En Manos del Destino

publicado en: Relatos y Literatura | 1
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Destino3

El destino es esa inescrutable carambola que nos guía. En sus manos no sólo yacemos, sino que muchas veces sin saberlo, actuamos bajo su nombre y conducto, para forjar el de otros. Aunque brille en cada uno de nuestros actos, sólo cuando al volver la vista atrás su presencia inequívoca resplandece al contraluz de la improbabilidad, nos declaramos sus creyentes.

Su razón se nos escapa, porque su naturaleza y raíces no pertenecen a este mundo, aunque su azaroso signo sirva para configurarlo. Por ello de su significado no podemos más que inferir que así estaba escrito. Aunque la verdad diste mucho de la expresión, y nosotros gustemos de buscarle uno propio, para acomodarlo a nuestra escala de valores y a nuestra concepción del mundo.

La historia que les cuento aconteció allá por el año 2004, en uno de esos laberintos modernos, donde para Borges el número de probabilidades y de almas, oculta al huido. Yo residía entonces temporalmente en Ixtapaluca, y estaba en tratos para rentar un departamento en la Colonia Guerrero de México DF, donde había vivido antes y volvería a vivir en breve. Dentro de la tramitación del alquiler me había desplazado, y como si ya retomara la cotidianeidad del barrio, me dirigí a la Alameda Central a dar mi paseo. En pleno centro metropolitano, aquel submundo de chavos de la calle, vendedores ambulantes, prostitución masculina y cruising gay, era un ambiente familiar y querido, donde me jactaba de tener buenos amigos y conocidos. Aquel día me encontré a uno de ellos.

Sabino, era un veracruzano gay de 22 años, huido de la pobreza y la intolerancia hacia su condición sexual y famoso en la zona por vender tamales. Me caía bien y lo apreciaba, porque era franco, noble, y alegre a pesar de que su día a día era difícil. No sólo por la supervivencia en sí, sino por tener Sida y querer a un novio que lo despreciaba. En varias ocasiones le había ofrecido mi casa para comer, lavar su ropa, descansar e incluso guardarle algunos de los tamales que le habían quedado sin vender. Siempre se quejaba de que en nuestra amistad, él nunca me había podido ofrecer nada, y en cambio yo siempre lo hubiese ayudado sin contraprestación. Aquella mañana estaba exultante, hacía meses que no lo veía y estaba deseoso de compartirme sus novedades. Por fin había tenido el valor y la suerte de separarse de su pareja, y no sólo eso, rentaba una habitación, a la que esta vez sí me podía invitar. Me rogó que fuera con él, haría de comer, y por una vez, yo sería su invitado.

La idea en principio me disgustaba por el desplazamiento que suponía. El DF es una ciudad extensa y desparramada, y lanzarse a la periferia languidecía mi ánimo por el inevitable y costoso regreso en horas, lleno de peseros, combis, trasbordos y metro; pero aún así accedí. La compañía de Sabino siempre era grata, llena de chismes, ocurrencias y alegrías tontas; y pasar unas horas con él me vendrían bien para distraer algunos pesares amorosos que yo arrastraba.

Enfilamos la salida de La Alameda y justo antes de llegar al metro, se paró para saludar a un amigo. No tardó en presentármelo, y efusivo, insistió en que nos acompañara. Tenía que conocer su nueva casa, y ya de paso, comer con nosotros, le dijo. Juntos lo pasaríamos mejor, lo animaba. El amigo pareció sopesar, pero no mucho y poco tardó en unírsenos.

Llegar a Lomas de Cuatepec, una vez hubimos ascendido los escalones y cuestas interminables, mereció el esfuerzo al regalarnos una perspectiva de la ciudad única y desconocida, al menos para mí. Aquel laberinto cuasi infinito comenzaba a nuestra espalda, como una erupción cutánea irregular entre las laderas de la roca y se precipitaba hacia el valle, abrumándolo con sus personificaciones urbanísticas e interminables. La claridad del día se prestaba al juego de reconocer sus rasgos, pero no impedía que la contaminación difuminara sus límites.

Recuerdo que pensé en la metáfora del laberinto y la huida. Soñé con que podía otear cuántas de entre esa maraña de millones de posibilidades humanas, tendrían lugar en ese momento, e intrigado divagaba configurando el tesoro de sus razones. Pensé que buscar y hallar a un huido entre más de veinte millones de huecos, se antojaba más que una posibilidad, un acto de magia; y por un momento lo creí posible.

