La Unión con lo Incognoscible, La Religión Perdida

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Hermes Trismegisto

La realidad, esa inexpugnable frontera, de la que es imposible salir con vida. Tuvo, hace mucho, vericuetos de lo que entonces eran hechos y hoy creencias, con ejecutantes que se enorgullecían de poseer la capacidad de su salida momentánea. El motivo era que aquella lejanía corporal permitía cosechar conocimiento, gracias al logro de una nueva percepción. El estudio de aquella única erudición que aglutinaba el origen de todo conocimiento, garantizaba a los pocos que llegaban a ostentar el título de Maestro, el acceso a la sabiduría y el dominio de la ciencia absoluta y exacta que rige el universo material y sus leyes; como la definiría Eliphas Levi. La magia que por milenios fue un estudio tangible y práctico, sin embargo no era el fin, sino uno de sus hallazgos. El método que lo incluía todo, tenía un propósito más elevado, y su genuina y poderosa valía parece estar refrendado por su secretismo. Ya que no podía ser baladí que el mero desliz de su susurro, se cobrara con la muerte.

Muchos fueron los estudiosos entre las generaciones del Mundo Antiguo, pero sólo unos pocos Iluminados llegaron a aquella atalaya de poder, desde la cual se puede atravesar definitivamente, el límite de la carne. En la India Buda, en Mesopotamia Zoroastro, en Grecia Pitágoras o en Oriente Medio Salomón, antes que Jesús; entre otros mucho menos conocidos y olvidados, llegaron a cruzar aquel límite. Aquella verdad mística que pregonaban los Hierofantes y Maestros, a sus iniciados y adeptos, consistía en comprehender que el Mundo no es más que una ilusión, y sólo cuando el meritorio aprehende, el velo se entreabre, revelando que el camino es arduo, pero alcanzable para una voluntad impecable.

No debe ser casualidad que el concepto se repita en los Misterios de Mitra, Isis o Eleusis, en la Kábala o en los antiquísimos libros hindús de Los Vedas. H. P. Blavatsky, abanderada de la doctrina secreta, señala en su obra Isis sin Velo, que más allá de la visión trina de la Divinidad, los muchos paralelismos demostrarían que mutan nombres e imaginería, para disfrazar con simbolismos, conceptos substanciales, sagrados y eternos que sólo están al alcance del iniciado. Pero que atendiendo a su antigüedad, igual que el concepto Maya, como ilusión, el resto de los principios sagrados, hacen de Los Vedas, la fuente primigenia de aquel sacrosanto saber que se esparció por el mundo.

Hace mucho menos, una nueva religión olvidó esos vericuetos y tomó senderos diferentes. Acicalada de símbolos prestados y vaciada de verdad simbólica y trascendente, torció definitivamente el curso de la historia de la religión, cuando acusó de herejía y persiguió a los Gnósticos. Quienes primero se toparon con la ignorancia de Ireneo frente a la sabiduría de Basílides, y la negación y ataque a los prodigios de Simón el Mago, tan ampliamente documentados en la época, para después con el Concilio de Nicea en el 325 de nuestra era, hacer tabla rasa de una tradición de siglos. Esa misma tradición que los Gnósticos intentaron unir con sincretismo, para que la usanza de la Kábala y de los Misterios, perviviera como conocimiento del contexto y raíces que explicaban el estudio y aparición del nazareno. Pero su destino no fue diferente al del resto de paganos.

La popularidad del cristianismo entre la gente humilde, contrastaba con la lejanía del paganismo por su complejidad y hermetismo. Su mensaje de amor al prójimo e igualdad, caló porque Dios había tomado la forma de uno de ellos, y por primera vez su mensaje se dirigía a los humildes y pobres, que como en la generalidad de épocas y sociedades, eran mayoría. Aquella elección democrática, si mantenemos el concepto que aún se tiene hoy en día, en pocas centurias convirtió al Emperador Constantino y al Imperio Romano, en una única fe que desde la intransigencia de su poder, persiguió y exterminó las creencias antiguas y rivales. Transfigurando aquella mayoría, en dictatorial imposición que la historia y la colonización de los siglos vendió como un progreso, y no cómo lo que fue, una pérdida irreparable de libros y sabiduría inconmensurable.

En el principio, la religión no se reducía a dogmas, teología y fe ciega en ese pálpito indemostrable, que induce al creyente a interpretar la literalidad de un libro sagrado. La etimología de la palabra proviene del significado “la unión con”, el artículo y el género quedan mejor eludidos, porque el creador no está recluido a una dualidad, por ser todo.

