La Unión con lo Incognoscible, La Religión Perdida

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Hermes Trismegisto

La realidad, esa inexpugnable frontera, de la que es imposible salir con vida. Tuvo, hace mucho, vericuetos de lo que entonces eran hechos y hoy creencias, con ejecutantes que se enorgullecían de poseer la capacidad de su salida momentánea. El motivo era que aquella lejanía corporal permitía cosechar conocimiento, gracias al logro de una nueva percepción. El estudio de aquella única erudición que aglutinaba el origen de todo conocimiento, garantizaba a los pocos que llegaban a ostentar el título de Maestro, el acceso a la sabiduría y el dominio de la ciencia absoluta y exacta que rige el universo material y sus leyes; como la definiría Eliphas Levi. La magia que por milenios fue un estudio tangible y práctico, sin embargo no era el fin, sino uno de sus hallazgos. El método que lo incluía todo, tenía un propósito más elevado, y su genuina y poderosa valía parece estar refrendado por su secretismo. Ya que no podía ser baladí que el mero desliz de su susurro, se cobrara con la muerte.

Muchos fueron los estudiosos entre las generaciones del Mundo Antiguo, pero sólo unos pocos Iluminados llegaron a aquella atalaya de poder, desde la cual se puede atravesar definitivamente, el límite de la carne. En la India Buda, en Mesopotamia Zoroastro, en Grecia Pitágoras o en Oriente Medio Salomón, antes que Jesús; entre otros mucho menos conocidos y olvidados, llegaron a cruzar aquel límite. Aquella verdad mística que pregonaban los Hierofantes y Maestros, a sus iniciados y adeptos, consistía en comprehender que el Mundo no es más que una ilusión, y sólo cuando el meritorio aprehende, el velo se entreabre, revelando que el camino es arduo, pero alcanzable para una voluntad impecable.

No debe ser casualidad que el concepto se repita en los Misterios de Mitra, Isis o Eleusis, en la Kábala o en los antiquísimos libros hindús de Los Vedas. H. P. Blavatsky, abanderada de la doctrina secreta, señala en su obra Isis sin Velo, que más allá de la visión trina de la Divinidad, los muchos paralelismos demostrarían que mutan nombres e imaginería, para disfrazar con simbolismos, conceptos substanciales, sagrados y eternos que sólo están al alcance del iniciado. Pero que atendiendo a su antigüedad, igual que el concepto Maya, como ilusión, el resto de los principios sagrados, hacen de Los Vedas, la fuente primigenia de aquel sacrosanto saber que se esparció por el mundo.

Hace mucho menos, una nueva religión olvidó esos vericuetos y tomó senderos diferentes. Acicalada de símbolos prestados y vaciada de verdad simbólica y trascendente, torció definitivamente el curso de la historia de la religión, cuando acusó de herejía y persiguió a los Gnósticos. Quienes primero se toparon con la ignorancia de Ireneo frente a la sabiduría de Basílides, y la negación y ataque a los prodigios de Simón el Mago, tan ampliamente documentados en la época, para después con el Concilio de Nicea en el 325 de nuestra era, hacer tabla rasa de una tradición de siglos. Esa misma tradición que los Gnósticos intentaron unir con sincretismo, para que la usanza de la Kábala y de los Misterios, perviviera como conocimiento del contexto y raíces que explicaban el estudio y aparición del nazareno. Pero su destino no fue diferente al del resto de paganos.

La popularidad del cristianismo entre la gente humilde, contrastaba con la lejanía del paganismo por su complejidad y hermetismo. Su mensaje de amor al prójimo e igualdad, caló porque Dios había tomado la forma de uno de ellos, y por primera vez su mensaje se dirigía a los humildes y pobres, que como en la generalidad de épocas y sociedades, eran mayoría. Aquella elección democrática, si mantenemos el concepto que aún se tiene hoy en día, en pocas centurias convirtió al Emperador Constantino y al Imperio Romano, en una única fe que desde la intransigencia de su poder, persiguió y exterminó las creencias antiguas y rivales. Transfigurando aquella mayoría, en dictatorial imposición que la historia y la colonización de los siglos vendió como un progreso, y no cómo lo que fue, una pérdida irreparable de libros y sabiduría inconmensurable.

En el principio, la religión no se reducía a dogmas, teología y fe ciega en ese pálpito indemostrable, que induce al creyente a interpretar la literalidad de un libro sagrado. La etimología de la palabra proviene del significado “la unión con”, el artículo y el género quedan mejor eludidos, porque el creador no está recluido a una dualidad, por ser todo.

Por entonces, en el desdibujado borde de lo que la Historia sólo perfila como mitos, se desarrolló la primera Religión que ofrecía una verdadera unión con lo incognoscible. Como prueba irrefutable de su verdad aparece Thot, el Dios egipcio, conocido por los griegos como Hermes, el mensajero de los dioses. Un mito que entregó pruebas en formas de escritos que versaban sobre matemática, geometría, música, astrología, alquimia, muerte y divinidad. Todo el conocimiento nacía de ella, hasta acumular en 42 libros, todo el saber que atañe al hombre y al mundo. Un regalo que comenzaba hablando de un solo Dios, de un Todo de naturaleza triple. Como condición primera e ineludible para conducir al hombre a la sabiduría, porque el fin último no era otro que el regreso al comienzo, la unión con el Todo y la recuperación de nuestro carácter divino.

El personaje de Hermes Trismegisto, el tres veces grande, la fuente primigenia de la cultura hermética y esotérica, se dibuja después, con el paso de los siglos, con el elogio y lamento de los autores que lo citan por la posesión de sus libros y la pérdida definitiva de estos. Quizá en una de las destrucciones de la Biblioteca de Alejandría, quizá años más tarde durante la caída en desgracia de un Patricio romano. La verdad importa poco, porque el hecho no tiene remedio en la actualidad no quedan más que meros fragmentos, copias griegas y latinas, de lo que una vez fue una magna enciclopedia que contenía todo el conocimiento, y que de una forma u otra fue la base de la civilización Egipcia y de las diferentes escuelas de misterios del mundo pagano. Su verdad, entonces incontestable, se ha quedado en una cuestión de fe, casi en una elucubración no muy distante de la creencia en los ovnis.

La llave de la ciencia fue lanzada a los niños, como dijo Eliphas Levi, y el hombre moderno olvidó aquel conocimiento de certeza filosófica y religiosa tan infalible como las matemáticas, que conciliaba fe y razón, ciencia y creencia, autoridad y libertad, porque nació fruto de la verdadera religión, de la unión con Dios.

El mismo mito lo predijo, en un párrafo preservado y citado por Blavatsky:

“¡Ay, hijo mío! Día llegará en que los sagrados jeroglíficos parezcan ídolos, porque el mundo tomará por dioses los emblemas de la ciencia y acusará al glorioso Egipto de haber adorado monstruos infernales. Pero quienes de este modo nos calumnian adorarán a la muerte en lugar de la vida, y a la locura en vez de a la sabiduría. Abominarán del amor y de la fecundidad, llenarán sus templos de huesos de muerto que llamarán reliquias, y malograrán su juventud en soledad y llanto. Sus vírgenes preferirán ser monjas a ser esposas y se consumirán en el dolor, porque los hombres habrán profanado con menosprecio los sagrados misterios de Isis”.”

Champollion: Hermes Trismegisto, XXVII.

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El Dócil Olvido de Nuestros Otros Yo´s

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Yo´S

Encontrar un trabajo decente no es tarea fácil. Pero en su búsqueda, uno encuentra atisbos de otras realidades que pueden servirnos de advertencia. La sujeto de mi atención y análisis, estaba en la frontera que te lleva a las seis décadas, al menos en el camino. Como entrevistadora de recursos humanos de larga vinculación, como ella afirmó, de una gran empresa dedicada al mundo de servicios laborales y ETT (Empresa de Trabajo Temporal), su sonrisa de décadas de ensayo y tono melosamente falso a cada paso del proceso, a cada pregunta, a cada interjección, a cada bondad de un puesto precario de entre 20 y 30 horas, unido al único objetivo de vender; me ponía en guardia.

