de un paisaje. La historia nos habla de ciclos, y nosotros creemos que no podemos andar hacia atrás.

            La crisis en España sólo acaba de empezar. Nos creíamos exentos de estos pagos, tal cual cosa del pasado. Pero no. Cuando hablan de que la deuda pública asciende al P.I.B nacional de un año y la progresión del paro necesitará décadas para llegar a la tasa del 2006, no necesitaríamos oír nada más. La pobreza no va a desaparecer de la noche a la mañana.

            Hay quien cree que aún estamos a tiempo. ¡Sé de qué! Lo único que suma es lo que haces, y en el presente el camino parece estar trazado. Así que resta esperar, como esperábamos mi amigo y yo, una reacción del pueblo español. La gran incógnita es cuánto nos tomará y por dónde saldremos. Lo que es seguro, es que parirá una muy diferente patria.

            Quizá me equivocaba con el objeto de aquella idea del viaje en el tiempo. Porque destilaba sólo una de las caras. Para los antiguos Toltecas, éste no es lineal, sino cíclico; y donde yo veía pasado, uno con otra sensibilidad veía un simple presente, y otros, hasta un ominoso reflejo del futuro.

MartiusCoronado©2014

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