La pesadez del sol y el hambre, interrumpieron la delicia. Fuimos directamente a la tienda para comprar jitomates, chile, cebolla, huevos y tortillas. Sabino pensaba hacer huevos a la mexicana y no tenía nada en casa. Su hogar era una estancia alargada. Separada la cocina, la sala y el dormitorio se camuflaban entre el escaso mobiliario y la desnudez gris del cemento. Había una mesa, sofá, sillas, una cama, una mesita y su correspondiente televisor. La luz entraba por una ventanita de la cocina y fuera, un piso más abajo, se encontraba el baño.

Serían las cinco de la tarde cuando terminamos el almuerzo. Yo propuse que saliéramos de nuevo a dar una vuelta por la colonia. La imagen de la urbe diseminada a nuestros pies me perseguía y atestiguar sus cambios de luz con la llegada del atardecer, se me antojaba irresistible. Sabino prometió que lo haríamos un poco más tarde, pero ya no salimos. La plática y la tele se fue transformando en un ahorita del que no pude salir. Mi anfitrión insistía de cuando en vez, en que me quedara a dormir, y una vez caída la oscuridad y sin saber donde tomar el pesero, no con muchas ganas, acabé aceptando.

El otro invitado, de cuyo nombre no llego a acordarme, gustaba permanecer en un segundo plano durante las confidencias y chismes que me compartía Sabino. Sólo cuando el tema tratado parecía acabarse, se atrevía a hablar de sus ligues, para luego acordarse levemente de que tenía pareja. Según fue cayendo la noche, Sabino jugó a ser celestino, incitándonos. El otro jugó al flirteo, yo supongo que de alguna forma, acepté el juego. Tener un rollo no estaba en mis planes, pero la situación me hizo gracia.

La hora de acostarse llegó con esa prontitud tan poco española de dormir a las diez de la noche. Sabino debía levantarse temprano y su supuesto amigo compartía la conveniencia. Los cuchicheos entre ambos y la risita nerviosa que precedió a su ida al cuarto de baño, dejaron a Sabino preparando de cama improvisada, unas cobijas en el suelo, y a mí desvistiéndome para ocupar la única cama. Cuando llegó el otro descalzo, Sabino le conmino a ocupar la cama, el suelo y la incomodidad eran para el anfitrión.

La situación y el contacto lo intimidaron. Su aparente liberalidad había desaparecido y en su lugar apareció el nerviosismo. Mi falta de sueño hizo que le sacara conversación. No sé cómo acabamos hablando del inicio de su identidad sexual. Me relató que con diez años, volviendo de hacer un recado para su madre, alguien tapándole la boca lo había agarrado por detrás, y lo había llevado a un callejón oscuro donde, advirtiéndole que no gritara si quería vivir, lo violó. Tendido boca abajo permaneció cuando su abusador se marchó, sin llegar nunca a ver quién fue. Aseguró que lo había pasado muy mal en esos años, igual que su familia. Y que al poco comenzaron sus fantasías homoeróticas.

Su relato lo excitó, y a su pesar al parecer, buscó mi contacto. Las connotaciones de su confesión venían a llover sobre mi mal de amores. Como reflejos recurrentes, la mayoría de los gays que conocí en esos meses habían sufrido un abuso sexual, igual que aquel primero del que me había enamorado. El destino no yerra. Y la certeza convertía su costumbre en agridulce. Dolía sentir, pero parecía volverse adictivo.

No tardó en pedirme que lo dejáramos, insinuando que yo lo estaba forzando o quizá pidiéndolo. No pasamos del roce. Cinco minutos más tarde agarró una cobija y se acostó en el suelo. Sabino se quejó y éste lo invitó a ocupar el hueco que había dejado. Pero Sabino se quedó en su cama improvisada, a metro y medio de suelo de distancia del otro. Después llegó la oscuridad

Los gritos de Sabino me despertaron. Serían poco más de las siete de la mañana, su amigo no estaba y lo acusaba de habernos robado. Su dinero y una chaqueta habían desaparecido, no tardé en corroborar que también el mío junto con el celular. Las maldiciones y los reproches, dieron paso a la búsqueda frenética de algún peso. Sin dinero, estábamos atrapados allí. Sabino recurrió a un vecino, le dio el préstamo de unos escasos pesos que dividió entre los dos. Mis siete pesos y medio, pagarían el pesero hasta Indios Verdes, donde comenzaba la red del metro, después andaría. No me importaba, conocía el camino y sentía que el tiempo era primordial si quería recuperar el móvil.

