Monstruos Perfectos

publicado en: Relatos y Literatura | 4
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Monstruos Perfectos

(Cap. 1º- Parte 3ª- Novela: El Chamán y los Monstruos Perfectos)

Dos meses más tarde firma el contrato, tal y como lo había imaginado. Su serie llega a ser todo un éxito y a finales de noviembre, un arriesgado negocio inmobiliario le quintuplica sus ahorros. En apenas un año dos peliculillas le dan acceso a hacer su primer largo en Hollywood, su personaje y él caen bien entre el mundillo. Y todo eso, es sólo el comienzo. A los años M. se convierte en un poderoso icono y nombre de referencia para la opinión pública mundial como estrella cinematográfica y productor. Se podría decir que si él mismo se autocalificase del mejor actor de su generación, sería porque se habría convertido en un soberbio, pero no hace falta. La revista Times le da el título, dedicándole una portada en el año dos mil dieciséis.

La cascada general y continuada de pleitesías y reconocimientos, difundidas y afirmadas por los grandes jueces de la realidad, los medios de comunicación, y corroboradas por la adoración del público en cada salida al exterior, esculpe egos indestructibles. Son meras personas pero llegan a asumir la condición de dioses venerados. Con una naturalidad que elimina la crítica y la duda, creyendo que el reconocimiento de su valía es la expresión de una superioridad incuestionable. Condición que les da derecho a ganar en un mes lo que un hombre en toda su vida y a consumir en un día lujos que pagarían la dignidad de miles de familias. Pero eso sí, no los malinterpreten, a cambio participan en una campaña contra la explotación infantil, porque en el fondo tienen su corazoncito, y no les cuesta admitir que son humildes y justos. Y como pago de su prueba, regalan el desembolso exorbitado de su imagen incorruptible. Ustedes ya los conocen y desde su gris rutina los crean. Son los nuevos Monstruos Perfectos, sí, y en uno de ellos se convirtió M.

Aunque claro, no sé si se han parado a pensar que ellos no tienen la culpa, desde un punto de vista práctico. Su sola presencia hace desencadenar las miradas, los murmullos, las alabanzas, los ataques de adoración ciega. Y no sólo eso, sino que la paranoia de que cualquier extraño pueda ser un pervertido que quiera ganar lustre con su sombra, los obliga a blindar su vida frente al exterior. Y por lo tanto esa vida en bucle, los aísla para poder percibir algo más que esa misma falacia. Pero aunque se comporten como la gente los trata, no son dioses. Y con un simple disfraz, todo cambia.

M. atesoraba el suyo, y aunque cambiara de ropajes, la peluca lo seguía a menudo como parte de su equipaje. No es que terminara siempre utilizándola, pero cuando era necesaria se convertía en una eficaz válvula de escape. Salir desde un hotel al mundo, revestido de anonimato ya no lo paralizaba, sino todo lo contrario. Con el tiempo, eludir los compromisos para dejarse llevar por su nueva personalidad, se había convertido en el mejor motor vital. Todo cansa, y cambiar de nube, aunque sea la que da alcance a todo lo imaginable, no puede ocultar más que la obviedad de una vida. Y cuando M. vislumbraba sus propios límites, la angustia de que la vida tenía que ser algo más, renacía con un hartazgo absolutista.

M. se había convertido en una prepotencia incontestable en la vida social, pero en la intimidad seguía sintiéndose vacío. El amor que había iluminado su existencia y aparecido como nueva tabla de salvación, en los años posteriores a su llegada definitiva al estrellato, había terminado descubriéndole su carácter de alivio momentáneo e inadecuado para erigirse en el ángulo central que justificara una existencia. Se había casado un par de veces, y tras la última separación, no deseaba una nueva aventura. M. se supo extraño, nada lo colmaba.

