Muerte

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Muerte

Capítulo Primero del Libro: EL SUEÑO DE DIOS
Imaginad un diario. Ese que un día soñasteis tener. Está viejo, con las tapas desfoliándose y los colores multiplicados por la suciedad. El rojo predominante se deshace en tonos barro y las letras amarillas de la portada las dibujarías de memoria.

Ahora imagina a su poseedor. Podrías ser tú. Coge el diario y empieza a buscar una pagina. Cuando la encuentra encara el paisaje, antes de disponerse a releerla, como si todo fuera un ritual. Si estuvieras allí dirías que se lo dedica al valle que en panorámica se le brinda. Quizá sólo sea un capricho. Leamos con él:

 

Entre el albor del tiempo y el hoy, sólo en un instante la luna, la tierra, los planetas y todos los elementos del cosmos se alinearon tan singular e irrepetiblemente como aquel día, y por más miles de billones de años llegaren nunca ha de poder repetirse el crisol que me dio la vida. No hubo magos, estrellas, profetas o cataclismos que lo avisaran así que el mundo no se apercibió de mi llegada. Sólo hubo una testigo, mi madre, que aquel día se había quedado sola en casa y que no me esperaba. Creedla como yo, cuando me repetía que en el justo momento en el que yo salía una luz espesa y táctil, de un indescifrable fulgor que ella siempre llamo “color sueño”, me meció en el mismo momento de mi alumbramiento.

Nadie la creyó y parece que no paró de repetirlo una vez que el recuperado resuello le trajo a la mente el recuerdo. Que aceptara la versión familiar no impidió nunca que cuando por mi repetía la “alucinación” en la que yo bailaba al son luminoso por toda la habitación, yo fuera creyente y uniera a la paralización final del aire de la estancia, la del tiempo mismo con sus mares, tierras y estrellas. Como si todo estuviera en mí y sólo yo me insuflara de fuego, de poder.

No sé desde cuando, pero la conciencia de excepcionalidad siempre existió en mí y este relato no hacía más que confirmarme. Pero el ves de esta alegría me desazonaba con el angustiado aguijón de la impaciencia, yo suspiraba por la confirmación de un destino único. Claro que mientras, me conformaba con el cuento nocturno y cíclico con el que mi madre enaltecía mi singularidad de príncipe aún sin reino y que padre soportaba con alguna aislada burla hacia ambos; a veces me quedaba pensando. Se me quedaba pegada la inquietud del recuerdo perdido. Y la fuerza de la convicción siempre salía a flote.

Ni un día de mi infancia dejé de intentar recordar el primer acontecimiento de mi existencia. En él, creía, estaban encerradas todas las respuestas que ansiaba. Así que como no dejé de escarbar, conjeturé hasta el hoy fantasías sin fin.

A los 6 años tuve la certeza de que yo no era más que la encarnación del primer y más poderoso superhéroe de la tierra y que había sido transferido a este mundo con el objeto de salvarlo de un futuro peligro. Aunque la lectura de las aventuras de Superboy me llevó a pensar que las habilidades de las que el presumía y yo carecía, no debían ser el atributo de mi singularidad. La magia de la existencia, en la que yo jugaría el papel prota, siguió susurrándome pistas falsas. Me llevó a creer que sería el alquimista máximo, mil y una veces más grande que Merlín. A soñarme rey del mundo, un Dios niño, o el artista perfecto que dominaría todas las bellas artes.

Pero la magia como todo encuentro significativo de la vida aparece cuando no se la espera, ni se la persigue. Y encima se da la casualidad de que ésta es la última posibilidad que contempla tu pensamiento probable. Una niña de pelo ralo y ojazos profundos como el sueño fue esa aparición improbable.

-Hola! ¿Me dejas leer tu mano? Yo sé leer el destino. ¿Sabes?

 

Aquella mengaja con trazas de chico había aparecido de la nada en mitad del hospital quemao. Edificio que a parte de ser el reto a conquistar por los atrevidos del barrio era quien debía haber sido el acogedor de mi alumbramiento. Yo no había entrado con intenciones de aventura; una pelota de fútbol había caído dentro y simplemente había saltado a rescatarla. Los mayores que habían estado en los sótanos juraban que allí se oían a las mismísimas ánimas en pena. Esa fama me impelía a salir con la urgencia que el tembloroso pulso de mis piernas dictaba. De sopetón ella apareció en la dirección de mi huida, me detuve, ya no sé cómo, ni si me tuvo que repetir la pregunta. Sólo sé que ofrecí la mano, no sin miedo a que le ocurriera algo, debo reconocer.

Me despertó su determinación en manosear y remirar cada porción de mi palma, y me pusieron nerviosos los apenas 3 minutos que tardó en dar su dictamen.

-¡Guau tienes suerte vas a vivir cosas magníficas! Y tienes concedido un deseo que se cumplirá.

-Ya lo sé -le respondí- No hace falta que me digas que soy único.