Resulta agradable al primer trato, si quieren, pero la sordidez que yo percibía era la consecuencia que debía repercutirle a ella misma, aquella infinita repetición del día a día. Seguramente y con un poco de suerte, sería de las pocas personas que podrían jubilarse, sin perder su trabajo. Pero más que el envidiable aspecto de la seguridad, yo me detenía horrorizado en el pago necesario.

Vender, vender y vender de una forma o de otra, implican la mayoría de ofertas de trabajo que encuentro. Todo muy inocuo si de sobrevivir se trata, o eso nos parece. ¿Quién trabaja en lo que le gusta o en algo que le hace sentirse realizado? Y si no es así, ¿qué consecuencia nos acarrea si nos dejamos arrastrar por esa cotidianeidad durante nuestros mejores años? Como leen, la sombra de esa entrevistadora, me persiguió por días, y me forzó a seguir desmadejando.

La acción física conlleva consecuencias mentales, queramos o no, hacer nos modela; lo que no siempre ocurre en la dirección opuesta. El mundo se crea en la mente y los devenires de ésta conforman lo que somos, pero corto porcentaje de la actividad mental se hace visible, aunque su desarrollo sordo y oculto, sin duda nos transforma. En cierta manera somos la amalgama de lo que somos y pensamos. Pero hacer conlleva en muchas ocasiones que lo exterior nos configure, conformando en nosotros un yo que nace de la pura acción, porque en el sentido más práctico, somos lo que hacemos.

El cúmulo de circunstancias que nos impele a adoptar un rol, termina moldeándonos. La rutina y su aceptación no hacen más que adoptar nuestra piel y nublarnos el recuerdo de las intenciones de nuestros antiguos yos, con sus virtudes y defectos. No por nada somos lo que hacemos, y de tanto jugar al mismo juego, terminamos siendo la gesticulación de sus valores, a pesar de nosotros mismos.

Las matemáticas son primas hermanas de los hechos, ambas en su cómputo final, nunca mienten. Así que si nos fijamos en proporción y tiempo, entenderemos que en términos sociales somos nuestro trabajo. Circunstancia que en una situación ideal implicaría que las personas se desarrollan y expresan en una actividad que las identifica, pero y si la correlación social no sólo no cuadra, sino que nos fuerza a adoptar funciones que se alejan de lo que queremos ser y en muchos casos nos sitúan en el polo opuesto. Todo por la simple necesidad de sobrevivir de manera temporal, aunque finalmente ésta se transforme en nuestra única y permanente actividad. ¿Qué será de ese yo que no se expresa?

Muchos dijeron, y algunos otros más tarde dirán, que nuestra vida nos expresa; yo me atrevo a añadir que en ese caso, la muerte como metáfora, lo certificaría. Seguramente, el laberinto de nuestro devenir destilara en su último verso, todo aquello que fuimos. No dudo de su verdad mística, pero en la esfera terrenal, estoy seguro de su imposible certeza. Quizá así ocurra en el plano práctico y en la relevancia o recuerdo que en la vida de los otros deje nuestro paso; pero aceptarlo sería negar nuestra poliédrica naturaleza.

El valor de una vida se convierte en un mensaje plano, unívoco, a comparación de sus múltiples y desconocidos pliegues. Se nos olvida, que la teatralidad de los hechos también oculta el sentimiento de lo que no pudimos ser. La vulgaridad se escenifica en que sólo aquellos que nos conocieron y sobrevivieron, podrán certificar su verdad, la nuestra no. Los protagonistas, siempre creemos tener tiempo para expresar mucho más, y los hechos terminan contradiciéndonos. Pero no por ello lo que no se hizo, dejó de ser parte intangible de nuestra existencia, al menos en nuestra cabeza.

Es por ello que ese indiscutible y científico total de una persona, nos es tan ajeno como lo exterior permite serlo a un testigo. Atestiguar no es ser, y una vida no es sólo aquella escenificación que el otro percibe. El don de la totalidad implica dos puntos de vista que la subjetiva u objetiva, por sí misma no puede completar, porque por más que queramos sólo somos uno.

Nadie suma y resta el bagaje de lo que pudimos ser, fuimos y somos, salvo el propio protagonista; pero ni de él debemos fiarnos. Vivir nos fuerza al sobreseimiento de sucesos y recuerdos, porque todas las personas que hemos sido, no se pueden escenificar a cada paso. Como mucho, sabremos representar lo que creemos ser ahora mismo. Por ello el ayer termina siendo olvido y el presente el único yo. Y merced a nuestra incapacidad para aglutinar y recordar todo lo que hemos sido, terminamos siendo aquello que nos acostumbramos a ser.

La sociedad no es la suma de las voluntades, sino de las acciones, y en la maraña de la realidad se tuercen las intenciones del individuo. Cuando no puedes ser tú, terminas siendo aquello que te has acostumbrado a ser, el peso de la inercia nos puede. Supongo que la lucha, con sus máscaras y contextos, siempre ha existido, y que el resultado yace más en las manos de las circunstancias que en el de nuestra propia cabezonería.

Pero quizá, también la testarudez sea un signo de independencia, de libertad y un amaneramiento inequívoco de que parte de lo que fuimos y pensamos ser, aún lucha por salir de la esfera mental y expresarse. Mientras persista el tic, la inercia de la rutina y lo externo aún no se habrá hecho con nosotros. La esperanza de ser nosotros mismos a pesar del trabajo y las necesidades de supervivencia, subsistirán y esos múltiples yos que la sociedad acalla, podrán expresarse y ser. Antes de que nuestro propio tiempo los silencie y los condene al olvido, de aquello que nunca pudimos ser.

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Las Dos Españas y La Repetición de Elecciones

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Elecciones Generales

Un país es un ente vivo, aunque para su concepción y tratamiento nos agarremos al estereotipo de considerarlo un todo inamovible. Es más fácil lidiar con una personalidad elucubrada, idealizada y compartida, que con los millones de seres humanos que la conforman; fue el uso de esa pertenencia, como estrategia, lo que inauguró el arte de la política.

Es una obviedad, pero cada día mueren y nacen, residen y emigran, un incontable número de personas. Un país, como todo en esta vida, evoluciona y se transmuta con más rapidez que la reflejada por las instituciones y de lo que sus políticos están dispuestos a admitir. Cuando se agarran a que los españoles ya nos dimos una constitución y la votamos, no demuestran más que su poco apego al estricto espíritu democrático y su renuencia al cambio. Si tú ya estás en el poder, una transformación profunda, aunque sea requerida, puede dejarte fuera.

Esa mutación sorda, continua y múltiple es reducida por la Historia a periodos, épocas, e incluso décadas de especial relevancia. Cual si pudiera esbozarse una instantánea que enmarcara el confluir de todas las mujeres y hombres que en él habitan. Pero no es la gente a quien enfoca la historia, sino a la élite. Quizá también porque hasta ahora no hubo tanto estudio e información sobre el ciudadano medio, y de esas profundidades se enriquecerán las crónicas que de nuestro tiempo, se harán algún día.

Vivir es no tener conciencia de ese cambio común. Solo en las crisis, cuando se hace evidente el desfase entre las instituciones y la comunidad a la que dice representar, la ciudadanía alcanza a balbucear una incertidumbre sin sintaxis. La ignorancia de las múltiples variables que los han llevado a malvivir no puede esconder sus efectos, aunque estos sean maquillados por los gobernantes. Aplacar su propagación, no supone para un político, más que resucitar la idea de país. Como un gesto aprendido, de quien sabe que el pueblo no tardará en enarbolar instintos preconcebidos de lo que somos y debemos representar, haciéndonos creer que en su respuesta está la solución. Aunque eso suponga imponer nuestra ideología y criterio, a esos otros que no piensan como nosotros. Y por el camino, se nos olvida, que el objetivo final de la democracia, es gobernar para todos. Pero las crónicas políticas dan testimonio de que las minorías siempre terminaron saliendo del cuento, las más felices de las veces retratadas por el historiador, en un apéndice tardío donde desdeña la falta de fuentes y lamenta su pérdida. Pero no siempre se es mayoría.

