El Elegido

publicado en: Relatos y Literatura | 0
Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0

El Elegido

(Cap. 1º- Parte 2ª- Novela: El Chamán y los Monstruos Perfectos)

Hace decenas de miles de años el hombre se aferró a una sola realidad y olvidó así, que daba la espalda a la existencia de infinitas posibilidades. Esa gran verdad que un día supo fue barrida de la historia y sus grandezas apenas contenidas por la bruma de los mitos de la Atlántida, Lemuria o Mú. Demasiado tiempo para la penitencia que aún pagamos sus descendientes, nuestra inmensa capacidad de olvido. La ciencia y el conocimiento práctico han matado la conciencia del mundo más allá de lo material, haciéndonos creer que la realidad es un escenario comprensible, previsible y controlable. Pero a pesar de sus esfuerzos y gracias a ellos mismos que lo hacen invisible, el hombre antiguo aún existe y con él su herencia, llena de magia intangible, compartida por chamanes y tradiciones ancestrales. De uno de aquellos primeros hombres que supieron. El único que aún pervivió hasta nuestros días, encaramado a la rueda del tiempo, trata esta historia.

M., nuestro segundo personaje, lo encontró una tarde, inusualmente calurosa de febrero, en el año dos mil seis de nuestra era. M., era un joven de éxito. La fama y el reconocimiento de millones de conciudadanos, le habían embellecido el ego en apenas dos años. Sin embargo, últimamente estaba raro. Sin saber por qué, le había brotado una quemazón extraña y recurrente. Sin decir nada a nadie y en medio de un rodaje, tomaba un avión y buscaba el anonimato. Desaparecía protegido de ropas extrañas y una peluca, para que ni en el hotel lo reconociesen. Pensaba que la razón debía encontrarse en el lujo febril de lo vivido, que como toda consecución, con la llegada de la rutina, se hace mundano. Pero su proceder era insólito. ¿Para qué huía si lo único que hacía era deprimirse en una habitación extraña?, paralizado ante la idea de salir a la calle. Como si temiera disfrutar la aventura de ser ese otro, que por extraña necesidad y sin conciencia de ser, sentía que le pedía paso; y que él, a su pesar, estaba amamantando. Muchas veces, se dejaba huir con la determinación de que aquel viaje sería diferente. No sólo planeaba salir y tirarse una juerga, sino que al imaginarlo su ánimo se coloreaba con irónica alegría. Hallándose seguro de hacer enriquecedora aquella manía, y en algún sentido venciéndola. Pero una vez llegaba al hotel, la idea de salir al exterior con aquel disfraz, lo paralizaba. Sin saber cómo, infeliz y estafado, terminaba dejándose llevar por un único pensamiento, que engarzado con los juegos mentales de cada historia personal concluía con esta simple máxima: la vida tenía que ser algo más.

Aquel día, sin embargo, había conseguido salir de su hotel. Forzado, eso sí, por una angustia extraña, impelido por una de esas desconocidas energías que modelan nuestro destino y que nada tienen que ver con el azar. En el pensamiento de M. había nacido una certeza. A pesar de la gran consideración que de sí se profesaba, se supo nada y necesitó el aire. Apretando el paso y mezclado entre el bullicio sintió cómo la angustia se evaporaba, se empequeñecía. Pero cruelmente, crecía la aguda conciencia de que aún no había conseguido nada. Y todo ello, pese al indiscutible y reconocido eco social de sus logros. Con sólo veinticinco años triunfaba con una serie juvenil de tremendo éxito en el país, había participado en tres largos, y la crítica especializada lo comparaba con los grandes y le auguraba el mayor de los futuros. Pero lo peor, es que ahora, sin saber por qué, atestiguaba, sin sombra de duda, que carecía de las capacidades para llegar a ser lo que soñaba; convertirse en la más rutilante estrella del cine mundial.

Nada perdona la vida. Todos los cabos que abre a lo largo de nuestro vivir, y que creemos superfluos, los resuelve y justifica con nosotros de protagonistas; e incluso a veces forzándonos a ser su único público. M. había sido un niño extraño, obsesionado con la idea de que estaba atrapado en un cuerpo foráneo, suspiraba por ser un alguien diferente y soñó que cuando lo lograse tendría el valor de alejarse del mundo de los hombres, como un héroe mítico que desaparece y del que nadie atestigua la muerte. Claro que aquel niño estaba olvidado, oculto tras el cúmulo continuado de sucesos que es todo vivir. Y no por casualidad M. en ese entonces volvió a vislumbrarlo, aunque sólo un instante. Porque rápidamente volvió a ser ese que protagonizaba su presente.