-Bueno -dijo soltando abruptamente mi mano- pero eso si… no conocerás el amor verdadero hasta que te cases conmigo.

Desapareció, corriendo como yo habría huido, y aunque mi atolondramiento no tardó más de unos segundos en seguirla, ya se había esfumado cuando creí recuperarla. Y juro que la habitación dónde la vi meterse no parecía tener salida.

Y aunque volví con la pelota y corrí aquella tarde con mi equipo, mi instinto me decía que había perdido la respuesta a mi destino. Y tenía razón porque de aquella niña mofletuda nunca más vista tuve.

 

Imaginad ahora a un chico joven, espigado y no muy diferente de cualquier otro. Se guarda tras cerrar el diario en el interior de la chaqueta y encara otra vez el paisaje. Tiene un aspecto nostálgico, casi triste o ausente. Entremos ahora en su mente. Imaginad que os habla exclusivamente a vosotros.

 

De pequeño siempre fui un llorón. Creo que concebía la vida como una cosa llena de sobresaltos que había que compartir. Involuntariamente me dejaba identificar por los sucesos ajenos. ¡No veáis cómo lloraba ! Curiosamente los dolores físicos no me producían ni una triste barraquera: Estaba claro, a la hora de lagrimear sólo atendía al alma. Igualaba la mía con la aflicción extraña y sobrevaloraba los tormentos propios, de forma que adoptaba los que no me pertenecían. Más tarde este hilo me condujo, espero que no os sorprenda, a soñar con la aventura.

Esta afición, en años me produjo la ambición de sentir que tanto había ya dormido con otras vidas, otras épocas.. que sentía que las había vivido. Y así el dolor venía de la pérdida, de la melancolía y la añoranza de aquello que curiosamente no había sido. Sí ciertamente fui un niño soñador, y también un poco absurdo, ¡cómo se puede entender, si no es dentro del patetismo que cuando me preguntaban qué seria de mayor respondiera: aventurero. Lo que en mi imaginería era una mezcla de Robin Hood, Sir Lancelot, el capitán Trueno y un cuatrero. ¡Sí!, creía fervientemente que llegado mi momento de hombría me alzaría con mi caballo enjaezado a redimir a indefensos de plañiderías, a deshacer entuertos; y con el tiempo me convertiría en el mayor adalid de la tolerancia y la justicia. No, evidentemente no conocía el mundo en el que vivía, a pesar de que procuraba prestar la máxima atención a todo lo que me rodeaba.

Ahora tan sólo logro llorar por medio de la segura distancia que ofrece una radio, una película, una canción, una carta. En los actos públicos mi retina ha aprendido a contraerse con dureza y a disimular el dolor que hay dentro. Es.. no sé si bueno, pero al menos si práctico y adulto.

 

Segismundo, así es como se llama nuestro joven protagonista, detiene sus razonamientos. Es una de sus constantes, ¿quién no se habla a sí mismo?, se justifica. Ciertamente no hay nadie que pueda reclamar para sí la cordura de no practicar la propia indagación. ¡Tan desquiciante como sana!

 

Pero el Mundo, que es como lo llaman sus amigos por su manía de hablar de todos los matices de este planeta, sospecha y con razón, que se calienta la cabeza en demasía. Y es que después de tanto pensar en la vida, sigue sin entenderla. A sus 25 años no se siente viejo, pero empieza a sentir que no es joven. En los momentos de ansiedad teme, no la perdida de la vida que pueda vivir, sino el naufragio de todas esas que nunca vivirá. Odia entonces lo que es porque sólo le ha conducido a entender lo que no será y ofuscado calibra que su bagaje en la vida no le ha proporcionado las herramientas para conseguir lo que anhela. Envidioso, Segis, siempre ha sido un pequeño agonías, suspira por la vida de los demás con una esquizofrenia diligente que no se para en pertenencias, situaciones o vivencias; sino que aspira a vidas completas, generaciones, países, Edades Medias, Romas clásicas y hasta universos de fantasía. Ayer obnivulado creyó que era sólo envidia, hoy calmado lo atribuye a sus ansias de vivir. Por eso acaba de pararse enfrente de la estación de autobuses a fumarse un cigarrillo y a soñar con un marco de valles y montañas natural y transportador.

Esta había sido una de sus más adoradas y enfermizas costumbres. Cuando se aburría venía a tomar prestado el ajetreo de gentes, equipajes y rumbos, y los trastocaba en puertos, veleros y aventureros que se iban a los mares del sur de Jack London, al África ardiente del Kurtz de Conrad, a la Catay de Marcopolo o a la Alejandría legendaria. Y el era Bernal Díaz entrando en Tenochtitlan junto a Cortes, el Corto Maltes en Somalia, o incluso un templario loco y moribundo en Jerusalén.