El equilibrio de fuerzas, sin embargo, genera fricción cuando el poder establecido ve surgir en poco tiempo un contrapeso a su, hasta entonces, indiscutido papel y control. El atuendo de la desigualdad cimenta y ensancha la fractura social, y el alejamiento de las clases dirigentes no hará más que escenificar el cambio generacional y de valores de una ciudadanía, que en una importante proporción ya no se reconoce en las instituciones. Pero es que además, en la situación española actual, parte del pueblo se siente ninguneado y maltratado, cargando sobre sus hombros con sacrificios y penurias que sólo al don nadie corresponden. Cuestionar su razón igualándola a peligro para la democracia y negando la bondad de sus dirigentes, expresa no sólo el burdo intento de desviar la atención de las raíces de la situación, sino el desprecio a una franja de población y el miedo a que los tiempos, para la política tradicional, estén cambiando.

Las Dos Españas, esas que firmaron el armisticio de la Transición y que a ojos de la historia se unificaron entonces, sólo cerraron un capítulo. Adormecidas y latentes, reverdecen sus antagonismos con nuevos protagonistas y proyectos, viejas herencias y un nuevo abismo de desigualdad, que fue auspiciado por Europa y presentado por los partidos tradicionales, como camino obligado, único y clave para que el Sistema prevalezca. Lo que sin duda explica, la voraz campaña hacia Podemos de los medios de comunicación de los dos bandos bipartidistas, porque ellos sí plantean cambios en las instituciones para que el ciudadano sea el centro de la política y deje de serlo como hasta ahora el poder financiero. Otra cosa es que, una vez en el poder, cumplan sus promesas y su gestión la avalen los electores.

Mientras la incógnita se revele, lo cierto y probado en estos ocho años de crisis es que la brecha social se agudiza, y mientras las grandes fortunas aumentan sus beneficios, otros enfrentan la supervivencia o la inevitable pobreza. Las alturas del poder vuelven a mostrarse agrias y sorprendidas de que sus arreglos corruptos se aireen. Pero más les incomoda que se ponga en entredicho un sistema que ha privatizado lo público para enriquecer a los grandes poderes económicos y que ha estatalizado las pérdidas del sector financiero, con rescates, recortes y pérdida de derechos laborales, sociales  y sanitarios. Todas esas justificaciones, mientras la crisis no las subsane y enderece, y al parecer de muchos economistas tomará décadas, irán dando razones y seguidores a esa nueva España pobre.

Esa es la verdadera amenaza, aún no son mayoría, pero esa irrupción de una nueva política que pone en entredicho la dirección económica y social que el poder ha tomado,  cuando los damnificados por venir van a ser muchos más, asusta a un régimen que parecía inamovible y asentado. Muchos no votaron la Constitución del 78, y entienden que el Sistema deber ser cuestionado. Su razón, que no funciona como debía, y sus pruebas, la imparable desigualdad y pérdida de calidad de vida del ciudadano medio.

Por ello no ha habido acuerdo tras las últimas Elecciones Generales, porque el Bipartidismo mide sus pasos con incertidumbre. Aún así los partidos tradicionales son mayoría en España, como se ha demostrado en las últimas elecciones andaluzas donde entre PP y PSOE sumaron más del 60% de los votos, o en las generales de Diciembre de 2015, donde consiguieron el 50% de las papeletas. Ambos crearon el sistema y lo guiaron con sus políticas. El colapso a la hora de formar gobierno, por el contrario, ha escenificado más que un equilibrio que no existe, una duda. Sobre todo por parte de la izquierda tradicional, que dejó de ser socialista en el mero instante que llegó al poder, pero que ahora comprende que un electorado nuevo y parte del viejo, no lo vota sólo por el nombre. La corrupción del PP y sus supuestos roles antagónicos, los encaminaron a elegir a la nueva derecha. No es casual que en los artificios negociadores no buscaran un acuerdo con la nueva izquierda, sino simplemente su abstención. Comparten el temor con el otro gran partido, no sólo por el presente, sino por las futuras elecciones y por la entrada en el ejecutivo de nuevas y reformistas visiones de lo que debe ser una democracia, porque un mal paso puede acarrearles para el futuro inmediato un papel secundario.

La Derecha, por su parte no tiene ese temor, los aplazamientos juegan a favor de que la necesidad de un gobierno los sitúe de nuevo en el Ejecutivo. Si algo teme es que la formulación de un nuevo sistema democrático presuponga el cuestionamiento y las bases del antiguo. Ahí, es indicativo que la derecha tradicional, y la no tan nueva, se pongan a la defensiva y les moleste todo intento de erradicar los símbolos del Franquismo, investigar sus crímenes o desenterrar a los desaparecidos. Como si por reconocer aquellas deudas pendientes, admitieran su verdadero origen, y no sólo político, sino sobre todo económico.

Los tiempos, como decía la canción de Dylan, sin duda están cambiando. La parálisis de la formación de un gobierno no obedece a una correlación equilibrada de fuerzas, sino a las dudas del Bipartidismo por el camino a tomar, porque temen que en unos años la nueva España de la crisis pueda abrazar un camino reformista donde ellos no sean los seguros protagonistas. Hasta que eso pueda o no ocurrir, las nuevas elecciones, sean cuales sean los resultados, darán lugar a un acuerdo amplio basado en los partidos tradicionales. Otra cosa es que tengan el alcance de miras de gobernar para todos. La nueva izquierda será excluida, pero quizá la jugada no sea más que el último y definitivo impulso que necesita el electorado, para que dentro de cuatro años, la nueva España y una nueva política, puedan comenzar otra Transición.

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Y si los Cristianos con Poder sufrieran ataques de Ética…

publicado en: Noticias Imaginarias | 4
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Merkel-Cristiana

La Epidemia Cristiana, como algunos la han llamado, continúa cobrándose nuevas víctimas. La mañana del pasado lunes a las 6:30 am, la canciller alemana Angela Merkel se madrugaba ansiosa de prensa y de medios de comunicación. En escasa media hora, convocó a los medios internacionales para anunciar que su conciencia cristiana la reconcomía desde hacía meses. Afirmó que no pasaba ni una sola de sus noches, sin que sintiera la voz de Jesucristo recriminándola y susurrándole que debía hacer algo.

El drama de los refugiados en las fronteras de Europa, afirmó, y en especial el acuerdo alcanzado por la Unión Europea para expulsarlos de Grecia a Turquía, era un error herético, y que como máxima mandataria del antiguo continente y bajo su ética cristiana y evangélica, había convocado, ese mismo día, al resto de los dirigentes europeos para enmendar la situación con urgencia.

Y terminó la comparecencia apuntando: “Sé que no soy la primera, y que la manipulación mediática ha tildado estos prontos de epidemia psiquiátrica colectiva… pero rememorando mis palabras de octubre de 2015: Me gustaría ver a más gente tener el valor de decir: Yo soy cristiano, y actuar como tal”.

Esa puntualización final se refería a una entrevista publicada por el Süddeutsche Zeitung, el 5 octubre de 2015, en las que decía: “La fe y la religión son la base sobre la que yo y muchos otros contemplamos la sagrada dignidad del ser humano. Nos vemos como la creación de Dios, y eso guía nuestras acciones políticas”. (…) La fe en Dios me facilita muchas decisiones políticas”

Desde entonces, sin embargo, no ha habido ninguna otra aparición pública, como si los poderes fácticos la hubieran ocultado, repitiendo el caso de otros dirigentes políticos del viejo continente que sufrieron idéntico arranque religioso en los días posteriores o anteriores, como Aznar, Christine Lagarde, François Hollande o David Cameron, y que no han vuelto a ser vistos.

