La Traición Democrática

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UrnaDemocracia

Las razones se desvanecen frente al dolor, cuando de traición se habla. La sorpresa y el repaso posterior de los hechos, hace que el traicionado mesure únicamente el aprecio depositado y mal pagado de aquel inesperado y nuevo enemigo. Luego, se reprocha, por encontrar ahora y no percibir entonces, los indicios de que aquella relación que comenzó con sentido afecto; era una farsa. Reflexiones, que atardecen la consideración de sus motivaciones. El yo nos duele más que la consideración de los puros hechos. Hasta que finalmente, escarbando en sus posibles intenciones, el odio emerge, torciendo el signo de un querer ya sembrado.

Nuestra inocencia se comenzó a derrumbar con su primer contacto, y nuestro pesimismo se dibujó a lo largo de los años, con su goteo constante. Cada quien tiene sus defensas, sus estrategias y sus respuestas automatizadas e inconscientes, preparadas para esa próxima vez. Pero su naturaleza desbarata las precauciones, porque una verdadera traición nunca se ve llegar. Su devastación es inversamente proporcional a la cercanía y estimación del traidor, y por ello las más dolorosas, son las más cercanas e imprevistas.

Y aunque nos acostumbremos a sufrirlas y a transfigurar el escozor en olvido, y finalmente en risa, nuestra mayor flaqueza es que las esperamos de las personas; y sin embargo la traición, no siempre tiene rostro y llega de un igual, con el que podríamos porfiar, y en algunos casos prevalecer.

Las instituciones, los organismos y el propio Estado, la ejercen, con una impunidad y un desprecio que nos paraliza, porque ante ellos estamos indefensos, y no nos cabe mucha más respuesta que la indignación y la pataleta. Ellos, que son los garantes de nuestros derechos, nos los niegan e imponen su interesado y torcido sesgo de intereses. ¿Y a nosotros… qué nos queda por hacer?

Sin duda, no más que esperar a que la suma de indignados se transforme en masa, y que ésta, llegado el momento adecuado, se transfigure en una marea imparable que desvalije y derrumbe los equilibrios establecidos, para instaurar un nuevo orden. Hasta entonces, juegos de lírica, imaginación y desahogo entre iguales.

Mandan los mercados. Lo presume el ciudadano, lo insinúa el FMI y el Banco Mundial en sus recomendaciones a los gobiernos, lo afirma José Mujica, presidente de Uruguay y lo confirmó Italia, cuando en 2011 se vio forzada a nombrar a un tecnócrata como Mario Monti para dirigir el país. La política se ha transformado en una escenografía tras la cual se ocultan los intereses financieros que dictan y planifican el devenir global. Y si la Democracia traiciona el principio de la soberanía y los dirigentes elegidos por el pueblo soberano incumplen su programa electoral y no gobiernan en nombre de los electores sino de las grandes corporaciones económicas, no debería sorprendernos que la sociedad se rija por unos valores que nada tienen que ver con la fachada democrática e igualitaria que enarbolan. Ni que actúen y reflejen, punto por punto, la directriz que caracteriza al eufemístico, Libre Mercado: la búsqueda de maximizar el beneficio como único fin, sin atender a la sustentabilidad de los recursos del planeta, ni tengan en cuenta los derechos de las personas.

Cuando se contempla a la sociedad desde esta perspectiva, las disfunciones y contradicciones del sistema no son tales, sino las muestras y atributos que encajan y demuestran su verdadera naturaleza. La imposibilidad de los países civilizados para alcanzar un acuerdo que frene la deforestación o el cambio climático, se comprende, a pesar de su irracionalidad suicida, si se visualiza a través del prisma empresarial que sólo tiene en cuenta el crecimiento continuo, la ampliación de mercados y el beneficio. A idéntica comprensión llegaremos al mesurar las paradojas de que 1.000 millones de personas en el planeta pasen hambre, a pesar de que se producen alimentos suficientes para los más de 7.000 millones que lo habitamos. O a que los avances en medicina y salud no eviten que mueran millones cada año por enfermedades curables, debido a que no tienen acceso a la medicina apropiada, porque la salud y la medicina pertenecen al ámbito empresarial y no a un lógico y protegido carácter público. Y no será entonces extraño que un 1% de la población detente el 40% de la riqueza, y que la mitad de los pobladores del globo sobrevivan con un escaso 1% de esa riqueza. Y la lista prosigue e impregna cada aspecto que desentona en la imagen civilizada y democrática de ese mundo en el que creíamos vivir.

La traición surge de raíz y se reitera a cada paso cuando los aspectos esenciales para mantener una existencia digna, que por su naturaleza de bien público debían poder ser accesibles para todos, se convierten en un lujo que un sueldo no puede proporcionar. Cuando la educación, el alquiler de una vivienda, la ropa, la comida, la electricidad, el transporte, el agua o los impuestos, requieren más de un sueldo… algo falla, y no es el individuo, sino la sociedad que se proclama salvaguarda del bien común. Porque pensar que un dentista, un político o un empresario tiene derecho a un gran sueldo y un barrendero o un jornalero del campo, no. Ejemplifica un pensamiento y un ideario que nada tiene que ver con la democracia y la necesaria interrelación de papeles, como si una función fuera más necesaria que otra, y no se admitiera que todas son ineludibles y complementarias. Todos debemos tener una función y el derecho a vivir con decoro. Y en ello están fallando aquellos que tienen el poder de hacer que esta sociedad sea verdaderamente justa.

Toda traición conlleva unas motivaciones. Quizá sea hora de que dejemos a un lado el dolor y la indignación de sentirnos traicionados y comencemos a intentar averiguar esas razones. En su formulación tomaremos conciencia y encontraremos la fuerza y las justificaciones para cambiar el contexto social y económico tan injusto que vivimos. Y tal vez, unidos, podamos desenmascarar las disculpas del sistema y podamos forzar el cambio hacia un mundo mejor. De lo contrario, el odio acumulado, parirá dramas.

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