Sin embargo ahora ninguna de estas divagaciones lo aparta de la realidad, ésta va a ser su última mirada al apeadero. Mañana por fin, tras una espera asfixiante, el va a ser el soñado y su ensoñación no es pasada, ni ficticia, ni atemporal; es futura y sólo él protagonista. Mañana huirá de su realidad para adentrarse en la conquista de sus sueños. Mañana dejará este pueblo, esta vida. Mañana la libertad.

Se levanta, reanuda sus pasos con una de las primeras sonrisas triunfantes que el recuerda haber dedicado al destino. Va cantando:

“You´re running and you´re running and you´re running away.

You cannot run away from yourself..”

Canturrearse es uno de esos tics placenteros que Segismundo atribuye a su parte tradicional, popular y trasnochada. La gente ya no se canta, ni al trabajar, ni de fiesta, sólo acuden al botón de la técnica, de la grabación y el consumo. Para él no es más que otro apéndice de sí mismo, se canta para alegrarse, animarse o ante la melancolía. Como un reducto de aquella pasión infantil por querer ser Camilo VI o Pablo Abraira. A cada trayecto del día el conecta la banda sonora de su vida entre las risas y extrañezas de los paseantes.

Hoy no hay público, el frío atenaza la vida, la ahuyenta y sobre todo aquí en el sur, tan callejero, termina por matarla. Pero al Mundo que encamina su paseo como despedida, esta soledad es la más deseable, acorde con su melancólica naturaleza.

Atraviesa su infancia futbolera, robada del descampado de la memoria por los nuevos edificios, entorna sus ojos respetuosos a las eras donde cobraron vida en él, por medio de juegos de chiquillería, Sandokan, los 3 mosqueteros y Tom Sawyer. Sube la cuesta de su niñez, espacio agreste y propio, lleno con la magia de los juegos entre pandillas rivales, grillos, cardos y alegría. Dónde plantó con cartón el cuartel de sus juguetonas ensoñaciones. Entonces, querido pedazo de nada en medio del barrio, y ahora moderno espacio de nadie lleno de estéril césped intocable y llorones circundando una paradójica estatua dedicada al niño, que aleja a los pocos que quedan por estas calles.

 

Sigue y ríe sardónico ante el portalón donde durante años iniciaba con otros cada jornada de aceituna y escupe con rabia ante la vuelta de aquellas palabras: Quien reniega de las olivas reniega de la vida. Frase que machaconamente recitaba el amo, Don José Antonio, tan injusto como beato. ¡Hijoputa jódete!, airea Segismundo, como si su marcha fuera el triunfo vengativo y visible ante tanto sufrimiento y trabajo mal pagado, ante tanta tenaza que mantenía a la mayoría del pueblo pendiente de una recolección que era el único trabajo del año. Dejándoles pingues salarios que distribuir para los 10 meses restantes y millones para un licencioso dictador de costumbres, prohombre cegado por Dios y el dinero ante la necesidad que nunca conoció.

“Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver.

Todos los hombres de corazón diminuto armados con palos y con…”

Otra copla viene a sus labios impulsada inconscientemente por su juventud contestataria, a la que cree muerta por ilusa. Estas nuevas generaciones sólo piensan en lo que tienen y quieren. Nadie piensa en los demás, en la utopía, se explica. Sabe que el ya no es muy diferente al resto, ya no perfila aspiraciones con logros colectivos, no quiere llegar a algo para luego ayudar al resto, sólo quiere ese algo propio y egoísta. Ya sólo aspira a encontrar su lugar en el mundo. Igual que tú, lector.

¡Y este no lo es!, desafía en alto a una calle solitaria, mirando fijamente al balcón que pudo ser su ancla en esta tierra. María era su nombre, su olor inaprensible, inefable y maravilloso le descubrió el sentido de la vida en medio de las preguntas de la adolescencia. Lo guió por un camino que creyó compartir con ella y se amodorró por una senda que evaluó propia, permanente y trazada. Calculó por años una vida mutua unívoca y con hijos. Pero este Segis tiene tendencia a dispersarse y cuando los sueños de aventura retornaban con fuerza a reclamar su futuro, Segismundo notó que María desencajaba en sus fantasías. La exigencia de una estabilidad espacial a cambio de su amor: ¡Qué va yo no me voy de aquí..! ¿Dónde mejor que en el pueblo íbamos a vivir..?, que ella machaconamente repetía, le esclareció la monotonía en la que vivía.

El hastío, del que no aprecia lo que tiene, y unas repentinas ganas de individualidad le llevaron a saldar con ruptura una tonta discusión de celos. La había engañado tantas veces, pero aquello era.. ¡tan ridículo..!, recordó el Mundo al desembocar a la entrada del parque donde tantos revolcones se dieron.

Por meses su indiferencia para con ella rozó una crueldad desconocida, confortado por el pensamiento de que había hecho lo que debía. ¿Pero por qué el dolor no cesa, querido oyente, incluso se aumenta hoy al acabar de cruzarse con los hijos de María que siente arrebatados por un extraño? Un paisano cualquiera, que en su papel de ladrón los transporta al balcón del que quizá nunca debió bajarse.