Su ejemplo se suma a las crisis de conciencia y ética repentina que ha lanzado a muchos famosos a la urgencia de reclamar los valores cristianos de amor al prójimo, por encima de todo aspecto moral y social convencional cristiano, aduciendo que por siglos se ha usado como coartada para no ejercer una verdadera lucha a la desigualdad. Como si la enigmática epidemia, descalificada por la Organización Mundial de la Salud por falta de fundamento científico, y propagada por las Redes Sociales, se hubiera convertido en un fenómeno psiquiátrico paranoico y global, a pesar de no existir una razón lógica para su surgimiento y desarrollo.

Pero no todos los casos son iguales, muchos han experimentado un recorrido de ida y vuelta como en el caso de Vargas Llosa, que tras anunciar que se iba de voluntario a Lesbos y donaba sus riquezas, no tardó más de una semana en entrar en razón y confesar que no sabía qué le había enajenado, y que solo quería recuperar el patrimonio que había entregado y retomar su vida.

Otros, como el protagonizado entre los multimillonarios por Bill Gates, que donó el 90 % de su fortuna para la lucha contra la pobreza, hace unas semanas y que no ha cambiado de opinión, parecen haber creado una tendencia que algunos expertos internacionales califican como acciones que nada tienen que ver con esta extraña epidemia, en principio, aunque algunos lo dudan. Es el ejemplo de la plana mayor del Partido Conservador español, PP, que ha empezado a reclamar sueldos justos para los millones de trabajadores y parados españoles.

Pero por supuesto es en la Iglesia Católica, donde la opinión pública y la prensa han puesto el punto de mira. En ella más de una treintena de obispos han comenzado a vender el patrimonio de sus diócesis y a donar sus ahorros, para que la desigualdad del mundo desaparezca y la justicia del reino de Dios se implante en la Tierra. Incluso el mismo Papa Francisco, ha afirmado que quiere proponer que el inmenso patrimonio de la Iglesia Católica, una de las instituciones más ricas a nivel mundial, se encamine únicamente a la ayuda al prójimo, aunque eso signifique vender obras de arte y templos, siempre que su acceso al público en general, siga siendo libre.

Aunque claro, han tenido mucha repercusión las declaraciones de un centenar de prelados que han firmado un documento público en el que dicen que todo la epidemia, no es más que un ataque de la extrema izquierda y de los antisistema, quienes estarían suministrando una droga desconocida a destacadas personalidades, con la ayuda de Rusia, para destruir los recursos y el patrimonio de la Madre Iglesia Católica y así poder implantar una nueva y retorcida moral.

Al terminal la lectura, el Cardenal estadounidense Raymond Burke que se encuentra entre los firmantes, sufría un ataque repentino y acusaba a los signatarios de desoír el mensaje de Jesucristo, para luego prorrumpir en gritos de arrepentimiento y alabanzas de amor al prójimo y rechazo del demonio y su ídolo el dinero. Pronto la seguridad lo acalló.

Como al gran grueso de los afectados, no se ha vuelto a saber de él. Sin duda la extraña epidemia va más allá de la mera sugestión. No por nada las autoridades mundiales esperan nuevos casos y seguirán, dicen, poniendo en cuarentena a los afectados.

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Y si los Alienígenas llegaran el Día del Orgullo…

publicado en: What If... | 1
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What If - Extraterrestres

El día que cambió la Historia, como fue bautizado en las redes sociales el viernes pasado, cuando, durante la celebración del día del Orgullo Gay en diferentes ciudades del Globo y a diferentes franjas horarias, decenas de ovnis aterrizaban en plena calle y en algunos tejados de los edificios más altos e iban descendiendo seres azules, grises o reptilianos, haciendo alharacas y gestos que denotaban que sabían que las cámaras de medio mundo los estaban grabando, y que además el hecho parecía agradarles.

Después, como si fuera un plan colectivo y acordado, cada raza extraterrestre, ante el silencio y estupor que fue causando su presencia, rompió el hielo poniendo extrañas y cautivantes melodías, para a continuación cada una de ellas ejecutar, lo que la mayoría de analistas coincidió en describir como un primitivo baile ceremonial, entrelazado a pesar de su diversidad, y amigable en su homogénea expresión. Quizá su embrujo pueda explicar que los ataques al corazón de la audiencia, fueran menos de la mitad de los previstos por los expertos, y que en lugar de histeria o alegría, la muchedumbre que los atestiguaba se quedaran petrificados y sin capacidad de reaccionar.

Antes de irse, comenzaron a operar aparatos tecnológicos desconocidos y extravagantes, dejando algunos de ellos en su rápida partida, como si diseminaran los elementos de un puzle-regalo dejado para que la humanidad pudiera descubrir y utilizar una verdad trascendente. Pero eso sí, marchándose antes de que el público osara acercarse demasiado y pudiera tan si quiera abordarlos.

Han pasado ya treinta y tres días, y la Opinión pública ha desgranado centenares de teorías. Primero el shock pareció cambiarlo todo y provocar todo tipo de estampidas alarmistas y liberadoras, pero la vehemencia con la que se pronosticaban unos y otros, ha quedado ensombrecida por la ausencia de noticias sobre el origen y razón de aquellos seres extraños. Pero sus efectos parece que no han sido del todo en vano, ya que una gran parte de la humanidad parece haber cambiado sus prioridades, unidos por una exponencial demanda social nueva, pidiendo un nuevo sistema social, antes de que los alienígenas retornen.

Para muchos porque cuando lo hagan será para castigarnos por cargarnos este planeta, o en su defecto conquistarnos por todos los medios imaginables. Para otros, simplemente, el mayor hito de la humanidad, se truncó por llegar en mitad de una expresión que los desagradó, como a cualquier persona decente, y que su falta de noticias se puede interpretar como un agravio y que no volverán, porque habrán creído que la humanidad es homosexual, y eso a ojos de los aliens, tampoco está bien.

Lo único cierto, hasta que decidan volver a aparecer, es que los científicos de todo el mundo no logran descifrar la tecnología ni la razón de los objetos dejados atrás como presente, y que la única teoría que parece unirlos, es aquella que hace hincapié en que el color de los objetos, su disposición geográfica, y el encaje de sus piezas, formaría un inequívoco arcoíris, como si por ahora, sólo hubieran venido para reconocer un derecho, y disfrutar de la fiesta. Quizá las dudas se disipen el año próximo, cuando muchos vaticinan que volverán en idéntica fecha, y entonces, resolverán nuestras dudas.

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Y si se combatiera la Homofobia con Imaginación…

publicado en: What If... | 0
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What If III - Homofobia

El éxito de una sentencia judicial insólita y novedosa, tras el juicio y condena de un homófobo islandés que agredió a una pareja de lesbianas por mostrar su afecto en público, fue el comienzo de un gran debate dentro del país, que terminó cristalizando en ley; lo que ha provocado una gran discusión a nivel mundial, y la movilización de amplios sectores sociales en medio mundo, para hacer que la medida se copie y adapte a las circunstancias culturales y legislativas del resto de países.

El condenado, un ultra religioso y conocido activista del partido conservador, tuvo que afrontar el pago de la indemnización de una peculiar manera. Se vio obligado a trabajar en un bar de ambiente, propiedad de las agredidas, en principio como camarero por cinco meses, hasta alcanzar así la cantidad impuesta como compensación. Las voces críticas y los poderosos medios de comunicación conservadores crearon una gran campaña para denunciar la desproporción e inconstitucionalidad de la sanción, pero lo sorprendente fue que al cabo de sólo cuatro semanas, el propio condenado desautorizó a sus correligionarios y afirmó, no sólo que el castigo le parecía justo, sino que además estaba comenzando a comprender la gravedad de su injustificada homofobia, así como la bondad de su penitencia.