Buscando una explicación, y sin saber cómo recordó de nuevo la imagen perdida de su infancia. Una obsesión que había ocupado la rebeldía de muchas noches con el fulgor del misticismo más naif y liberador. Cuando fuera mayor, desaparecería del mundo. Tomaría un simple petate con sus cosas, y huiría a aquel lugar donde empezar de cero significara dar sentido pleno a la existencia. Y pensó que aquel niño, tan lejano y olvidado como un extraño, podía ser la respuesta. Y la loca idea de abandonarlo todo, apareció un buen día.

No es que pensara abrazarla, pero su contemplación, como alternativa lo calmaba. Mientras, por el camino del día a día de sus juegos mentales, había descubierto que aquello que lo prevenía contra el despertar del desasosiego, era el mismo trabajo. No sabía hacer otra cosa, pensaba. La vía de afirmación que era su vida pública, seguía siendo una lucha a la que se entregaba con ferocidad. Acrecentar su grandeza, era la única ambición que lo calmaba. Aunque los días de asueto, le siguieran susurrando que todo era una falacia. Claro que la fama y el trabajo tenían una pequeña ventaja, ocupaban mucho más espacio, en su vivir, que las pequeñas crisis. Por lo que con más ahínco a ellos se entregaba, marcándose nuevas metas, enfurruñado consigo mismo e implacable con los que le rodeaban. Todo y todos debían tener una utilidad en su gran plan; sino, no le servían.

Y su codicia, cocinada en el perfecto caldo de la fama, se convirtió en reina. Sobre todo desde el día en que ésta le señaló una meta, cuya anhelada consecución parecía enterrar los ataques de flaqueza. Aquel nuevo interés, había comenzado en una fiesta tras la presentación de una película en Cannes. Nada nuevo o excitante parecía prometer la velada, no era más que otra reunión de gente famosa y encopetada, que entraba y salía entre los gritos de los fans, y que en su interior debía atender, por turnos, a decenas de periodistas de todo el mundo. Promocionar su sonrisa, exhibir su porte y elegir la respuesta humilde, que ensalzara tanto su labor, como la de sus compañeros; no era más que la representación rutinaria que como estrella reconocida, se sabía de memoria. Mas al final de las entrevistas, cuando su cabeza ya estaba más en el futuro de enfilar hacia el hotel y abrazar una nueva y anónima aventura con su disfraz, se percató de una mirada.

Unos ojos lo invitaron a acercarse, y él olvido quién era; o al menos su pose de estrella. A su vera, a no más de tres metros, había un corrillo de personas hablando y al encuentro de miradas, se le sumaron unos retazos de comentarios que le acuciaron la empresa de pedir permiso. La boca de su estómago le ardía, como si revolotearan en su interior mariposas de desasosiego.

-¿Perdonen…, podría unirme? Me parece que tienen una conversación tentadora.

-¡No, no querido, no se lo aconsejo! No somos las mejores compañías. Acabará creyendo que para encontrarle un sentido a la vida, ¡tiene que huir del mundo, de esto, de todo, de su vida…! Claro que eso lo convertiría en un místico… y no creo que eso sea, precisamente, lo que usted desea. ¿O si…?

-Me doy por prevenido e insisto. ¡Madame…!

El corro se une al suspenso de M., contemplando la mano tendida de la estrella y el lento reaccionar de la mujer, como si sopesara negarle la invitación. Lo que advierte a M. de que no es ella quien comanda aquella nave, y que su duda no es más que la espera de una señal de aprobación. Un imperceptible permiso, que una vez más, brota de aquellos ojos.

-¡Wanda, llámeme, sólo Wanda! –Termina por aceptar y le ofrece su mano para besarla. Es un placer conocerlo, sin duda ya es usted uno de los grandes.

-¡Muchas gracias! Pero me temo que aún me queda mucho para llegar a pertenecer al club de los inmortales…

-¡Quizá porque la inmortalidad que persigue, dista mucho de colmar como la verdadera! ¿No será que se equivoca de búsqueda?