¡Eva, Eva, Eva..!, se repite más esperanzado que creyente. No sabe si este torrente de independencia, vitalidad, desparpajo e insolencia, que le iluminó el desierto de años desconcertados por la marginación del desempleo y la falta de rumbo, será la puerta segura del amor. Al menos no es la arrebatadora querencia de Maria, ni tampoco, ¡gracias a Dios!, su pacata sumisión. La nueva mujer de mi vida es aventura, sexo, huída e imprevisión. Es el mañana. Se dice, insuflado de ganas de vivir, al llegar al final del parque donde junto al castillo árabe el pueblo se humilla a sus pies. El viento helado lo mece y nota que sus temores se han transmutado en ilusiones.

El hedor de la jamila y esta tierra lo rodean. Lo retrotraen a la sensación de ratonera y ahogo que en tiempos asoció con su localidad: la ciudad maldita. Despectivo apodo lleno de eterno bautizo, cuyo asombrado descubridor creyó ser él al igual que decenas de jóvenes a los que también se lo oyó. Maldición que implicaba la posesión del lugar y la inutilidad de dibujar una fuga que conducía, en espiral indefectiblemente, al regreso perpetuado a ese olor, sustancial y emotivo que sin conocer, Segismundo igualaba a la muerte.

 

Ineludible destino que hoy cree burlar henchido de gozo, de esperanza y de vida. Verdaderamente hoy se percibe libre, sin ataduras, como un personaje sobre los que tanto gusta escribir o leer. La escapada es la única salida que puede tomar un protagonista para hacerse interesante, piensa. Va así a resolver la fascinación por el viaje, al iniciar, conseguir y sobre todo dejar lo que tiene, que es nada, y no perseguir al personaje soñado por y para él. Ahora el se ve huérfano, sin pasado como una burbuja sin raíces, y es que en su familia no ve más que espejos de otros, sin creer tener nada de ellos, y menos algo que ofrecerles.

Además está en esa época que pone fin a la familia, cuando empiezan a aparecer mierdas y ya no queda más que un sin fin de ellas, sin rastro aparente de unión. Y lo más frustrante el ya no se siente más que otra ñorda flotante en campo de nadie. Y es que, piensa, la mierda atrae a la mierda, y la mía como la de cualquiera siempre termina apareciendo.

El olor a muerte lo penetra nuevamente, y esta vez lo descifra congruente con su partida. Hay que abandonar lo que no da vida y su tierra no le produce más que una sensación de desprotección y solitario diálogo con la existencia. No es más que una permanente compañera que ya antes le había dejado claro su singularidad entre muchos, que para su desdicha se justifican, y que él ni comprende ni comparte.

“Y digo adiós, adiós, adiós.. Cojo mi maleta y pido un taxi para la estación..”

Mecido por el descenso acompasado de su música, Segismundo ordena el equipaje de los nervios felices que le llenan la barriga y desemboca en el pilón, tras incluir ropas, fotos, dineros, medicina y libros en la carga del mañana, aún por preparar.

Detiene su canción y su paso cediendo camino a sus recuerdos más felices, adornados con la amargura del nuevo juego. Simbolizados en esta ovalada construcción de piedra que sigue susurrando desde las entrañas, el murmullo del cambio. Aljive, lugar de encuentro y aprendizaje entre cigarrillos, chicas y compañeros frente al abismo hormonal. Inicio de una independencia plasmada en música, alcohol múltiple y drogas para demostrar que caminaban resabiados de los juegos de la inocencia, pero arrastrados por la violencia de un mundo creciente y nuevo. Años de búsqueda, indecisiones y un arrogante orgullo compartido hacia placeres amargos, extraños y sin la pureza placeba de antaño. Maduración desasosegante y culpable ante una familia que era más que nada una conciencia omnisciente y rencorosa.

Su mirada tierna y teatral ilumina el escenario que Segismundo colorea con las vicisitudes de su memoria, a la que sigue con paso firme por las calles donde la Viuda, el Camonos, o el Tanga, se convirtieron en hogar de anécdotas, amigos y salidas nocturnas.

¿Por qué la rutina destruye la felicidad del juego y nos obliga a ir cambiando de uno a otro..? Recapacita el Mundo ante el vació que años de juerga interminable y posesiva, tras un comienzo prometedor y hechizante, le han dejado. Lo más curioso, para él, es que todavía la practique, cuando no debería asombrarse de que el gusto ceda el paso a la necesidad, oculta por la parafernalia que es la noche, para que los jóvenes sacien lo realmente buscado: la comunicación y el diálogo.

Avanza ahora hasta la vaya de los paraos, último lugar de reunión de las litronas en verano, y se sienta esperando la llegada de los amigos. Va a comunicarles su marcha. Los minutos se vuelven tics de nervios y de frío penetrante, y su voz cantarina se ahoga en la cazadora. Impedida la música por unos ojos congelados, por exceso de celo, en la esquina por donde debe aparecer Eva.

