Homo Protésicus: El Matrimonio como prótesis

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Homo Protésicus

Fue en La Alameda Central, en el DF, en una de esas noches en las que los pasos se entrecruzan con miradas ávidas, que conoció a Arturo P., cuarentón trajeado, de porte tradicional y viril. Nada en él hacía pensar que se valiera de prótesis o postizos. Es más, lucía su escasa cabellera con donaire, e incluso el centro de su cuerpo –¡tan abultado!– resultó ser cierto. Pero las mayores prótesis siempre resultan invisibles.

Fue, como decía, una de esas coincidencias que se buscan, que se necesitan, que arden cuando el deseo aflora, al menos en la mirada recíproca de Elías A. M., mi amigo y viviente relator de esta anécdota: ¡Buscaba verga! Su mirada de tan directa intimidaba a todo aquel con quien se cruzaba, parecía darle igual con quien irse. Yo iba a diario, nunca lo había visto, y el encuentro de su mirada sin duda me prendió.

El lenguaje de sus ojos, me contó, los convino a sentarse, se presentaron y comenzó la plática. El fin del trato se demoró más de lo previsto para un encuentro homosexual tan urgido, algo común en nuestra cultura mexicana –me confirma Elías–, tan acostumbrada al rodeo como solución al camino más corto. Trataron muchos temas: la ubicación domiciliaria, el trabajo, la asiduidad al reciento de La Alameda y alguno más que mi confidente no recordaba; pero al llegar a la familia, la gran prótesis se hizo visible.

“Se puso tan nervioso que terminé por inventarme yo también un matrimonio postizo, aunque claro, el mío fuera menos real, pero imagino que no menos truculento. Ya que el señor Arturo, aquella noche, se descubrió en mi cama como toda una señorona.”

Ni existen, ni existirán estadísticas que indiquen cuántos de nuestros congéneres hacen uso del matrimonio, o de la unión heterosexual, como prótesis que les ayuda socialmente a aparentar normalidad. Si escuchamos a algunos de nuestros amigos gays dudaremos de cualquiera. Ralf König, autor de cómics y gran icono homosexual, pone en boca de uno de los personajes de Cómo Conejos (Ediciones La Cúpula, Barcelona, 2003) lo siguiente: “Los hombres heterosexuales que tienen idea de lo que es el buen sexo, son homosexuales latentes. Y al fin y al cabo los hombres heterosexuales muy atractivos son en el fondo homosexuales, tanto si tienen idea del buen sexo como si no.”

         No hay que exagerar, pero lo que no escapa a nadie que esté en contacto con el ambiente homosexual, es que en él abundan las relaciones-fachada, la doble vida. Lo dramático es que muchos se sienten tan presionados por su entorno social y familiar, que hacen de la mentira una prótesis tan gigantesca, tan cotidiana y tan necesaria, que no se atreven nunca a desprenderse de la máscara. Debe ser muy doloroso llevar esa cruz postiza y culpable; una suerte de actuación eterna y siempre con miedo a que sea descubierta.

Héctor V., amigo chiapaneco, me relataba el tormento continuo en que se convirtió su matrimonio: “A los 18 años me casé y pensé que mis experiencias homosexuales eran parte de un pasado que podía dejar atrás. Hasta el nacimiento de mi primer hijo, el deseo asaltaba dos-tres y rara vez la engañé, pero desde entonces la necesidad de las miradas furtivas y el deseo constante me fueron volviendo irritable. Siempre que ella me miraba creía percibir que lo sabía. La culpabilidad, ahora lo comprendo, fue la que me hacía tomar tanto. ¡Acabé maltratándola, incluso delante de mis chamacos! Al final, no sé de dónde, agarré el valor de decirle. Casi he perdido el contacto con mis hijos y padecido el rechazo de toda mi familia, pero de alguna forma ahora me siento en paz; siento que en mi vida por fin soy yo, y no lo que otros quieren que sea. “

La unión hombre-mujer es la piedra angular de cualquier civilización conocida, y desde la aparición del cristianismo, y la consecuente satanización de la homosexualidad, se ha convertido en una institución social ineludible e importantísima. El matrimonio no sólo suscita en nosotros la idealización del amor, o la imagen del contrato social más importante y cercano a lo sagrado, también es la gran prótesis, el gran postizo sin el cual un ciudadano no puede, incluso hoy, ser considerado como tal. El hombre dio el gran salto frente al resto de los animales al mostrar su predilección por los postizos, por las prótesis que le aportaban todas aquellas capacidades naturales que él mismo envidiaba. La civilización es esa gran prótesis cada vez más elaborada, más antinatural, en cuyo desarrollo ha ido creando nuevos postizos para todos, y que sigue reinventando nuevos. No es de extrañar, pues, que ese Homo Protesicus del que descendemos, haya creado justamente en el centro de las relaciones humanas el mayor postizo.

Tampoco extraña que a partir del Romanticismo, desde la rebelión del individuo ante la sociedad, la gran prótesis haya entrado en crisis. Los matrimonios hasta entonces, se acataban en público y se burlaban en privado, pero la actitud de Oscar Wilde en su proceso por sodomía, mostró que esa gran prótesis obligatoria, también era una gran mentira que negaba el propio deseo. Virginia Wolf, por su parte, fue una de las primeras mujeres en reclamar el derecho a sentir y a expresarse, y a ser consideradas como algo más que la base de la prótesis social por excelencia. Sus obras dibujan a la nueva mujer y su derecho a elegir, con vehemencia y elocuencia, su propio destino, si bien el tema de la libertad sexual, aún deba expresarlo con el tacto que proporciona la literatura. No en vano Orlando (1928) es una declaración de amor a Vita Sackville-West, amiga de la que estuvo profundamente enamorada.

Actualmente, y sobre todo en la sociedad mexicana, la mujer no se atreve a enfrentarse o a renunciar al postizo al que está destinada; y el lesbianismo no se ve urgido al ocultamiento radical, por la nada sospechosa intimidad de dos amigas. Un botón de muestra nos lo da la confidencia de una buena amiga lesbiana, Laura B., de 24 años, crecida en la gran apertura sexual española: “Mis primeras experiencias fueron con chavos y no porque me gustaran; de adolescente ya me atraían mis propias amigas, pero no sé… de alguna manera sentía que debía casarme para no defraudar a mi familia. Casi lo hice… ¡gracias a Chiqui (su actual pareja) ja, ja, ja, no voy a caer en la trampa!”

Pero quien hizo la ley hizo la trampa, y no cabe duda de que la prótesis matrimonial ha servido, así sea en contadas ocasiones, para dar amplia libertad sexual a sus contrayentes, transformándola en su mejor cobijo. Me refiero al célebre matrimonio de Paul y Jane Bowles, quienes bajo la fachada de normalidad, y dentro del gran y sincero amor que se profesaban, consiguieron crear una cómplice relación de respeto hacia sus mutuas y divergentes tendencias homoeróticas. ¡Cuántos matrimonios heterosexuales no envidiarían llegar a una décima parte de su comunicación y felicidad, dentro de su prótesis institucional!

Pero gracias a Dios –y a pesar suyo– los tiempos están cambiando, y la decadencia de la tradicional prótesis marital está dando lugar a nuevas concepciones de la pareja, más acordes con la naturaleza humana. Probablemente las nuevas parejas que se formen tiendan a convertirse también en prototipos postizos, no por nada somos seres civilizados y protésicos; esperemos que al menos estas nuevas prótesis generen una felicidad más duradera, más real y quizá –sólo quizá– menos aparente.

Revista Picnic – Marzo/Abril 2005

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