El Orquestado robo de la Infancia

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Tirachina

Robar no es un acto agradable. Aunque a algunos les llegue a picar el gusto. Su origen nace de una carencia. No importa si real o imaginada, porque una vez que nuestra mente, que construye el mundo, la crea; ya será real. Pero más allá de nuestra percepción subjetiva, hay situaciones objetivas que pueden orillarnos a su práctica. Incluso me atrevería a decir que, moralmente, es nuestro deber si el hambre y la necesidad acosan a nuestros seres queridos. Cuestión diferente es que la sociedad tenga derecho a juzgarnos y a castigarnos por ello.

Nunca se oyó de un rico, asaltando una pescadería para llevarse lo recaudado y una merluza. Si acaso, chistes sobre esa paradoja absurda, podrían crearse; pero no más. La realidad nunca miente, y en su resultado subyace el puzle que contiene todas las respuestas. Hallarlas no siempre es fácil. Pero su dificultad no tiene parangón, si lo que intentamos es que todo el mundo asuma y actúe en función de la verdad del resultado. Aunque en este caso, poca gente creo que discuta que la razón principal de un robo, depende del bienestar económico. Cada uno de los resultados, por supuesto, nos da un tipo de ladrón bien diferente. Entre la ambición, el placer y la necesidad, deben existir cientos de grados. No tengo el gusto, salvo uno honesto y retirado, de conocer político alguno; así que les hablaré de otro caso.

Hace más de una década trabajé de voluntario en una casa de acogida de niños de la calle. Cada tarde, de lunes a viernes, los acompañaba en sus actividades. Asistía a sus talleres y luego jugábamos, al fútbol, al baloncesto o a lo que se encartase; para terminar cenando con ellos, antes de partir para mi casa. Habría entorno a ochenta, de ambos sexos y entre los cinco y los diecisiete años; y siempre con caras nuevas, pues la mayoría no dudaba en escaparse cuando habían recuperado fuerzas y sueño. Con todos podía interactuar en el patio, pero para los talleres estaba asignado a un grupo de chicos duros, de doce para arriba, que me recibieron con frialdad, me llamaban gachupín y en general me tanteaban faltándome al respeto, antes de aproximarse.

Recuerdo un punto de inflexión, cuando uno de los míos buscó pelea. Era uno de los mayores, no me ganaba en altura, pero sí en cuerpo, y en el patio terminamos enzarzados en un pulso de cuerpos, por ver quién dominaba al otro. Si hubo un ganador, fue el hecho de ganarme su respeto. Si alguien nuevo me buscaba las cosquillas, salían varios valedores a defenderme.

En los años y en las diferentes etapas que he vivido en México DF en aquella Colonia Guerrero, barrio bravo y campo de acción de los chavos de la calle y donde se encontraba la casa de acogida, siempre me sentí seguro. Cierto que hasta hace un año, aún me encontré con alguno de aquellos muchachos supervivientes, con alegría y alborozo por ambas partes. Pero aunque no los conociera de esa experiencia, nunca me apretujó la prisa como para no compartir una plática con uno de ellos. No tanto una moneda, pero a veces si la casa, para aliviar el hambre, ofrecer una ducha, una cobija o una muda nueva.

El robo de una infancia es una aberración que desde el primer mundo, sólo se entiende como culpa de unos padres desnaturalizados. Pero la coyuntura social y económica es la causa y la generadora de tan dramáticas situaciones. Cuando por tu origen social y económico no puedes aspirar a un trabajo que cubra las necesidades de tu familia, y la única y tradicional salida era que los niños salieran a buscar cualquier tipo de ingreso; si el hambre y las cuentas de ropa, colegio, luz, teléfono y demás necesidades te acucian, no sientes que tengas más margen de actuación. Si a ello le sumas, una tradición católica y una pareja joven sin más formación que la que ha vivido en sus casas, los hijos serán una obligación, y su número, finalmente una carga.

La asfixia constante de no llegar a fin de mes y el machismo, hace que el hombre se refugie en la bebida y comiencen los malos tratos. Él hace lo que puede, quizá en condiciones laborales que Europa prohibió hace un siglo, y cada día es un reclamo; y como cabeza de familia y jefe, termina trasladando esas exigencias a sus hijos. El abandono de la escuela y la suma de golpizas, cada vez que la vuelta al hogar se hace con las manos vacías; hace el resto.

La cadena de pisoteos simplemente se repite. Pero que los niños sean los más indefensos, no debe impedirnos ver que también lo son sus padres y todo un amplio sector de la población, y la única causa es la desigualdad económica y social, permitida, alentada y base de este sistema global de mercado. En México hay, según datos propios, más de 53 millones de pobres, casi la mitad de la población; cuyo caso puede extrapolarse al planeta entero. Y la última reforma laboral mexicana, aduciendo necesidades de competitividad y atendiendo a las recomendaciones de instituciones internacionales como el Banco Mundial o el FMI, rebajó el salario mínimo a unos 3 euros al día.

Robar está penado en todo sistema político y cultura. Pero cuando es el propio sistema quien degrada y fuerza a gran parte de sus ciudadanos a subsistir de cualquier forma, éticamente no debería equiparar el robo por necesidad con aquel que surge de la ambición desmedida. Porque los poderosos que roban, si son descubiertos, en la mayoría de las ocasiones se libran, amparados en la maraña burocrática y jerárquica de la que forman parte. Y en última instancia, ellos con sus leyes y apoyados en el poder económico son los que amparan la desigualdad, crean la pobreza y no ponen las bases para, algún día, erradicar la raíz del problema.

Es curioso, pero cuando pienso en todos esos chavos de la calle que conocí, sé que a cambio de la atención, el afecto y la comprensión que pude darles, ellos me dieron mucho más. Porque cuando eres un paria y compartes lo único que tienes, como un cigarro, una comida e incluso unas monedas, una vez que me vi perdido y robado; aprendes que lo que diste no puede equipararse a su generosidad y fidelidad. Porque una buena acción siempre será superada, si en el trueque te regalan una invaluable lección de vida.

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