El sol mortecino desaparece ante sus ojos y la oscuridad creciente parece cerrar un ciclo. Sin saber por qué siente pena. Una lágrima le salta ayudada por el viento y difumina a decenas de Evas que plagan el lejano horizonte que otea ansioso. Hasta que el piloto automático salta y se sorprende cantando. Cree haberla visto.

“I cover the waterfront, I´m watching the sea will the one I love, be comin´back to me?

             Here I am patienly waiting hoping and longing that´s how I am..”

-¿Te estás quedando pajarito eh..? ¡Hola..!

-¡Ah.. hola Jesús! -Se dirige al coche todo terreno que acaba de detenerse a su vera sin quitar la vista del horizonte.

 

-¡Venga vámonos! Están todos en casa de Saturnino esperándonos. Yo he venido sólo para avisarte. ¡Vamos, vamos!

-Siempre con las prisas. Espera que he quedado aquí con Eva.

-Pues no va a venir. Algo le ha dicho a Juan de que luego venía. ¡Venga coño que tengo el coche en doble fila!

Vacila y finalmente sigue a Jesús, amigo desde las primeras copas, entrañable, cabezón y autoritario del tiempo que le ha tocado vivir. Lo reglamenta con límites estrictos embuido por la creencia de que su tiempo, precioso, no se debe desperdiciar; llegando así a marcar el de los demás cuando espacialmente coinciden con el suyo.

Tiene complejo de Dios, piensa Segis, mientras en el trayecto éste le cuenta su último roce con Chema, otro amigo, por una tontería que sabe que no durará porque tiene buen corazón a pesar de poseer convicciones inquebrantables y perpetuas que abarcan minucias erróneas de temas ajenos que nunca conocerá. Su estructura mental, rígida y segura ha nacido repetida y afirmada por una sociedad que proclama el trabajo, la boda, los niños y la pertenencia a la tierra, en la que tiene claro que siempre vivirá, como única verdad.

-¡Coño se me olvidaba! Lo más importante de todo. Toma el plano de mi casa, a ver qué te parece.

Le da el diseño en planta de una casa, con el brillo de la vida en los ojos, ante un mapa estricto del futuro. Está lleno de triunfo y de ilusión.

-¿Qué te parece eh..? Mi casa. ¡Tengo ya unas ganas de tener mi casa..! Trabajo fijo, coche propio y pronto mi casa. No esta mal para mi edad, ¿verdad..?

-Nada mal. ¿Esto que va a ser?

Aparca el coche y salen discutiendo los matices de las estancias que centrarán la existencia, rutinaria y feliz. Jesús no necesita buscar más de lo que los años le han ido ofreciendo como su natural puesto social. Sin sombras de ambiciones intelectuales, viajeras, sexuales, ni excesivamente materiales que puedan poner en peligro una tranquilidad de espíritu que Segismundo envidia, aun siendo inconcebible para quien no se conformaría con la sencillez. Dualidad paradójica de querer la paz de quien a poco aspira. Sabiendo que su ansia de saber, de obtener la simpleza, la infelicidad le daría.

¿Por qué pudiendo haber sido yo felizmente conformista como muchos me fraguó el destino con sueños desasosegantes y maravillosos?, se cuestiona el Mundo por centésima vez. Sabiendo que ha elegido un camino adelantado y ambicioso, plagado de promesas por explorar, del que no existe regreso. Confiado en que logrará lo que anhela pero reconcomido por el tortuoso paso del impaciente, que dolorido nota que la calma no llega, y que los cimientos de su hogar ni están proyectados. Sólo cree haber encontrado la primera piedra, se llama Eva.

Y si ¿no es la que busco?, termina diciéndose al entrar con Jesús en la casa de Saturnino donde parte de la pandilla celebra la amistad con reunión de humo y alcohol. Se deja llevar por los saludos para cerrar así la idea de que sin ella, tal vez, no sería capaz de iniciar esa batalla por la vida que el vincula con la huida.

Un cubata, música de Albert Plá, Extremoduros y Nightnoise, unos cuantos petardos, las eternas cartas y unos dados, todo junto anima la tarde como siempre que esta pandilla heterogénea, numerosa y fiel se reúne en casa de Saturnino. Hogar temporal cada vez que sus padres salen de viaje. Lo que para alegría de sus juergas ocurre a menudo. Están jubilados, por primera vez en toda su vida saben lo que es tener tiempo libre.