Aquel cambio súbito que en principio se creyó mera pose de intenciones aviesas y motivos ocultos, se mantuvo esquivo en los meses siguientes. Su silencio se acabó justo con el anuncio de la organización de una fiesta pública, para dar, tras su último día de trabajo forzado, justo en el lugar que por cinco meses había sido su trabajo, su sincera opinión de esa aleccionadora experiencia. Ante decenas de medios de comunicación desplazados, que oían su voz en off y sólo veían un foco en un escenario vacío, oyeron unas palabras en las que el condenado afirmaba sentirse curado, agradecido y encantado de haber formado parte de una comunidad a la que desconocía y a la que desde entonces juraba pertenecer, apoyar y defender; apareciendo entonces, y como desde entonces sería conocido, encarnando a la ya célebre en toda Islandia, Drag Queen: Lady Paranoia, y encabezando una cruzada anti homofobia, que sigue meses después.

La ley a la que dio lugar, en la búsqueda de hacer del castigo una enseñanza, a las diferentes muestras de homofobia las direcciona a talleres dentro de la comunidad LGBT, visionado de documentales, ciclos de Pasolini, Almodóvar o Fassbinder, acompañamiento a transgéneros durante todo el proceso de reasignación de sexo, trabajos en asociaciones culturales y asistencia a conferencias sobre las razones y las consecuencias  psicológicas y sociales de la homofobia. Además de estas “penas”, sólo sufrirían cárcel, aquellos sujetos, cuya violencia pusiera en gravedad la salud de alguna víctima.

El debate acalorado que ha generado, sigue siendo tildado por los medios conservadores como puro y simple marketing, y acusan al exhomófobo islandés, Lady Paranoia, de ser un farsante que se hizo pasar por decente y derechista, sólo para hacerse famoso y ganar notoriedad a costa de su amiguito el juez y que todo estaba planeado de antemano. El resto de medios socialdemócratas, no se atreven a pronunciarse, y piden tiempo a la medida. Sus resultados y el tiempo, dirán si fue efectiva.

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La Madame y La Forajida

publicado en: Relatos y Literatura | 2
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Una de Western

Madame Rose Garden supo, como todo el pueblo, que el misterioso inquilino que había llegado un día antes a su hotel de señoritas era el forajido Hope Eye Killer, pero en contra de la opinión mayoritaria y de su habitual proceder, no lo invitó a largarse con su pequeño colt y una sonrisa. La pública recompensa y la noticia de que medio estado de Texas hervía en cuadrillas que perseguían su captura, no la inquietó como de costumbre. Sabía que su permanencia, ya alargada por una semana, significaría problemas y muerte para la relativamente tranquila localidad; pero no le importaba. Quizá porque su próspero negocio, levantado veinte años atrás y que ostentaba a las chicas más alegres y conocidas del medio oeste, iba a dejar de serlo. Había firmado su venta y la llegada del pagaré, prevista para esa misma mañana, iba a significar su despedida y dorada jubilación camino del Este, donde una vida respetable y acomodada la esperaba en Boston, misma sociedad que décadas atrás la había forzado a huir por el escándalo y la vergüenza.

Sin embargo, si había desoído las amenazas de los portavoces del pueblo, el sheriff y el ministro evangélico, era por una simpatía que aún no sabía calibrar. No al menos con razones objetivas y sólidas, sino por una identificación que cuanto más se afianzaba, menos sentido parecía tener. Siempre desconfió de los rudos pistoleros que tras pagar generosamente sus servicios de hospedería, declinaban la compañía de sus señoritas. Porque ya fuera casualidad o no, tras aquel puritanismo cristiano, llegaba indefectiblemente el tumulto, la horca y la amenaza de clausura para su libertino negocio.

En el caso de aquel indio Hopi occidentalizado con fama de implacable, traicionero y cruel, la negativa de aceptar favores sexuales de sus chicas le había granjeado su simpatía, porque algo en su andar andrógino y en la pesadumbre de su mirada, cada vez que se alejaba del pueblo para otear el horizonte, le traía a la memoria su adolescente embarazo y el derrumbe emocional y fugitivo drama que lo siguió. Tal vez porque cuando salió el tema de la maternidad de una de las chicas, un atisbo de dolor centelleó en la mirada del nativo americano, justo antes de sacar del local al cliente que había despreciado a los bastardos y a sus madres.

Aquel amanecer como en las mañanas precedentes, la figura del temido hospedado, perfilada frente a la luz naciente, tuvo a la Madame de testigo. Pero esta vez en su silueta vislumbró una feminidad acentuada por sus cartucheras, la melena y los juguetones trazos que el viento dibujaba con su abrigo. Por primera vez y desde ese instante sintió, que por extraño que pareciera, aquel pistolero había sido en otro tiempo una madre adolescente que cargaba, como ella, con el insoportable peso de la pérdida de un hijo. Su intuición nunca le había fallado, y a pesar de la imposibilidad, ahora le cuadraba aquella familiaridad y reconocía en su andar andrógino a aquel joven mestizo que meses atrás guiaba al ejército en la caza de pieles rojas y que le despertó el más profundo desprecio.

Hope Eye Killer, subió como cada mañana a la colina que a la espalda de la ciudad permitía la mejor de las vigilancias, y las señales que anhelaba y temía al fin aparecieron. Tal y como había soñado, bajo un carmesí manto de nubes, en la lejanía se adivinaba un grupo de jinetes. El polvo en el horizonte, creciente, ominoso y silencioso, confirma que en una hora todo habrá terminado. Los rostros de sus pesadillas vuelven con un escalofrío y la trémula certidumbre de que entre ellos estará aquel que le dará muerte, aquel cuyas facciones no sólo se sabe de memoria, sino que además de alguna forma le pertenecen.

Podría haber huido, podría hacerlo aún. Los caballos de sus perseguidores estarán exhaustos y el suyo, fresco y descansado, le daría la ventaja suficiente como para aplazar un momento más el fin. Pero eso no es lo que quiere. Se ha cansado de huir, han sido nueve semanas sin tregua, pero ellas no son las culpables. Parece que toda una vida de consecuencias persigue su culpa, y a su edad, la fatiga de las décadas, se ha cansado de eludir la afrenta de sus hechos. Sobre todo porque la luz imposible de sus ensoñaciones no termina con su muerte, tras dejarse matar por aquel joven que remeda sus rasgos, una paz infinita la arropa y conducida por un Kachina, la vida que le fue arrebatada se despliega y vuelve a ser aquella india andrógina. Sólo que esta vez no hay hombre blanco que aniquile su poblado, ni culpa por llevar en su vientre la semilla de los asesinos de su gente, ni abandono de aquel bastardo para camuflarse, con ayuda de sus rasgos bruscos y exacerbados, en la imagen de la huida que lleva veinte años interpretando.

La fatiga de los muertos dejados en el camino, ya no turba con sus caras; su número curiosamente sí. Se obsesiona con su significado, no con su total. Han sido demasiados y el Kachina, aunque lo ha soñado y lo desea, no será clemente con su alma. Cómo va a serlo, si para sobrevivir ha sido, por más de veinte años, uno de esos mismos monstruos que acabó con su gente. Aunque la venganza diera fuerzas y los cadáveres que dejó en el camino fueran en su mayoría invasores blanquitos y depravados, siente que ha dado un mal uso a su existencia; y esa certidumbre corroe como el peor de los castigos. El fin, ante semejante cascada de recriminaciones, se sigue antojando como el mejor de los caminos. La condena eterna del hombre blanco no tiene ningún sentido para sus creencias hopi, no duda de que habrá sufrimiento en su próxima vida, pero al menos tendrá la paz de poder olvidarse de aquella en la que ahora vive.

