La Crisis como Círculo de Envidia y Melancolía

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El Ciclo de la Envidia

La envidia cuando es hacia uno, en el fondo, y como poso resultante de su recurrencia, nos da seguridad. Ese tipo de protección que engalana a aquellos que tienen dinero, fama o salud y que intranquiliza a quienes de ello carecen. Sobre todo si al fin y a la postre ese origen que nos pondera, les resulta inalcanzable a los ojos extraños, y a nosotros innata y perenne posesión; aunque en realidad tampoco lo sea. La juventud, la belleza y la vitalidad tienen un final, y el dinero aunque no lo tenga, en la última transacción, se lo queda Caronte.

Vislumbrar un fin o sufrir una crisis como la actual, nos hace volver la vista atrás. Sumidos en su canto, descubrimos que el peor anhelo es el del propio pasado y que la envidia más posesiva, es la que nos sueña desandando y rehaciendo lo vivido. Lo imposible, como todo en esta vida, sólo toma cuerpo, cuando se refleja en nosotros y nos recuerda que la envidia que sentimos por los demás, sólo tuvo sentido como proyección de nuestras carencias y de aquello que queríamos ser. Curioso que la envidia ajena que alguna vez nos vanaglorió por ser su objeto, se reproduzca en nosotros e impregne lo que fuimos, robando la seguridad del camino andado, porque sus resultados del hoy nos hacen suspirar por el ayer, sólo para hacernos tomar conciencia de que lo que pudo haber sido, ya nunca será.

El mito de una vida plena está lleno de declaraciones atrevidas de aquellos que proclaman que no cambiarían ni un ápice de su pasado, la imposibilidad los guarece, pero la experiencia propia los niega. Es fácil y práctico confundir la asimilación de lo hecho, con el falso orgullo de que nuestros pasos siempre fueron certeros y en su defecto, si se pudieran enmendar, repetidos, para no transformar un resultado final del que nos sentimos orgullosos. Pero ese tipo de absolutismo infalible no cuadra con las múltiples variables protagonizadas en una vida, por mucho que nos guste el resultado y el devenir del total. Mucho cambiaríamos de lo hecho si pudiéramos, claro que nos salva, como es de suponer, su imposibilidad.

Aquello de que “Cualquier tiempo pasado fue mejor…”, es mentira. Salvo que a ratos y en todo caso al abrigo de la intimidad, su susurro nos convenza, no sin buenas razones. Su fuente fidedigna y propia nos congratula porque su resultado carece de la incertidumbre y desasosiego que el camino presente nos crea. Su resolución feliz completa una imagen de nosotros mismos perdida y positiva, vista con la cálida y miope distancia de un tergiversado recuerdo que sólo se apoya en las luces.

La vida está llena de triquiñuelas, que por más ajenas que parezcan, acaban en nosotros. Y la envidia certifica ese círculo final que comienza en los otros y termina en uno mismo. Justo cuando la seguridad del dinero, la juventud, la salud y/o el amor se nubla, para mostrarnos que toda sensación de seguridad es temporal y que toda envidia no es más que el deseo y el miedo al propio cambio.

La tentación de quedarse enganchado, viviendo pendiente de lo que aquellos que nos causan envidia son, es una costumbre peligrosa que nos aleja de nosotros mismos. Imposibilitándonos así el reconocimiento de que la envidia apunta hacia nosotros y evitando que la piedra de la indagación se asiente, y sin ella no podremos evolucionar en el propio conocimiento.

La agridulce melancolía refulge en el otro extremo y sus asechanzas no desmerecen a las ajenas, sino que las superan, porque no hay nada más mesmerizante que los vericuetos del propio yo. Cuando el presente nos encadena a un túnel sin luz y sin más alimento que el propio remordimiento, es fácil entregarse a la parálisis y al derrotismo. La situación actual de crisis económica y desempleo nos desnuda y ata, despojándonos de la herramienta social del dinero, sin la cual estamos indefensos y a merced de la caridad, del otro y de la suerte. La natural explosión de envidia hacia aquellos que tienen el trabajo o los medios para subsistir se agrava cuando, adoctrinados por una cultura que afirma ser fiel transmisora del esfuerzo individual, terminamos por sentirnos culpables y causantes de nuestra situación.

El ciclo de la envidia, sin embargo, no debe engañarnos. Envidiar lo que nos hace falta y que otros exhiben, es natural. Así como revisar en los archivos de lo vivido, para buscar respuestas a una situación crítica. Pero dejarse arrastrar por un pasado cuyo control parecía estar en nuestras manos, no debe confundirnos. A veces nuestro deseo fue acompañado, y otras veces no lo estará. Ni antes ni ahora, la vida estuvo ni estará al comando de nuestra voluntad. Mientras hay que sobrevivir, con la templanza de extraer enseñanzas y con la fe de que el mañana será diferente.

La crisis personal o financiera no debe apoderarse de las preguntas y respuestas de nuestro mundo interior, sino su totalitarismo nos convencerá de que ya no nos quedan puertas, fuerzas, ni capacidades por desarrollar. Tal descenso, producto de la incapacidad económica y la culpa, sólo necesitará de tiempo para hacer de nosotros meros zombies, tal que muertos vivientes sin voluntad de reaccionar.

La melancolía exacerba su presencia cuando nuestra vida afronta una esquina, o cuando el último momento se antoja próximo. Pero si el caso no responde a enfermedad, accidente o senectud, no deberíamos abandonarnos a su juego mental. Nuestra cabeza es como una monarca absolutista y entrar en el círculo vicioso de la envidia, la inseguridad y la culpa terminará por convencernos, y el siguiente paso será la rendición.

El drama individual y social que la crisis plantea es un círculo vicioso que fustiga y encadena la envidia y la inseguridad con nuestra propia autoestima. La lucha mental nos ha de servir para aprender sobre nosotros mismos y los demás. Resistir no es sólo una opción, sino el contexto contra el que no vale flaquear, porque de hacerlo y dejarse llevar, no importará que puedan cambiar las condiciones en un futuro, porque para el caso, ya estaremos vencidos.

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Colabora en Diario 16. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual y El Silencio es Miedo, así como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog: www.elpaisimaginario.com La escritura es una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda, en cuyo homenaje creó: El Chamán y los Monstruos Perfectos, disponible en Amazon. Finalista del II premio de Literatura Queer en Luhu Editorial con la Novela: El Nacimiento del Amor y la Quemazón de su Espejo, un viaje a los juegos mentales y a las raíces de un desamor que desentierra las secuelas del Abuso Sexual.

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