La tercera ronda de bebidas pone final al juego y da rienda a las conversaciones que por parejas, dúos o en grupos se van sucediendo. Carmen desprejuiciada relata a Ana, novia de Jesús, un sueño extraño:


“Te lo juro llevo meses sin follar… pero esta mañana al despertarme es como si me hubiera saciado, tuve un orgasmo como Dios manda, con palpitaciones vaginales y todo, un sueño increíble. Es la primera vez que me pasa, pero ¡ya que me pasara más! No me importa decirlo, ni me da vergüenza. ¡Ójala que me pasara más, así una no necesitaría hombres..! ¿no? Ana sólo asiente, y es que a pesar de una gran verborrea que llega a marear cualquier conversación a la que no sabe dar fin, se siente incapacitada por la intimidación que hablar del sexo siempre le causa. Carmen sin embargo disfruta. Le gusta dárselas de mujer liberada aunque sus numerosas relaciones con los hombres no muestran más que su puerilidad para poder mantener una relación estable, siempre arrepintiéndose de los especímenes que caen en sus sábanas.

Mientras el tema se alarga increíblemente Saturnino se ensimisma en la recolección de etiquetas para la participación en el sorteo de un viaje al Caribe: Esta vez es la mía, sé que me va a tocar. No, no me pongas esa cara. ¡Estas cosas tocan! ¿Por qué no me iba a tocar a mí? Yo voy a estar en el bombo, también tengo derecho, ¿o es que soy ciudadano de segunda? Esta vez que respeten mis derechos. Me toca.

Está colocado junto a Segis que le responde: Vale por mí de acuerdo. Saturnino continúa recreándose en la descripción del premio, caribe, mulatas y clima… Saturnino está obsesionado con la lotería, único medio de salida de una vida gris, trabajadora y provinciana. No por nada es un amigo de Segis, juntos han compartido viajes ensoñados y millones loteros nunca acariciados.

El disloque dicharachero y simultaneo se completa con la atención que José y Chuky prestan a Chema, comunista convencido, obrero y hippie de otros tiempos que ejercita sus ambiciones: En Marruecos o en cualquier país de esos con pocos millones montas algo y rápidamente te haces de oro. No veis que allí les pagas una miseria, trabajan como negros y encima están tan agradecidos que encima hasta te besan los pies. Eso es lo que yo haría. ¡Sí señor! Si tuviera dinero.. Pero aquí con todo dominado por los capitalistas de mierda uno no puede…   

Cabrón, piensa Segis que hace mucho que no lo traga. Siempre va de gorrón y de cara dura, se apunta a todo y rara vez con el dinero por delante. Empieza a echar de menos a Juan. Le aseguraron al llegar que Juan ya estaba al llegar, que acababa de llamarlos. Pero no aparece, ni el ni Eva. El colocón se le sube de pronto ahogado por las voces de réplica de unos y otros, sobre lo que ni tienen, ni son. Recuerda a Leli, a Gomera, a Fran; con ellos no se aburría nunca. Inquietudes intelectuales y un sentido del humor propio los une. Pero claro, ellos están ahora estudiando fuera. ¡Qué suerte!, piensa.

Un pitido. Un timbre. Una alarma. El agudo anuncio de que alguien llega. Voy yo debe ser Juan, exclama Segis aliviado de la tensión que en segundos se había acumulado en su cabeza, preocupado por Eva y dudando ya de su anuncio de partida hacia la capital. Pero Chuky siempre servicial y detallista se levanta y abre la puerta. Es Juan, anuncia a la vez que el Mundo siente la boca seca ante la despedida que se acerca. Entran Chuky y Juan ante una andanada de ¡vaya horas.. La tienda no está tan lejos…Dónde te metes.. Siéntate..! Pero Eva no está. El rubor diligente y perplejo acelera la pregunta: ¿Y Eva..?

Juan es el amigo más antiguo de Segis, se conocen desde párvulos, aunque entonces no eran uña y carne. Hubo años de distanciamiento pero con el tiempo la complicidad bulliciosa, la camaradería nocturna, el intercambio de cultura y el respeto a los propios silencios íntimos han forjado algo que Segis compara con la esencia de la vida. Por eso no necesita oír la respuesta, la sabe.

Se ha marchado. Al final no ha podido quedarse, han llamao por lo de su padre y ha tenio que irse sin despedirse. Me ha dejao dicho que en ferias viene, que un beso pá toos.

 

El murmullo flota como un martillo en la cabeza de nuestro hombre. Persigue sólo la mirada del amigo que ha sido cazado con un ofrecimiento de litro y saludo debido. Con la tristeza de quien sólo mira una milésima y lo dice todo, Juan rehuye los detalles. El Mundo evita los minutos de charla y preparativos de cambio de campamento y anuncia su marcha. No la proyectada, simplemente se va a casa, dice estar cansado. Juan lo aborda en la puerta, mientras los demás le avisan el lugar y la hora para encontrarse mañana.

-¡Espera.. me ha dicho que..!

-¡Déjalo! Me lo ha dicho todo.

El Mundo ya en la calle se sumerge en los gélidos miedos de antaño, indefenso y aturdido por la única puerta que se había atrevido a tomar. Sin fuerzas para abrirla solo cede paso a la riada de viejas paranoias. Bajemos juntos pues a las profundidades de una mente humana.