Y la sentencia procedía, como no, de aquellos ojos. Ojos que pertenecían a un hombre de aspecto anticuado, cara angulosa, barba colmada y larga melena negra. Pero eran sus ojeras múltiples, que extendían el poder mesmerizante de su enigmática presencia, las que atrapaban las pesquisas dirigidas a su rostro. Su gesto seguro, y sus maneras complacientes, delataban que nada en él se dejaba al azar. Su edad se deslizaba por un arco muy amplio, sin duda era el mayor de todos los presentes, pero su imponente físico, descreía la primera impresión. Y su voz desbordaba cualquier elucubración, como si la experiencia de un tiempo inmemorial hablara por su boca.

Nada más aceptada la inclusión de M. al pequeño grupo, Christophobe, que así dice llamarse, lamenta que no haya tiempo para más. Y a una indicación suya, los otros tres hombres, y las dos mujeres que forman el corrillo también se despiden. El grupo se dirige hacia la puerta y M. se queda paralizado. Le gustaría gritarles que no lo dejen, que quiere conocerlos, pero algo se lo impide, y no es sólo la inesperada vergüenza, sino la creencia de que lo desprecian. Pero justo cuando van a perderse de vista, la cara de Christophobe se vuelve hacia él y le sonríe con malicia.

-Por cierto, vamos a una reunión nada recomendable. No es de su estilo, nos ufanamos por suspirar sobre mundos perdidos y soluciones esotéricas. Me imagino que no querrá unirse… ¿o sí?

Aquella fue la primera de muchas noches. La querencia por asistir a cada nuevo encuentro se había tornado una necesidad embriagadora, por la que el recorrido de miles de kilómetros y el abandono, por vez primera, de sus obligaciones contractuales no era una carga, sino un delicioso frenesí, del que no quería, ni imaginaba poder desasirse.

Christophobe era un hombre avezado en el misterio, no sólo para mantener el que rodeaba a su persona, sino por, y ahí radicaba su magnetismo, mostrar con incursiones prácticas, las creencias y enigmas del pasado más ignoto. En aquel grupo de bohemios fascinados por lo oculto y las ciencias paracientíficas, todos tenían relatos interesantes y teorías contrapuestas sobre los mayas, el origen de las pirámides, la práctica de los viajes astrales o el mejor camino para lograr la inmortalidad. Pero sólo él apoyaba sus afirmaciones con demostraciones grupales, en las que hasta los más escépticos, tarde o temprano, experimentaban percepciones que ni cuadraban, ni fácilmente se podían explicar dentro de la lógica del mundo cotidiano. Por lo que sus aseveraciones no sólo no admitían réplica, sino que terminaban por sentar cátedra.

Su método no atendía a un patrón determinado. Unas veces los reunía para hacer espiritismo y el ente de un templario tomaba voz en el cuerpo de uno de ellos, para contarles pormenores mágicos sobre la historia del grial; otras los citaba en la isla de Mallorca, y durante la luna llena sacrificaban en Cura sobre una rosa de los vientos, semiescondida, un conejo, que tras comerlo, les provocaba sueños de una época feral y prerromana; otras les enseñaba pases mágicos de los antiguas druidas de Irlanda para recargarse de energía; y alguna que otra vez los forzaba a mirar agua estancada hasta que cada uno terminaba viendo retazos del futuro. Sólo y muy de vez en cuando, las sesiones se centraban en uno de los componentes del grupo.

Y como no podía ser de otra forma, un día le tocó a M. ser el sujeto práctico de la magistral clase de Christophobe. Llevaba meses esperando su turno, más de una vez había pensado en sacar a colación el misterioso encuentro con N., pero a la vez, como temiendo descubrir su significado, lo callaba. Aunque no por ello dejaba de ofrecerse voluntario, a pesar de que sabía, como todos, que el maestro no atendía peticiones. Éste actuaba, según su propia expresión, sólo por mediación de lo desconocido.

(Continuará…)

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    Relato de Fantasía, continuación El Día del Despertar y El elegido..

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    ht…

  • Sandra

    Hola, te he nominado al premio: mejores amigas de Bloguer: enhorabuena 😉 pasate por mi entrada del premio: http://theworldoftheduky.blogspot.com.es/2015_02_01_archive.html

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