Mi premura al salir, sólo me permitió un rápido vistazo a aquella seductora panorámica de ayer. La improbabilidad, hoy se había convertido en una obcecación decidida. Yo no podía perder ese móvil, al menos no por la agenda y los teléfonos apuntados allí. Me negaba a que no hubiera vuelta atrás. A pesar de la dimensión del laberinto, yo iba a recuperar lo que era mío.

La caminata desde Indios Verdes, me tomó más de una hora y me condujo a La Alameda. Mi dinero estaba en Ixtapaluca, a unos 40 kilómetros del centro y para llegar allí necesitaba unos 20 pesos para pagar el transporte. La cuestión era cómo los iba a conseguir. No me sabía ningún teléfono de memoria, por lo que no podía llamar a ningún amigo, en el supuesto de que consiguiera unas monedas o que alguien me prestara su celular. Pero no hizo falta. Mi Alameda no me falló.

Podía haberme detenido en algún otro lugar, pero para no tener a dónde ir, aquel parque era lo más parecido a un hogar. Sabía que iba a encontrarme a amigos. Aunque la mayoría fueran chavos de la calle y chichifos, y su capacidad de auxilio cuestionable para otros, para mí eran y probaron ser un apoyo. Mi sorpresa fue su rapidez. Sabía que al primero que le contara, intentaría ayudarme, pero tuve la suerte de que también tuviera la capacidad para resolverlo. Romeo, el estimado Chiapas, consiguió las monedas, que le faltaban para juntar la veintena necesaria para mi viaje. En pocos minutos, montaba en el metro. Dos horas más tarde, llegaba a Ixtapaluca, a la casa del amigo que me daba cobijo hasta que rentara en el centro. Primera prueba superada.

Visto en la distancia, más que la insistencia, desconozco la fe. Hoy no tardaría en dejarme vencer por el pragmatismo. Entonces creí que podía conseguirse. Es más, no podía dejar que ocurriese algo diferente que no fuese recuperar ese móvil. Sentí, como si dependiera de mi voluntad.

Jorge, cariñosamente para sus amigos El Gordo, llegó a los pocos minutos, le conté lo ocurrido, soporté su bronca paternal y terminó dejándome su teléfono para llamar al mío. Al tercer intento, afortunadamente, hubo respuesta. La precipitación de los hechos subsiguientes, pareció una carrera contrarreloj. Quien contestó, afirmó que acababa de comprar ese celular. Mi explicación y mi urgencia se colgaron y se prolongaron durante varias llamadas y hasta tres interlocutores diferentes. Como buen comercial, su error de responder a la segunda llamada, lo aproveché para crearles una necesidad, en este caso la de limpiar su conciencia. Yo les reintegraría el coste, a cambio de recuperar lo mío.

Conseguí fijar el encuentro en un punto geográfico intermedio. El Gordo, se ofreció a llevarme en su taxi, y por el camino continuaron las negociaciones, ya incluso intercambiando llamadas, fijando una hora y describiendo mis características físicas, para que me reconocieran. Aún así Jorge y yo no perdíamos la tensión. Sabíamos que apresurando los hechos había una pequeña oportunidad. Cualquier reflexión de la otra parte, haría que no aparecieran en la cita, por ello la distancia era muy justa para la hora fijada, y no nos quedaba otra que apresurarnos y rogar que la inercia de las llamadas los hiciera aparecer. Al menos a uno de ellos, como habían prometido.

Se me ha olvidado la estación de metro en la que quedamos, dudo entre tres nombres. Sólo sé que había mucha gente y que gracias al tráfico arribamos quince minutos antes de la hora fijada. Mientras bajaba al andén, que era donde habíamos quedado, vi por el rabillo del ojo a mi taxista hablar con un trabajador de la compañía metropolitana. No me detuve a inquirir sus razones. Descendí a mi puesto, nervioso por descifrar en los viajeros un gesto que me hiciera reconocer al mensajero. Podía ser cualquiera, y la pasarela que comunicaba ambos andenes, se convirtió en mi rutina ante cada tren que oía aproximarse. La revista exhaustiva de todo aquel que descendía, calmaba la ansiedad a pesar de que los minutos pasaban, y con ellos la escasa esperanza.

