Queridísima y Democrática Justicia

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Queridísima y Democrática Justicia
Queridísima y Democrática Justicia

Si un desconocido, al que no te atan apegos que puedan emponzoñar tu juicio y al que ni siquiera puedes ver, te expusiera el crudo perfil de sus actos, y te inquiriera una opinión; tu veredicto, simplemente expresaría tu ética. Añadir cuerpo, facciones, ropa, raza, dinero, género u origen, podría develar el peso inefable y torcido de tus prejuicios; pero aún así, tu sentencia tendería a ser tan justa como tu ética.

Ni nombre hace falta. Basta apenas con una letra andrógina, anónima, divina, y el entendimiento de un demócrata creído de serlo y practicante; y el veredicto que la acompañare, debería ser idéntico al de un juez justo que, en nombre de la sociedad, tenga otorgado el poder de juzgarla.

Elijamos pues una letra y utilicemos la ingente cantidad de información que nos llega por los medios de comunicación para llenarla de hechos y juzgar a todos esos extraños conocidos que pueblan los medios de comunicación. Por ejemplo la “I” de Infanta, que igualmente puede servirnos para referirse a un ladrón, político, banquero, empresario, obrero, futbolista e incluso para un partido político. Pues el sistema puede usarse para valorar colectivos de personas y hasta conceptos e ideas, como la globalización. ¡Jueguen con las posibilidades, elijan un objetivo al que juzgar y obtengan sus sentencias!

Ahora recapitulen, ¿creen que los tribunales llegarían a las mismas resoluciones?

No, evidentemente no llegan a las mismas conclusiones. Especialmente en esos casos tan sensibles en los que políticos, empresarios, exbanqueros, tonadilleras, Infantas, maridos de Infantas, molt honorables expresidentes con aficiones a la lotería o a visitar Andorra y demás fauna autóctona, burlan la entrada en prisión o la sentencia firme, tras interminables años de derroteros judiciales, farragosos procesos mediáticos y programas televisivos con tertulianos estereotipados y defensores de su interesada verdad, que los juzgan y los defienden, a partes iguales; como corresponde a una imagen democrática y justa. Y sin embargo, otros no tan famosos, tardan escasos meses en enfrentar cargos de 7 años de cárcel por atentado a la autoridad y dañar a un autobús, presuntamente, tras su asistencia a una manifestación.

Claro que la Justicia funciona, sino las cárceles estarían en desuso y vacías. Sólo que al parecer importa y mucho, quién eres y las amistades que posees.

Puede que el desfase, entre la ética del pueblo llano y soberano y la real, se deba a que no tenemos toda la información, y que la que tenemos no sea correcta, e incluso aunque lo sea, al utilizarla no podamos evitar que se regurgiten los prejuicios con valores manufacturados y aprendidos a los que respondemos sin pensar. Es fácil juzgar lo ajeno, pero no aquello de lo que somos parte, y la actualidad por mucho que pretendamos alejarnos de ella, es tan nuestra como el aire. Pero en el mismo caso y subjetividad se encuentran los jueces, y no por ello dudamos de ellos, pero sí del sistema en el que se imparte justicia; y como prueba sólo basta con echar un vistazo a los hechos judiciales de los famosos.

Habrá opinantes prestigiosos que deslegitimen la capacidad del pueblo para impartir justicia, calificándolos de turba alocada, sin freno, sin mesura y fácilmente manipulable y proclive al escarnio desmesurado y vengativo; y que sus críticas y divergencia con las actuaciones de la judicatura, sólo expresan su profunda ignorancia a los procedimientos y al sentido mismo de la justicia. Mismos oradores que alababan la sabiduría del pueblo español cuando le otorgaban la mayoría al partido político que financia su periódico, para que se convirtiera en su portavoz y propaganda, torpemente camuflada.

Pero cuando durante décadas los partidos políticos han negociado entre ellos cuotas o impuesto en los órganos del poder judicial, de los tribunales superiores de justicia o en el mismo Tribunal Supremo, a jueces afines; ninguno habló de traición a los principios democráticos y a la separación de poderes que proclama la Constitución. Porque como meros garantes del poder, sólo ven y apoyan al poder establecido, esa y no otra es, ha sido y será su ética.

Curiosamente la ética del español medio, tiende a ese ideal democrático que le han inculcado y que la propia institución descuida cuando permite que miles de pequeños ahorradores sean estafados por las preferentes o que miles de familias pierdan su vivienda, y a pesar de ello sigan debiendo un dinero que los condena a la pobreza para siempre, frente a unos bancos a los que hemos salvado de la quiebra, regalándoles un dinero que seguirán debiendo nuestros hijos.

Pregúntenle a un conciudadano sobre estos casos flagrantes y ninguno se pondrá de parte de la justicia oficial, sino a favor de que devuelvan el dinero a los jubilados engañados por las preferentes y en que se paralicen los desahucios. Sólo los peleles y los enchufados a la mafia del poder en todas sus formas, tendrán la desvergüenza de clamar que hay que respetar las reglas del juego y las leyes, aunque sepan que son injustas, inhumanas y predadoras de un beneficio que abisma las diferencias sociales.

La virtud y la ética de una sociedad, se expresan en esa entelequia que abandera la democracia y que llamamos justicia, la cual debe ser el instrumento que repare las desigualdades y se aplique por igual a todos.

A nadie escapa que ese principio no sólo no se cumple, sino que no hay intención ninguna de que eso sea así. Y no sólo por la ley de tasas judiciales que rompe el principio de igualdad ante la justicia de todos los ciudadanos, sino porque los hechos lo demuestran cada día.

Todo está interrelacionado y los pilares de este sistema político están quedando al descubierto ante la ciudadanía gracias a la crisis. El muro opaco de complejidades burocráticas, actualidad, disposiciones legales y novedades noticiosas, antes valía para evitar que el ciudadano medio se detuviera a reflexionar sobre las contradicciones del sistema. Ahora no le hace falta ni eso. La tremenda disparidad entre la realidad de los hechos judiciales, sociales y económicos, indigna porque nada tiene que ver con la democrática sociedad en la que uno creía vivir. Y una vez corroborado el engaño, aunque el poder tenga el control de los medios de comunicación, nada puede hacer contra el flujo constante de una actualidad que los contradice, y que irónicamente ellos están obligados a ofrecer.

La Justicia refleja la ética y la capacidad de respuesta ante los problemas de una sociedad. Pero su indicador más importante, es cómo, a través de la percepción que de ella tienen sus ciudadanos, se puede inferir la salud de la sociedad misma. Y la conclusión, se tome el prisma que se quiera, no es nada halagüeña.

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