No muestra prisa ni ansiedad, al entrar en el local de Madame Rose para recoger sus cosas. Ya lo tenía planeado, pero no encontrarla al saldar su deuda, le causa desazón. Sólo habían mantenido una plática, pero su entereza y determinación en darle hospedaje le había suscitado una simpatía que quería recompensar. Su oro, que alguna vez pensó que iba a usar para vivir sus últimos años, iba a ser su regalo para aquella mujer que aún tenía el coraje de cumplir un sueño, y que aunque fuera simplemente por cortesía, había invitado a aquel forajido, que llevaba décadas representando, a acompañarla en su viaje.

Esperó mientras pudo, su llegada. Después escribió una nota desgarbada y dejó una caja con instrucciones a su nombre.

La calle polvorienta y abrasada por el sol, estaba ya solitaria. Las noticias se propagan rápido gracias a esos cables de los hombres blancos, y medio pueblo ha huido para no ser blanco de una bala fortuita y sedienta de sangre.

Debería apostarse en algún tejado, pero no busca la supervivencia, sino fingir una actitud heroica. Antes del sonido, viene un torbellino de aire viciado y espeso que levanta bruma de arena, tras ella se cuela el primer pistolero. Una vez confirmados sus rasgos, dispara y lo mata atravesando su ojo izquierdo. A continuación, un trío de jinetes a sus espaldas dispara una andanada, mientras descienden y se resguardan para tomar posición y seguir su ataque, en búsqueda de cobijo consiguen herir su hombro, pero no lo suficiente como para que no pueda blandir su winchester.

Una vez inspeccionados los rostros, y por no pertenecer a quien espera, van cayendo uno tras otro, como si fueran un mero trámite necesario para que aparezca la mestiza faz de sus sueños. Dos muertos más y una media hora interminable hacen falta para que lo vea, o eso cree. Lo acompañan dos figuras más, y a su escondrijo se abalanza, a trompicones y sin dejar de clavar sus ojos en aquel rostro, disparando a su entorno para conseguir que quede solo él y tenga que aceptar su reto.

Cuando los revólveres a sus extremos se silencian, sabe que ha llegado el momento. Y lo ejecuta tal y cómo lo soñó tantas veces.

  • ¡Aquí estoy, un duelo limpio, solos tú y yo!

Hope Eye Killer dirige la parsimonia de sus últimos pasos al centro de la calle. El otro, aunque se demora más de un minuto, no deja de hacer lo mismo. La corta distancia permite el reconocimiento. No le sorprende que sus rasgos coincidan con el rostro de sus sueños, sí que en ellos reconozca su pasado y sus propias facciones, y que al hacerlo sienta un vahído de dolor. Piensa, si tiene que morir, que al menos sea en manos de quien puede ser su hijo.

Los años de vigilancia y su mirada periférica, alcanzan a ver a Madame Rose apostada en la ventana, con un rifle. Intuye que va a disparar, que pretende salvarla, pero no puede permitirlo. La rapidez con la que desenfunda le permite acertar en el rifle, la bala de respuesta del otro duelista, acierta en su pecho.

En su caída cree ver al espíritu del Kachina, que ya la espera. Por primera vez en años, siente que es feliz. Después, con el rostro de un hijo ideal difuminándose, pide a los espíritus de sus antepasados por él, y que a ella le permitan ver a sus seres queridos antes de enfrentar el castigo de una próxima vida.

Curiosamente su último pensamiento va dirigido a Madame Rose: “No, no me había equivocado con ella. A pesar de ser una piel blanca, tiene buen espíritu.”

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Y si el Fútbol fuera una práctica exclusivamente Gay…

publicado en: What If... | 1
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What If 2016

Muchos siguen afirmando que el minoritario deporte del Fútbol habría llegado a ser un deporte de masas, en nuestra era globalizada, si la tradición y su práctica no hubieran estado marcadas por la connotación homosexual que lo ha acompañado hasta el día de hoy. Quizá su auge y propagación en nuestros días, siendo practicado por colectivos no necesariamente vinculados con la comunidad LGBT y que en muchos casos se expresa en partidos integrados solo por individuos de tendencias claramente heterosexuales, se deba al cambio aperturista y social que el hecho diferenciador de la identidad sexual ha ido tomando en las últimas décadas y en gran parte del mundo. Tal vez, como algunos afirman, sea simplemente que se han dejado a un lado los prejuicios y su juego desinhibe y divierte, o puede que su expresión sea una aceptación implícita de que esa parte del macho, que era tabú, ya se puede aceptar sin generar desprecio, ni escándalos innecesarios y vacuos.

Sus inicios, hace ya algo más de un siglo atrás, están asociados con las detenciones policiales y la repercusión que en la prensa de la época tuvo el escándalo de esos primeros juegos, que protagonizaron un equipo de gays y lesbianas en Brighton, Inglaterra, y que según los agraviados reporteros de la época, incitaba al pecado y a la ignominia sexual, mostrando cuerpos semidesnudos para una mujer y excesivo maquillaje en los hombres, cuya excusa del gol y el balón, sólo era una descarada estratagema para exhibir una condición sexual y atraer a la engañada juventud a tan depravadas prácticas. Y es que esos primeros partidos, terminaban entre fricciones, patadas, lloros y tirones de pelo, en efusivas muestras de afecto cuando alguno de los equipos conseguía el gol, dándose palmaditas en los culos y besos inapropiados que no tardaron en prender la indignación pública.

Su prohibición no evitó que su hábito prendiese y se difundiese, no sólo en reuniones clandestinas y a la salida de los clubs nocturnos de Gran Bretaña, sino que en otras partes de Europa y América, se fue popularizando como lucha y símbolo del colectivo para que en sus campeonatos improvisados, que solían acabar denunciados y perseguidos, se convirtieran en el mejor camino para la visibilidad, el debate y la reivindicación.

El punto de inflexión lo marcó aquella película-documental que Fassbinder rodó a finales de los 70, en el que no sólo se recogía el juego y las muestras de cariño entre los jugadores, sino el post-partido y las eróticas imágenes del vestuario con lloriqueos emocionados y acicalamientos, tras la primera victoria de un equipo de Drags sobre las lesbianas de la Selva Negra y la consecución de la prohibida Eurocopa homosexual, que por primera vez en décadas, se celebraba sin detenciones policiales.

Aunque quizá la imagen que la mayoría del público recuerda es el interminable beso que tras la transformación de un penalti que significaba la victoria, se dieron Reymar y Cristinhio, tras la aprobación del matrimonio gay en la primera final televisada de la liga LGBT española, en el Estadio Pedro Almodóvar de Albacete, del año 2005.

El fútbol, ahora se empieza a tomar como un deporte sin identidades sexuales, y las nuevas generaciones, parecen haberlo abrazado sin prejuicios, quizá por ello las primeras federaciones heterosexuales y las prácticas entre grupos de escolares, lleguen a hacer de éste, un deporte de masas. Aunque su origen y su significado, siga levantando oposiciones y descalificaciones entre una gran parte de la sociedad conservadora, esa que sigue criticando que su estética sigue siendo, demasiado gay.

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La Imaginada Distopía que Fue y Será

publicado en: Relatos y Literatura | 6
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Distopía

Cuentan que un día, hace mucho, mucho tiempo, un sabio vislumbró que la vida no es más que un círculo eterno. Una reiteración infinita de elementos, que terminan por encontrarse. Donde el fin se entrelaza disfrazado, de principio, y donde el tiempo justifica su naturaleza, al develar su querencia innata por el remedo.

Dice la verdad hermética que: el espíritu de aquello que fue, será. Y disuelto entre las grandes preguntas sin respuesta que habían fascinado a la humanidad, la encrucijada que iluminó aquel hallazgo se repitió de nuevo, y con ella, aunque la cara, el cuerpo, la lengua y cultura hubieran mudado de aspecto, el espíritu de aquel sabio y la misma pesadumbre que generaba su inefable certeza. Porque vislumbrar que la vida es un círculo, implica aceptar su inevitable curso.