La vida, dicen algunos, amaga primero para avisarnos, y una vez desoída su advertencia, golpea sin contemplaciones. Pasarían meses antes de que yo comprendiera que fui usado de amonestación aquel día. Su enseñanza sin embargo, se me escapa. Las lecturas pueden orientarse para generar lecturas éticas dispares, y yo sólo sé que la complejidad de la vida se bifurca usando y creando, más allá de nuestras decisiones. Al menos, debo aducir en mi defensa, que actué guiado por lo que creí que era más justo.

El amigo de Sabino apareció de repente. Entre todas las posibilidades, aquella era la más inesperada, pero también la más recta. Como en un intercambio de espías, los dos antagonistas de la historia se encontraban. Cruzamos la mirada y esperó que me aproximara para preguntarme si tenía el dinero. Yo le contesté, preguntando por mi celular. No hubo tiempo para más.

Un forzudo bigotudo de playera con distintivo del metro, lo agarró de las trabillas del pantalón, al momento dos más lo rodeaban. Tras ellos, con gesto triunfante y rabioso, vi al Gordo que venía en mi encuentro. Todo está bien, me dijo, y en procesión mediática, los guaruras, el detenido, la víctima y el testigo, subimos a unas oficinas en la primera planta. Los interrogatorios por turnos y el careo, fueron un trámite necesario para poder recuperar un móvil, que sí portaba el acusado y que yo hube de probar que era mío. Pero la peor parte fue la presión por parte de los policías y de mi amigo para que interpusiera una denuncia formal, evitando que así quedara en libertad y de inmediato pasara a ser conducido a las dependencias carcelarias.

Su versión me acusaba de haber abusado sexualmente de él, pero más que inquina, en esos momentos sentí pena. La prisión no iba a ser una buena experiencia para un muchacho de apenas veinte años. Mirándolo a los ojos, le pedí que reflexionara y me jurara que había aprendido una lección y que en nada parecido volvería a verse mezclado. Su llanto no me conmovió, pero tal vez en él veía a otros. Sabía de la dureza de un reclusorio en México, y creyendo hacerle un bien, y tras su promesa de que devolvería la chamarra a Sabino, retiré la denuncia.

Jorge en el trayecto de vuelta no dejó de sermonearme y criticar mi decisión. A ver si aprendes la lección, me decía. Los Ratas, según él los denominaba, no merecían una segunda oportunidad, porque lo único que aprovecharían sería la chance de robar y dañar a otros, cuando ya deberían estar en la cárcel. Yo comprendía su indignación, como taxista, había sufrido muchos robos. Pero a la vez me sorprendía su vehemencia y afán punitivo. Él había sido un chavo de la calle, y su integración social no le había dado mesura para juzgar la pobreza, sino al parecer una cierta forma de dirigir y justificar su odio. Cierto es, que la necesidad no había tenido tal vez mucho que ver en el robo. Pero yo contemplaba razones, que atenuaban y me hacían empatizar con su culpa.

Tenía la certeza de que había tocado una tecla demasiado sensible y dolorosa, aquella noche. Me confió su secreto, no sólo el que se refería al pasado, sino uno muy presente en cada momento. El recuerdo de que el ultraje aún lo excitaba. Como tristemente aprendí que acontece a todo aquel cuyo primer contacto sexual ha sido producto de un abuso. Sacar a la luz aquello, excitarlo y que yo no actuara como un abusador, primero lo enfadó y luego lo avergonzó. Su robo, no fue más que una forma de resarcir su vergüenza y en cierto modo, vengar algo que ya no tenía remedio.

Esa noche cuando llegó Héctor, dueño de la casa, y le contamos la aventura vivida, pudimos reírnos de la situación y festejar mi suerte. La única lección aprendida pareció ser la de hacer una copia de la agenda, para no perder tantos números de amigos y familiares que habrían sido tan difíciles de recobrar en la distancia. Pero al meterme en la cama, la milagrosa recuperación adquiría una perspectiva tan intrigante y pegajosa como los juegos mentales que me impedían conciliar el sueño. Pensaba en el porcentaje de posibilidades de que algo semejante hubiera ocurrido, y la comparación más próxima que se me ocurría, era la de la lotería. Quería creer que mi voluntad había influido, pero las dosis de azar y fortuna necesarias me intranquilizaban, como si su rastro pudiera enlazarse con un mensaje del destino, que yo era incapaz de vislumbrar.