Por entonces, en el desdibujado borde de lo que la Historia sólo perfila como mitos, se desarrolló la primera Religión que ofrecía una verdadera unión con lo incognoscible. Como prueba irrefutable de su verdad aparece Thot, el Dios egipcio, conocido por los griegos como Hermes, el mensajero de los dioses. Un mito que entregó pruebas en formas de escritos que versaban sobre matemática, geometría, música, astrología, alquimia, muerte y divinidad. Todo el conocimiento nacía de ella, hasta acumular en 42 libros, todo el saber que atañe al hombre y al mundo. Un regalo que comenzaba hablando de un solo Dios, de un Todo de naturaleza triple. Como condición primera e ineludible para conducir al hombre a la sabiduría, porque el fin último no era otro que el regreso al comienzo, la unión con el Todo y la recuperación de nuestro carácter divino.

El personaje de Hermes Trismegisto, el tres veces grande, la fuente primigenia de la cultura hermética y esotérica, se dibuja después, con el paso de los siglos, con el elogio y lamento de los autores que lo citan por la posesión de sus libros y la pérdida definitiva de estos. Quizá en una de las destrucciones de la Biblioteca de Alejandría, quizá años más tarde durante la caída en desgracia de un Patricio romano. La verdad importa poco, porque el hecho no tiene remedio en la actualidad no quedan más que meros fragmentos, copias griegas y latinas, de lo que una vez fue una magna enciclopedia que contenía todo el conocimiento, y que de una forma u otra fue la base de la civilización Egipcia y de las diferentes escuelas de misterios del mundo pagano. Su verdad, entonces incontestable, se ha quedado en una cuestión de fe, casi en una elucubración no muy distante de la creencia en los ovnis.

La llave de la ciencia fue lanzada a los niños, como dijo Eliphas Levi, y el hombre moderno olvidó aquel conocimiento de certeza filosófica y religiosa tan infalible como las matemáticas, que conciliaba fe y razón, ciencia y creencia, autoridad y libertad, porque nació fruto de la verdadera religión, de la unión con Dios.

El mismo mito lo predijo, en un párrafo preservado y citado por Blavatsky:

“¡Ay, hijo mío! Día llegará en que los sagrados jeroglíficos parezcan ídolos, porque el mundo tomará por dioses los emblemas de la ciencia y acusará al glorioso Egipto de haber adorado monstruos infernales. Pero quienes de este modo nos calumnian adorarán a la muerte en lugar de la vida, y a la locura en vez de a la sabiduría. Abominarán del amor y de la fecundidad, llenarán sus templos de huesos de muerto que llamarán reliquias, y malograrán su juventud en soledad y llanto. Sus vírgenes preferirán ser monjas a ser esposas y se consumirán en el dolor, porque los hombres habrán profanado con menosprecio los sagrados misterios de Isis”.”

Champollion: Hermes Trismegisto, XXVII.

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Colabora en Diario 16. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual y El Silencio es Miedo, así como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog: www.elpaisimaginario.com La escritura es una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda, en cuyo homenaje creó: El Chamán y los Monstruos Perfectos, disponible en Amazon. Finalista del II premio de Literatura Queer en Luhu Editorial con la Novela: El Nacimiento del Amor y la Quemazón de su Espejo, un viaje a los juegos mentales y a las raíces de un desamor que desentierra las secuelas del Abuso Sexual.

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  • Ismael

    Y yo solo digo que nunca viene mal un poco de literatura científica… Vamos, de la que utiliza el método científico. Lo digo más que nada por contrapeso a otras lecturas que, dándoselas de verdades ocultas, no llegan sino a majaderías de personas con una vanidosa y rica imaginación y un nulo conocimiento científico-técnico,… al que desprecian porque “las uvas seguro que están verdes”.

    • MartiusCoronado

      ¿Y en qué parte del texto se reniega de la lectura científica?
      Claro que hay charlatanes, pero insinuar que Blavatsky, cuya erudición le permitía citar a 1700 fuentes diferentes sin error, a pesar de la enconada búsqueda de dichas equivocaciones por sus críticos, o Eliphas Levi (que podía ser retrógrado, machista y ultracatólico pero no inculto o charlatán y sí un gran ratón de biblioteca) tratan sobre temas imaginados; es como afirmar que las pirámides de la meseta de Egipto no existen, porque la ingeniería actual no logra reproducir su grado de perfección. Que duda cabe que el conocimiento de la antigüedad era mucho más amplio del que nos ha llegado a nosotros y de prueba se podrían citar a centenares de autores grecoromanos. Pero baste a Platón o Aristóteles, que antes de ser considerados sabios, viajaron por Egipto o asia menor para completar su aprendizaje. La majadería, es cerrar la puerta al pasado y creerse que uno lo sabe todo. Despreciar lo que uno no conoce, no te hace más sabio, pero sí muestra sin duda, la prepotencia de la ignorancia.