El desdichado hallador, era esta vez un nimio y vulgar trabajador, de esos que han poblado y erigirán las civilizaciones. Sin mayor orgullo que su anónimo sudor y sin mejor pretensión que sobrevivir a la rutina, a base de sueños.

Nunca había sido el prototipo de ciudadano que se identifica con los valores de su sociedad. Más bien la divergencia entre lo aprendido y lo real, frente a la imposibilidad de sus sueños, le hacía percibir la realidad como una cárcel. Y su única salida, tras muchos intentos y trabajos alienantes, fue satisfecha por la lectura y la elucubración. Así la encontró, mas así fue encontrada por muchos otros en el flujo infinito del tiempo, sin que su encuentro fuera sinónimo de éxito. Porque la capacidad mágica de la conciencia no radica en su hallazgo, sino en su poso. Y en él, tuvo la desgracia o la suerte de encallarse, y su permanencia obsesiva, quizá unida a la carambola de los hechos, hizo el repetido resto.

La idea, lo transformó, y no sólo con juegos mentales e insomnio, sino sobre todo con percepciones, que los primeros días, le hicieron plantearse seriamente su cordura. Como si hubiera abierto la puerta a un conocimiento perdido, o tal vez a un poder ancestral, que para él y en su confusión, no debía diferir mucho de una posesión diabólica.

Por semanas, no supo sentirse más que culpable y raro. Más ajeno que nunca, del resto, de toda esa masa que lo contradecía con sus hechos, sus costumbres y sus creencias. Se decían libres y orgullosos de su democracia, su libertad de prensa, de su lucha enconada contra el terrorismo y de defender los derechos universales del hombre, desde su profundo y religioso sentimiento de amar al prójimo. Pero lo único que hacían era sustentar, con su inopia de televisión, prejuicios y egoísmos, un sistema que estaba esquilmando los recursos naturales del planeta, que forzaba a media población mundial a sobrevivir con sueldos míseros, a morir de hambre o a sufrir guerras por intereses económicos. Mientras ellos sólo se contentaban en consumir, como si en la compra radicara la felicidad, aunque cada día sus derechos laborales o sociales sufrieran nuevos recortes, en pos del insaciable poder financiero, que había puesto copyright, precio y a su servicio, tanto a hombres como a todos y cada uno de los progresos de la humanidad.

Él había sido uno más de ellos, un infeliz más pendiente de sus frustraciones y ambiciones personales que de comprender el cruel, suicida y verdadero alcance del mundo distópico y falsamente libre en el que vivía. En realidad un don nadie como él poco podía hacer para cambiar la dinámica. Lo supo antes de que lo poseyera la idea. Pero siempre, durante aquellos años de infelicidad y rutina, soñó que un suceso heroico cambiaría el curso de aquella sociedad miope y depravada, y se consolaba pensando que sus ojos, con suerte, podrían atestiguar ese día. Nunca se imaginó que sería el único que vislumbraría su llegado, y no sólo eso.

La última semana, las conversaciones durante el trayecto al trabajo se habían intensificado sobre el mismo tema, como un chirrido premonitor. Era la primera vez que los móviles permanecían en un segundo plano, la mayoría apagados. La gente en los vagones del metro se había vuelto dicharachera, como si necesitaran hablar y desahogar con alguien de carne y hueso, su opinión sobre el rumor: ¡Mañana es el gran día!, se decían, buscando entablar conversación. Bastaba la familiaridad de haberse visto en el trayecto y que sonara la cara, para lanzarse a desahogar los miedos e inseguridades. Convirtiendo el ritual cotidiano, en una explosión inesperada de comunicación.

No era sólo que desconfiaran. Se podía afirmar que la paranoia había hecho presa y creencia de esa opinión pública mayoritaria, que ya temía a todas y a cada una de las fuentes, y nuestro protagonista tenía mucho que ver en ello. Nadie creía ya en las versiones oficiales, ni querían aventurarse en las culpas y en las posibles consecuencias sobre las que centenares de webs y redes sociales elucubraban. Y es que las predicciones del extraño hacker, se iban cumpliendo, y lo que en principio resultó brillante y rompedor, ahora daba miedo.

Hace poco buscaban alivio y explicación. Ahora les horrorizaba hallar hipótesis que corroboraran los presagios extendidos, de un próximo y planetario desastre. Casi parecía que por un día necesitaran trato humano, eso sí, para quejarse, clamar auxilio y soluciones inmediatas a los políticos, sin ser capaces de encontrar en ellos la más mínima culpa. Claro que mañana sería diferente, el hacker desconocido iba a lanzar su próximo comunicado, y a pesar del temor, todos estaban deseando saberlo.

La población, un año antes, estaba preocupada por elegir al probado y corrupto gobierno conservador que había auspiciado la última gran guerra del medio oriente y que tras tanta destrucción y muerte, prometía reconstrucción y trabajo. Ahora la cadenciosa retahíla de desgracias planetarias los tenía desconcertados y acongojados. Hacía una semana, la naturaleza había barrido con una inesperada subida del nivel del mar, la misma capital inglesa, Londres, tal y como el hacker había predicho. Las cuatro catástrofes precedentes en forma de terremoto, volcanes, inundaciones y un meteorito, las había insinuado, con datos que las fuentes oficiales siempre desacreditaban por ambiguos y anticapitalistas. Quizá porque además de las supuestas profecías, relataba supuestos crímenes contra la humanidad orquestados por las potencias, como la propagación del SIDA, o la preparación de atentados y la creación interesada y financiamiento de las últimas guerras ocurridas en el mundo

Nuestro joven sabio, no necesitaba dejarse llevar por rumores. Sus pesadillas inconexas e inescrutables, ya no lo eran tanto. Al principio no entendía aquellas visiones de gentes y catástrofes que no podía reconocer por sus lecciones de historia, hasta que aprendió que no hacía falta. El atrezzo y los personajes cambiaban, pero el mensaje de aquella ciudad amurallada y tragada por las aguas, que soñó una semana antes, se completaba con voces que parecían desentrañar y confirmarle su intuición, haciendo surgir en su cabeza un significado profético y vigente. Ese que tras la vigilia del sueño, le hizo saber que Londres, en poco menos de una semana, iba a sufrir dicha suerte. Ese que a través del hacker, como había hecho antes, compartía con el público.

La avalancha de realidad intangible, no se detenía en las noches. Su resaca comenzó a reproducirse en el más mínimo acto cotidiano, adquiriendo manifestaciones diversas y torciendo el placer del conocimiento, con el pavoroso sabor de aquel que ha perdido el control de su vida, y aún así halla en el hecho un poso masoquista y complaciente. La dimensión inextricable del don lo conectaba con la crudeza de los hechos, como si lo poseyeran las aristas pormenorizadas de cada punto de vista. Su alegría o desasosiego resultaban accesorios, y pronto comprendió que la culpabilidad primera o el desprecio posterior y conmiseración hacia sus semejantes, eran etapas que lo condujeron a aceptar su papel con una aceptación fervorosa y creyente.

Hoy, gracias a que su febril iluminación le susurra el inminente desenlace, no puede evitar sentir una profunda pena. Aunque la mixtura agridulce del discernimiento también le deja la abisal tristeza de aquel que por primera vez comprende el alcance de la creación, y a pesar de su belleza, le asusta su peso. Porque él ya ha aceptado su destino, pero millones de personas lo sabrán mañana. Había barajado la opción de callarlo, pero el poder lo empuja. La civilización tal y como la conoció dejará de existir, inocentes y culpables pagarán el precio de actuar en contra de la naturaleza, pero de la debacle y gracias a su aviso, unos pocos se salvarán y gracias a ellos surgirá una nueva humanidad, tal y como supo aquel primer y ya lejano sabio.