Mi vida es demasiado mierdosa para ser cierta. Lo que uno quiere si no existe es imposible alcanzarlo, pero yo existo y quiero tener lo que no se me da, ni se me dará. Lo imposible, lo absurdo, lo ruinoso, lo degradante. Y quiero incluso querer lo hermoso que hay en el crimen que por tenerlo cometería. Pero sólo soy un cobarde, Eva era una excusa, un apoyo, la herramienta para buscar lo que solo me asusta.

Ven, las alegrías en brasas se tornan. Siente de nuevo la vida como una pesadilla de ritmo lento. Como si el tiempo fuera implacable y se tomase la molestia de ser comedido e insuperable. Los días, siente ahora, se le escaparían sin hacer nada y no haría nada por lograr aquello que ansiaba. Podría hacer miles de cosas, pero como una extraña maldición de incapacidad autoimpuesta allí seguiría muriendo poco a poco.

A menos claro que rebuscara el valor que hasta hace minutos poseía, la vida iba a ser una muerte lenta, dolorosa por repetitiva e inútil, donde la impotencia, la castración y el desasosiego serían la condena. El fantasma del pasado sería de nuevo la única respuesta de cambio a un presente que no ofrecía ya más que un continuum sin futuro. Sí, se decía, el porvenir, si se quedaba, no sería más que la repetición de este presente inagotable y estático, continuación de un pasado en el que el futuro no existiría.

Si hallara sus agallas daría el paso. Pero su soliloquio lo hipnotiza con placentero victimismo y olvida la huida.

Quisiera tirarme, agarrarme desde mi vacío a una argolla, a un simple enclave que dé equilibrio a mis sentidos desde esta mazmorra que soy yo mismo. Encontrar el sitio o la persona que pare mi destino, que me diga mi misión y recuperar el denuedo febril y el tiempo perdido. Quisiera encontrar los años del niño idealista que debí ser y que no reconozco. Quisiera hacer algo para tener algo y un poco más que esta impotencia juvenil de un tarado. Quisiera dormir acostado como se acuesta el amor con el amante y no esta putridez de aliento mío que me acompaña como único suspiro y martillo.          

Quisiera tantas cosas y no puedo, desde este falso asidero que soy, mismamente rutina e invalidez para la vida. Quisiera haber corrido como un hombre y no ha huido ni el niño. Esperando. Sigue esperando en esta población maldita, mi vida.

Lo peor es que había estado tan cerca el mañana, congelado ahora momentáneamente como la ciudad por una niebla espesa e insensible. Niebla que sentía emanar de él. Sus pasos moribundeaban la autocompasión agridulce en la que Segis ya antes gustó restregarse, y se acompasaban al oído de su conciencia, de una teatralidad de vena familiar.

Futuro, ¡qué maravillosos ecos de abismo inalcanzable transpiraba hacia mí esta palabra! ¡Qué deseo de abrazarlo!, desde la triste esterilidad de un presente engullido por el pasado. ¡Y lo más cojonudo!, sin enlace anunciado mañana a un presente, habiendo tantos posibles. Todos negados menos esta monotonía de pozo, que conjetura por ley mi vida.

Había cientos, miles, millones de vidas en la tierra y a mí me había tocado ésta. ¡Podía haber sido peor, mira la realidad..!, que diría mi madre. La realidad es la TV. Quizá tenga razón y la realidad no sea ni el mundo ni yo.


Hay otros peor, pero no por eso deja de existir mi manía somnolienta y diaria de envidiar otras vidas, duras y aventureras, exóticas, diabólicas, sexualmente perjudiciales y hasta aburridas por tonto contentamiento.¡Todo o todos!, menos esta comezón saltarina de querer vida, mundo, viajes, gente.. Siempre he sido un envidioso sin remedio, un cobarde.

Entonces vuelve Eva, esa valentía que simplemente pudo tomar prestada, le llega desde aquel día de primavera. Estaba alucinando más por la hierba, Saturnino la había conseguido por un amigo de la sierra, que por la rutina de un sábado a las 4 menos 20, la hora del ambiente. Por mucho que hubiera más chicas en la discoteca esa noche, y que entre el par que le parecían follables estaba ella. No apercibía sus ojos, el placer del cannabis ya lo había dejado prendido en un pensamiento. Un balanceo de mano en su paquete lo despertó.

Había aterrizado una semana antes con el descaro del placer en las acciones, un trabajo de profesora que disimulara la veleta pasión por los matices de la vida, y la seguridad que da la sinceridad impertinente cuando se viste de modernidad.

Llevaba el pelo azul con diversos zarcillos, digamos que por el rostro, y en sus para ser exactos 6 días, 4 horas y 20 minutos había conseguido que su consumo descarado de estupefacientes fuese una cosa más que publicada. Pero estaba buena y era una treintañera muy interesante para el lugar, y a él precisamente el saber que iban a ser la comidilla al otro día, ¡lo ponía tan cachondo!