M. en ese entonces era no más un joven ambicioso y primerizo, cuya entretenta era imaginarse formas de comerse el mundo. Su hambre de conocimiento era la búsqueda de un medio, no de un fin; no amaba el arte, sino la fama. Su porte de arrogancia no se debía sólo a la edad y a sus ropas caras, sino al lustre de superioridad que da el haber conseguido fama y tratamiento de famoso por todo un país. Sin embargo aquel día descubrió su vaciedad, el mismo vacío mortal que enfrenta el místico al abismarse hacia su primera enseñanza.

Guiado por el atolondramiento de su ánimo, se encontró callejeando entre los puestos de ropa y libros del centro histórico de México, y allí se tropezaron. M. se disculpó, y sin saber por qué, lo invitó a tomar algo atrapado por una necesidad urgente. Luego recordaría que los ojos del tropiezo le tocaron algo inefable y desataron un torrente de razones. Sintió que el mundo se había detenido y que si hubiera sido menester, por conocer a aquel hombre, habría entregado su vida. Supo que el otro lo era todo y él, no más que la nada. Pensó que se había encontrado con una versión de sí mismo, o quizá con la única razón de la existencia, esa que cada ser humano sueña, al menos una vez en su vida, vislumbrar. Y aunque lo percibió, por un instante y no lo creyó, éste era su caso. Claro que cuando nuestro destino nos topa, él aún lo desconocía, ya nunca nos suelta.

M. olvidó en menos de un segundo, lo que había encontrado, pero N. supo. Usando su poder, literalmente detuvo el tiempo. La casualidad no es más que la alargada voluntad del Infinito y N. sabía reconocerla. La invitación la ofreció el otro, pero fue la voluntad de N. quien la forzó. Había visto algo demasiado único y precioso, como para obviarlo. Los hombres antiguos tenían la capacidad de percibir la energía y no sólo su reflejo que es la materia, y N. había visto que el Infinito le enviaba a aquel hombre con una energía inusual. Doble en su configuración a la de un hombre de nuestro tiempo. Justo lo que necesitaba para equilibrar la suya, el ardid que le permitía, tras innumerables siglos seguir vivo, pero no sólo eso. Su configuración energética no era la de un hombre actual sino la de un hombre de su tiempo, algo que en miles de años no había pasado, y esa señal era inequívoca. Finalmente encontraba su presa, su tarea y lo que aquello significaba; la esperada antesala del fin.

N. se presentó con uno de los cientos de nombres por los que había sido conocido, y le indicó que lo siguiera. Nombró un destino, incomprensible y desconocido, y M. lo siguió azorado, feliz. Delante suyo, aquel indio rotundo, chaparro y en huaraches, marchaba decidido y con una actitud de segura autoridad. Le sonreía y le preguntaba sus opiniones sobre la vida. Lo embelesaba y lo aturdía. Cuando se quiso dar cuenta, M. no pudo jamás recordar cómo, habían llegado a su destino. Se encontraban en el interior de una casa, iluminada por la calidez de unas velas, y que a pesar de su desnudez, despedía una agradable sensación de hogar. N., entonces, lo invitó a tomar asiento.

De N., ahora que M. lo inspeccionaba más detenidamente, si algo lo abstraía era su mirada. La primera impresión, al verlo frente al kiosco de prensa donde se tropezaron, fue la de encontrarse frente a un regordete vendedor de tacos. Alguien vulgar y afable, y con un magnetismo más allá de lo físico. Sin embargo ahora, sus ojos oblicuos, profundos y poderosos, parecían haberse estilizado en el camino, y no sólo ellos. Mantenía el bigote, pero la faz se había afilado, como si hubiera adquirido una repentina y singular agudeza, alejada de la redondez primera. Incluso era más joven. En el choque no le había echado menos de cuarenta y cinco años, y quien tenía enfrente tenía aspecto de un treintañero fibroso, incluso, ahora se daba cuenta, se había equivocado al percibirlo bajito. Sus estaturas eran parejas. Si hubiera estado en sus cabales, hubiera advertido que no parecía ni de cerca, el mismo hombre. Mas la transformación no se convertiría en sospecha hasta el día siguiente. En esos instantes todo su cuerpo hormigueaba con un gustirrinín apático y feliz, y la inenarrable intensidad de lo vivido cercenaba cualquier análisis. Había una pregunta que le quemaba, como si sólo con formularla los temores de su vida se solventaran, y fue la que le lanzó.