Lo único que lo asemejaba ya con el resto de las personas, eran la ropa y sus escasas pertenencias, esas que ya no le importan y a las que va a abandonar, para subirse a un avión. Sabe que no hay salida, pero al menos quiere elegir el lugar de su muerte. Anoche lo soñó de nuevo. Falta poco. Sí, muy poco.

Antes de enviarle todos los detalles al hacker, una frase le viene a la cabeza, no puede asegurar si es producto de sus recuerdos y lecturas o del poder:

“There´s nothing knew upon the earth and all novelty it´s but oblivion”.

Comprende que la razón carece de importancia, al menos, como imaginaba, va a ser testigo del cambio. La destrucción llegará, pero todo comenzará de nuevo, y aunque él no pueda ser parte, saberlo le hace sentirse extrañamente feliz y en paz. Sí, una civilización egocéntrica y malvada va a perecer, pero otra cargada de esperanza renacerá. Todo, como el círculo de la vida y el tiempo, comienza de nuevo.

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Atados al Consumismo del “No Viajar”

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el consumista viaje

Cambiar la perspectiva, nos hace percibir la existencia de forma diferente. La cotidianeidad nos fija, y en su repetitiva seguridad, se nos olvida pensar en otra cosa que no sea nuestra propia rutina.

Viajar siempre fue la mejor apertura, camino e iniciación que una mente inquieta por ser, podía tomar. Su elección, propia o forzada, nos hace testigos de otras realidades y nos impele a descubrirnos maleables, cambiantes y aprendices de un marco distinto al propio. Su visión, frente a lo conocido, mesura y concede un nuevo valor a lo que somos y a lo que hemos vivido, aunque su visita sea momentánea. Es su permanencia, sin embargo, la que nos devela un yo distinto, y nos susurra la infinita posibilidad de la existencia y de los caminos por tomar, inaprensibles en su totalidad, pero a la par tan posibles e infrecuentes como el viaje.

Asentarse, permanecer y perdurar, nos hace previsibles. Convirtiendo las innumerables posibilidades de cualquier ser humano, en un límite programable, fácil de adoctrinar, dirigir y vigilar. Repetir lo que hemos aprendido a ser y a actuar, termina por obstruir y desechar, todo aquello que nos niegue, o que en su ejemplo y susurro, muestre una forma diferente de ser y entender el hecho de vivir. Concebir que pueda y exista, algo mejor que lo propio, ese escenario social y personaje en los que hemos invertido décadas, revela nuestro pánico al cambio, la adicción a la rutina y el elusivo pavor de llegar a conocernos.

¡Arrebátale o inyecta la duda en el valor existencial de una persona!, y su insolente y defensiva respuesta, te hará estrenar un enemigo. ¡Elogia cada minúsculo aspecto de sus costumbres!, y aquel que fue un extraño, ahora será tu amigo.

En el pasado viajar, más allá de las forzadas razones de la guerra, las hambrunas, los afanes de poder o de riquezas, implicaba el consciente deseo de enfrentar lo desconocido, como sinónimo de aventura, iniciación y aprendizaje. Las grandes preguntas de la vida, con su aguijón existencial, inoculaban el sueño de la huida como única forma de búsqueda. Hoy su necesidad se camufla y disuade con sustitutivos de múltiple forma y origen, desde el intangible deber social, hasta el infranqueable límite del poder adquisitivo.

El viaje por placer es un invento demasiado reciente y burgués. El Mundo del ahora, ha conseguido eliminar en lo posible la incertidumbre que causa la exposición a lo ajeno, convirtiendo el viajar en una transacción cara que ha internacionalizado sus trámites y códigos. Por si la realidad nos tienta o disturba en cualquiera de sus formas, tener la potestad de refugiarnos en el buffet continental de un hotel, sabiendo que pronto, muy pronto para bien o para mal, volveremos a casa.

 

¡Pero no siempre se puede viajar!

Como todo afán y necesidad humana su uso nos despierta las ganas, y su desuso nos las oculta. No se puede querer lo que no se conoce. Pero los mundos inalcanzables, nos aletean su existencia desde las rendijas de la actualidad virtual. Es entonces cuando, ante la imposibilidad de probar su paisaje y alejarnos de nuestra rutina, buscamos sustitutos. El consumismo puede ser una más entre muchas salidas, pero su costumbre globalizada y camaleónica parece adaptarse y llenar cualquier vacio, convirtiéndolo en la opción mayoritaria e instintiva del ciudadano medio, como si ante cualquier mal, él fuera el mayor y mejor simulado remedio.

Salir de compras se ha convertido en el mejor antidepresivo, aunque su alivio sea engañoso y efímero, y por extensión en una forma de viajar, no sólo para calmar la imposibilidad momentánea o temporal de adquirir la lujosa condición de turista, sino por la procedencia globalizada de los productos a nuestro alcance.

La ironía se disfraza de maquiavélico plan cuando todos, incluida la minoría que critica las desigualdades del sistema vigente, nos vestimos y adornamos nuestro vivir con bienes de consumo que simbolizan con su mera existencia, la marea imparable y triunfante del poder a la que, inevitablemente, nos adherimos, cual cómplices, por su adquisición. ¿Quién renuncia a renovar su móvil, televisión o consola aunque sepa que el coltán, necesario para los productos de las últimas tecnologías, causa guerras y miseria en África, por los intereses de las multinacionales? O ¿quién se resiste a renovar su guardarropa ante los precios bajos de Inditex o Primark, aún a sabiendas de que en su manufactura millones de trabajadores del “Otro Mundo” sufren condiciones salariales, laborales y de seguridad más propias de la esclavitud que de un mundo civilizado?

No podremos viajar como en nuestros sueños nos imaginamos, pero de Bangkok a México, de Dhaka a Nairobi, pasando por Filipinas, Honduras, China, Sri Lanka, Corea y el último rincón del planeta, se hallan representados en el origen y proceso de nuestras compras. Ellas viajan, y gracias a ellas y en lugar de nosotros, nuestro dinero para engrosar las cifras digitales e infinitas de las corporaciones multinacionales que han logrado modelar el mundo a su conveniencia, atropellando valores, solidaridad, vidas y medioambiente, transfigurando instituciones políticas y personas de todo el mundo en meros instrumentos de su engranaje megalómano y ávido sólo de acumular riquezas, patrimonio y poder.

Pier Paolo Pasolini, el controvertido y lúcido director de cine italiano, llegó a afirmar que la historia del mundo nos demuestra que ninguna civilización logró crear una sociedad justa. Pero iba más allá, profetizaba que el futuro tampoco lograría engendrarla, dando a entender que la naturaleza humana, en su expresión social, no busca el interés general sino que más bien es el fruto de los egoístas juegos de poder. Hoy en el cuarenta aniversario de su muerte, a pesar de los avances científicos y sociales, cuando hay capacidad para erradicar el hambre, crear una red energética eficiente y universal o hacer accesible los adelantos farmacológicos y de salud, prima el negocio sobre el ser humano, confirmando que su pesimismo no era tal, sino simple pragmatismo.

Si pudiéramos viajar y conocer de primera mano las condiciones de nuestros semejantes, quizá todo podría ser diferente. Pero ese viaje iniciático nunca podrá ser mayoritario y general, estamos anclados a la rutina y esa cadena, aunque no lo es individualmente, parece irrompible para el colectivo. Así que lo único que nos queda es dar el paso y comenzar un viaje propio, fuera de las rutas marcadas por el consumismo y el turismo, quizá hacia nosotros mismo. Fueron los hombres individuales y no las sociedades los que consiguieron cambiar el mundo, así que comiencen a dar sus pasos. Quizá la esperanza resida, no en la inercia del grupo, sino en el viaje de uno, ese que pueda marcar los pasos que algún día seguirán muchos.

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