Pero aquella primera vez no pasó del morbo de él y de la satisfacción de ella. Pasaron 2 años, ella había encontrado cierto sosiego, el parecía más mayor. Fue el mes pasado, un amigo lo invitó a una especie de cena-fiesta y allí se hablaron de nuevo. Entre idas y venidas, el discurrir de la fiesta los dejó hablando. Segis se quedó aterido a las palabras de bohemia, de viajes y de intelectualidad que desplegó Eva desde una madurez hipnótica y salvadora. Segismundo percibió su lenguaje, mostró sus ilusiones para que ella lo guiara y se brindó de almohada en el momento tierno, ese en que toda tigresa necesita un peluche.

Ésta es la Eva que duele, la que prometía cumplir con el papel de consorte y maestra ante el próximo mundo exterior, la que desnudó la fragilidad de su infancia, la confidente comprensiva que reclamaba su independencia, la que predijo los impulsos de sus dudas: Quizá lo mejor sería que te dejase ahora, cuando el dolor no sería muy grande. Soy egoísta e independiente. Siempre me antepondré ante todo, ante ti si hace falta…

Aquí es cuando la aflicción se estruja y muestra su salida húmeda y sedante. Aquí la traición lagrimea y libera el victimismo inocente del afrentado. Cuando la culpa se exculpa y se lanza hacia la indefendible acción del otro para salvaguardar el pesimismo del dolor. ¿Lo sentiste..? El llanto se cortó. Su serenidad se transmuta en odio insultante. ¿Por qué, por qué, por qué..? ¡Cabrona, hija de puta!, ¿por qué…?

Nuestro sufriente alterna una misma cantinela con su paso. La niebla se ha hecho tan espesa que parece que se ha apoderado del mundo. Esta misma niebla es la que parece penetrarlo cuando avista su casa. Entonces otra certera punzada de lloro lo entierra en la esquina, desvelándole que la pena que lo aniquila no es por haberla perdido a ella, llora por él. Por no llevarlo en su nuevo destino de trabajo, porque su congoja sólo tiene sitio para él. Para ella sólo odio resentido, sin rescoldo de amor o desamor.

Cuando se calma entra en casa. Sus padres, su abuela, todo el mundo duerme ya. Liberado entra en su cuarto que ha sido hasta ahora un refugio repleto de libros, cómics, videos, cd´s, cassettes, dibujos, cerámicas, pósters de rock y ropas. Lo que entre cama y mesa y desde cualquier perspectiva deja una diminuta hendidura de habitabilidad. Se tiende para intentar poner su mente en orden. Siente que la habitación lo asfixia. Traiciona así la amistad de tantos años, de toda una existencia. Luce igual, pero no es la misma.

 

¡Está más sucia y descuidada!, claro los años no perdonan a nadie. Claro que ella no lo admitirá nunca. Quizá está reprochándome algo. ¿Pero qué..?¡ La he hecho partícipe de mis momentos más íntimos, de mis penas y alegrías..! ¿No la había considerado como el centro de mi vida, refugiándome en ella, compartiendo mi música, mi soledad, mis sueños..?

Había sido la propiedad más querida de mi adolescencia y ahora me rechaza con una alharaca por haber crecido. Tal vez es culpa mía, ley de vida, ya no soy joven, yo también siento que estas cuatro paredes ya no me pertenecen, ha notado que ya no la quiero, que sueño con otros horizontes, que me siento muerto en vida. Ya no me satisface dejar volar mis sueños, quiero realidad y ésta me hace sentir más atrapado.

Se incorpora violentamente rechazando el adormilado frío que lo ata a la derrota. Se sienta a la mesa calentando los sueños y las supersticiones. Coge un papel y un boli, decide recrear el dolor en arte, invocando su destino del que no duda, será un escritor famoso. Todo acto tiene su compensación y cree que el pago por sus logros será la soledad. Finalmente escribe con la cabalística idea de que su personaje terminará siendo él, portándose del barro a la gloria.

Hacía frío, más frío del que nunca había soñado tener. Hacía mucho más frío que el más severo invierno que nadie en el pueblo recordara, incluso los más viejos lo habían afirmado todas aquellas semanas. Pero, ¿qué pueden sino decir los ancianos?, más cuando su vida se va congelando, cuando ya sólo el frío es el compañero que los va abrazando. El los adormece para el último viaje, ellos como nadie son parte de él. Para ellos sólo queda el frío.

Pero ese frío, ¡tan denso, tan, tan frío! emanaba de mí. Pensé que sólo un muerto podría comprenderlo, sólo un difunto lo podría estar saboreando. Yo entonces debía estar muerto.

Por qué entonces me obsesionaba esta pregunta que a todos formulaba y que yo no sabía responder: ¿Qué es la vida?…

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