A las pocas semanas, casualmente, me encontré con el ladrón en el metro. Nos reconocimos, pero no dijimos nada, simplemente proseguimos nuestros caminos divergentes. En los meses siguientes llegué a olvidar el incidente y a su causante, considerándolo todo como una mera anécdota. Pero una noche en La Alameda, justo en el mismo lugar en el que lo había visto por primera vez, me crucé con Sabino. Gritaba excitado mi nombre, y agitaba un periódico, afirmando que precisamente había pensado en mí y que no me iba a creer lo que tenía que decirme.

Un amigo le había conseguido el periódico que recogía la noticia. Me llevó a una zona bien iluminada, para que yo mismo pudiera leerla. Su supuesto amigo, el ladrón, aparecía en una foto policial junto a otra de un hombre de mediana edad. La nota, de hacía unos días, relataba unos hechos escalofriantes. Cuando alcé la cara, Sabino espetó en respuesta a mi asombro una frase demoledora: ¡Me alegro, esa rata, ahora sí, ya tiene su merecido!

Hace poco, un amigo escritor me preguntó si yo había conocido personalmente a algún asesino, para compartirme que un amigo de la infancia, resultó ser un psicópata con varias muertes a su espalda. La noticia lo forzó a indagar entre los rasgos de aquella personalidad que terminó desembocando en los actos de un monstruo. Yo no tenía más que una noche, pero de alguna forma sentí que su rastro era más que evidente.

Junto al sujeto de la foto, habían secuestrado a un niño de doce años, en principio con el objeto de reclamar un dinero que la familia debía a un tercero. Lo mantuvieron cautivo en un hotel del DF durante días, supuestamente a la espera del pago. Pero un instinto vengador y sádico se despertó en ellos, como si en esa persona indefensa pudieran descargar y cobrar, humillaciones que sólo la historia personal de los dos podría conocer. Desde el primer momento, al parecer, habían abusado sexualmente de él, y los golpes y quemazones de cigarro cubrían gran parte de su piel, cuando abandonaron su cuerpo sin vida en aquella habitación de hotel, cuatro días más tarde. Gracias a su chapucera idea de utilizar un hotel, fueron fácilmente identificados y apresados.

El asesinato, esa gran barrera ética cuya trasgresión simboliza al mal. Tiene fascinada a nuestra sociedad. Pero entre las películas e interminables series que lo muestran, pocas abordan lo que esa transgresión supone en la mente del asesino. La llegada a ese abismo interior, que nada tiene que ver con su recompensa material. Porque la excusa, no explica la degradación ética que le precede. Más bien tiende a ocultar sus razones con una drástica autoafirmación. Como una usurpación de las prerrogativas del creador, con la inconsciente intención de protestar por el destino que le ha tocado vivir.

Aquella noche al volver a casa, no pude desembarazarme de la oleada de impresiones contrapuestas. Los puntos de vista y las conclusiones se escurrían sin que yo pudiera equilibrar el círculo, que con esa noticia, se acababa de cerrar.

Aún hoy me viene el recuerdo de aquella anécdota imposible y mágica, en lo concerniente al desafiante laberinto, y dramática en sus macabras e insospechadas consecuencias. Una amiga, cuando le compartí su contenido, no tardó en encontrarle un significado. Mi decisión de no encarcelar al ladrón del móvil, había causado la muerte de un inocente. Y a veces no descarto que su conclusión sea certera. Pero no creo que el juego del destino, pueda leerse en un solo sentido.

Mi culpa si existió, la acepto porque no fue intencionada. Pero mi conciencia no me hubiera dejado actuar de otra forma. Aún hoy, ante una situación similar, seguiría apostando por otorgar una segunda oportunidad.

Entonces, si el destino me dejó un mensaje, cuál fue. Todavía lo busco, y como prueba parí este texto. Aunque no creo que deba buscarlo. No al menos uno cerrado y único. La interpretación sólo expresa nuestra estructura de pensamiento, con sus valores y automatismos adquiridos. La enseñanza sólo puede apegarse a lo conocido, y en ese contexto, sólo sé que los hechos me hicieron testigo de cómo el destino teje nuestras vidas. Las valoraciones y las conclusiones, no son más que una cara limitada del todo, y para completar esta experiencia, saquen las propias. El destino, supongo, puede aceptarlas todas. Porque da igual si creemos que nos gobierna o ejercemos nuestro libre albedrío. Sus reglas siempre serán ignotas para un simple mortal, y su funcionamiento no dependerá nunca de nuestras opiniones.

Es paradójico, cuando pienso en el trágico desenlace, es la cara del asesino, al único al que conocí, la que aparece; y ante su imagen no puedo evitar sentir, una sincera pena.

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