-¿Qué es para ti la vida? –Acertó a preguntarle M.

-Mucho más que la fama, que es lo único que tú esperas. Aunque te puedo ayudar a abrazarla, y no sólo la que sueñas, sino más, mucho más. Claro que yo también necesito tu ayuda. Tengo un precio y tú tienes cómo pagarme.

Y no fue el contenido de la respuesta, sino la vibración de su estómago y un desatado sentimiento, lo que hizo saltar su tonta defensa.

-¿Fama, pero de qué hablas si yo ya soy famoso, me conoces verdad? Salgo en la tele a menudo, yo soy alguien, no como tú. ¿A ver quién eres, quién te conoce, a quién le importas, eres rico acaso? No, ¿verdad? ¡Eres un don nadie! ¿De qué hablas entonces? Es una broma, ¿no?

-No, la única broma es la vaciedad que anhelas por vida. Pero al final, serás alguien, a tu pesar, y de los más grandes. Tengo un regalo que hacerte. Tienes capacidades que desconoces, todos los hombres las tienen, pero tú tienes una puerta extra. El Infinito te ha señalado como su instrumento, y cuando desaparezca tu importancia personal, su grandeza brotará en ti. Yo soy tu camino, te abriré al poder, pero a cambio de un precio y una deuda. Necesito tu energía, y tu consentimiento para tomarla. Y sé que me la vas a dar, no depende de ti, el Infinito así lo dicta. Cuando lo comprendas, tú abrirás la puerta.

M. sintió un vaho de miedo que le relamía el ombligo y terminaba en su plexo solar. Sin embargo no pensó en huir, ni temió por su vida. Se asustó, pero también estaba plenamente halagado. Algo inefable lo colmaba.

-¿De qué hablas, yo no quiero ningún chingao pacto raro? Andas en la piedra güey, ¿no? ¿Quién eres? ¡Estás loco!, ¿quieres asustarme, no? ¿Eres el diablo?

Lo siguiente fue un ruido sordo. N. se movió tan rápido que cuando M. se quiso dar cuenta estaba a sus espaldas golpeándole el omoplato. Lo demás se difumina. Como si el recuerdo fuera el intento, lejano e imposible, de rememorar lo que otro ser humano, pasado y muerto, ha sentido.

En los años siguientes recordó con claridad su paseo despreocupado desde los callejones de Tepito hasta su hotel junto a Reforma, imbuido de una felicidad indescriptible y una seguridad desconocida, a pesar de la zona y de la hora. Recordaba con exactitud sorprendente el pelo gris, los ojos tristes y engarzados de arrugas de la señito que le vendió su gordita de chicharrones, cuando paró a mitad de camino. Recordaba hasta la niña que dormía y el nombre del lavatrastes, axión, su aspecto, de esos que parecen un bote de crema, redondo y achatado; y su contenido, escaso y con agua ocre por encima. Sin embargo no llegaba a poder decir qué hizo en las últimas horas, aparte de hablar. Sabía que la plática había tratado sobre la vida, el destino, el futuro y sobre el ritual de un extraño sacrificio salvador, pero no recordaba detalles. No sabía explicar ni cómo, ni qué había pasado, ni hecho durante tantas horas. Ni le importaba.

Al llegar a su habitación llamó a recepción y preguntó qué le podían subir de comer. Eran las cuatro a.m. y la cocina estaba cerrada, le informaron y le ofrecieron unos sándwiches. No le importaba, dijo, y exigió unos huevos rancheros, un café de olla y un agua de guayaba. Colgó, se tumbó en la cama y sólo se quitó los zapatos. Era la primera vez que no se deshacía de su disfraz nada más llegar a su recámara, se sentía cómodo, incluso con la peluca puesta. Encendió la tele. De la felicidad inefable pasó a un miedo desigual. Por unos minutos de zapping se descubrió indefenso, débil e ínfimo. Pensó en el futuro, y se sintió solo y ante un abismo. Presintió que iba a recordar, y algo en su interior le forzó el olvido.

M. era un joven alegre, a sus veinticinco años sentía que entendía lo que era la vida. Y sus circunstancias, embadurnadas de la dulce pleitesía de la fama, no ayudaban más que a reafirmarle en sus creencias. La vida es para unos pocos, para los tocados por un don, y él era uno de ellos; el resto no puede aspirar a más, sólo a ser lo que se es, una pobre hormiguita obrera.

Su metro ochenta, sus músculos, su mentón atractivo, su situación de rubio y güero, no le hacían pensar a menudo en nada que no fuera él. Cuando todo un país paga por ver tu foto en las revistas, te persiguen los paparazzi a todas horas y cada semana eres el invitado de alguno de los programas televisivos, no hay hueco para la humildad. Y el miedo que sentía era por eso mismo extraño. Por unos minutos, de nuevo, sintió el vértigo de saberse insignificante frente al mundo, aceptó que ni nada, ni él mismo podía ser tan importante. ¿Y si se moría mañana?, pensó, y el miedo a enfrentarse a la vida, por primera vez en años, lo atenazó. Comenzó a llorar, incluso sin fuste alguno pensó en suicidarse. Entonces recordó unas palabras de N.

-“El flujo del poder desata los sentimientos más contradictorios. No temas. El poder mismo te guiará…”

En ese mismo instante llamaron a la puerta, traían su comida. Después de ingerirla con voracidad, todo temor se disipó tan totalmente que no tardó en engancharse a un programa del corazón. Una de las invitadas era una compañera de serie, y sin darse cuenta su mente enlazó un hallazgo. Annie Cifuentes, la actriz invitada, siempre le había sugerido la imagen de una fresca putita inocente. Y con esta vaguedad encadenó una trama, unos personajes y una historia extensible en cientos de capítulos. La coherencia y la profundidad con la que podía bucear en sus personajes y la lógica sucesión de las escenas desfiló por horas, hasta completar más de 20 episodios y trazar cómo sería toda una primera temporada. Su fluidez mental se había convertido en una borrachera imposible que desbordaba los límites humanos, y que sin embargo él, un simple hombre, estaba alcanzando.

A pesar de la hora cogió su portátil y empezó a escribir con atropellada lucidez. Como si le dictaran. Le hubiera gustado escribirlo todo, pero sabía que no tenía tiempo, hubiera necesitado meses. Así que escogió los diálogos, y las escenas centrales de los episodios, para mostrar una comprensible imagen de la trama y de los personajes. Su lucidez era tan intensa que temía perderla. Sentía, entre texto y texto terminado, un temor ávido, ese de aquel que teme perder un tesoro. Levantarse al día siguiente y descubrir que la verdad de un sueño, se ha disuelto en la nada.

Mientras trascribía su mente ya conocía el camino a seguir. Esa semana tenía una entrevista en una de las productoras de TV, le iban a ofrecer un nuevo papel y a tratar los flecos del acuerdo, antes de la firma. Sebastián Montes, uno de los productores le había hablado hace un par de meses del proyecto de montar una productora independiente y de que estaba buscando proyectos innovadores para empezar. Se lo iba a ofrecer. Sabía que le iba a encantar.

A las ocho de la mañana su cuerpo se detuvo. El sol le deslumbró las ganas de un paseo, quería disfrutar del día. Se sentía como nuevo, como si todo el ajetreo de la noche no hubiera sido más que el mejor de los descansos. Algo comenzaba, lo percibía. No sólo iba a vender la serie, sino que en su venta iba a incluir una cláusula de copropiedad de la productora, pero esto era sólo el principio, tenía tantas ideas, tantos planes, tal ambición y tan inefable certeza. Su vida iba a brillar dos veces más que ninguna otra. Algo le había hecho N., sentía que habían acordado una especie de pacto, y lo único que tenía que hacer era disfrutar de esa magia, de ese poder o ese don, fuera lo que fuese, que le había entregado.

-“Déjate llevar, haz lo que creas, el Infinito te guiará. Simplemente recuerda que la vida que elegirás no vale nada, y el precio que pagarás será perderla ya que sólo así podrás ganarla. La grandeza, y a tu pesar, te espera…”

M. hace un último intento por recordar algo más, luego desiste; piensa que da lo mismo. Y la inquietud del olvido, aunque lo visita, no produce más que el solivianto vano de unos pocos días. La intensidad y la plenitud de los acontecimientos que en cascada le llenan las semanas siguientes hacen que el tiempo vuele. Y con él, el completo olvido.

(Continuará…)

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Google+0