Manual del Político Moderno

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Político

La Democracia, esa aspiración igualitaria que marca el rumbo de las sociedades civilizadas, debe ser la primera directriz que modele a una agrupación política. Obedeciendo a lo cual, todos los partidos políticos legalmente establecidos demandan igualitariamente de sus militantes la repetición de las consignas que marque la dirección, sin albergar lugar a la discrepancia o al pensamiento independiente; signo evidente y prístino de su sentido democrático. Esta cualidad es la primera y más importante característica que debe atesorar un aspirante político. Puede parecer superflua y al alcance de la mayoría, pero no todos los seres humanos tienen el don de actuar como un loro; al menos no con la naturalidad y la falta de pudor requerida llegado el caso.

La segunda condición que embellece al ser político, es quizá aquella que demarca la delgada línea entre el mero militante de base y aquel que puede estar señalado para un puesto de mayor responsabilidad; y consiste en poder contestar a una pregunta, sin por ello llegar a expresar nada. El conocimiento y la experiencia sobre el tema tratado, poco peso ejercen en comparación con la necesaria verborrea y la facilidad para traer a colación términos técnicos, burocráticos o legislativos que empañen y minimicen la falta de contenido.

La tercera peculiaridad, muchas veces minusvalorada por los estudiosos del pensamiento político, es la posesión de un carácter bipolar, ya sea por propia naturaleza o por escenificación de un cierto arte actoral. La crítica del gobernante, cuando ejerza la oposición, o la defensa a ultranza de la gestión, cuando se encuentre gobernando, debe hacerlo aparecer como un vehemente indignado, o un confiado y seguro gestor ante sus votantes; ya sea el caso necesario. La credibilidad del personaje interpretado, hará mucho en favor de su escalada jerárquica dentro del partido, lo que al fin y a la postre le rendirá réditos en la futura obtención de cargos, y su consecuente poder.

La cuarta, es sin duda la más valorada, y aunque muchos académicos incluyen en ella a la anterior y le sumen el poseer una maestría en el método Stanivslaski, estudios recientes de la Troika Europea la separan dándole entidad propia. Ésta es, como no podía ser de otra manera, la capacidad para trasmitir sinceridad. Porque no hace falta solamente ser un buen actor, sino la inexpresable cualidad de parecer y trasmitir franqueza siempre y en cada comparecencia. La empatía que genera, está demostrado estadísticamente, anula y emborrona el entendimiento de esa gran mayoría que decide las elecciones más reñidas. Si quieres ser un líder político, deberías poseerla, aunque no siempre es necesario; a las pruebas me remito.

La quinta entronca con la más rica tradición política del viejo continente, y no es otra que la de poseer la ética de un diplomático. Las cuestiones no se dirimen en términos de verdad o mentira, sino que hay que enfocarlos en función de defender por cualquier camino y método, los intereses partidistas. Utilizando para dicho efecto, llegado el caso, la condición de representante público, determinando así la verdad oficial; incluso en contra de lo evidente. Para socorrerte, no te preocupes, porque al momento los medios de comunicación afines a la ideología de tu partido, actuarán confirmando y justificando, todo aquello que aún no esté sentenciado judicialmente. La mentira, pues, no existirá si no la contemplas. Y sólo reconocerás que se malinterpretaron tus palabras, que han sido sacadas de contexto, o como mucho el fugaz e involuntario desliz de un comentario desafortunado.

La Sexta es quizá la más determinante a la hora de mantener un status continuado en el comité principal del partido, al que sin duda ya habremos llegado si hemos cumplido y exhibido las cinco cualidades anteriores. Su rasgo no proviene tanto de Maquiavelo, como de la simple confianza. Lo que viene a ser, el no tener vértigo ni preocupación por gestionar algo de lo que no se tiene, ni la menor idea. Dirigir los Servicios Sociales de un ayuntamiento, el ministerio de Sanidad, un Banco o una Alcaldía, no requiere ningún tipo de experiencia. En caso de duda, preguntar a la dirección general del partido o a algún experto que hayamos contratado.

La séptima ya se habrá conseguido en este momento de nuestra carrera política. Habremos interiorizado y expresado tantas veces, que somos, trabajamos y representamos al Servicio Público, que nos creeremos ser él. Debido a la costumbre, la identificación y la trasposición de papeles, esa entelequia respetada por su finalidad intachable, será como un parapeto que nos hará creer que su representación simbólica se hubiere encarnado en nosotros; otorgándonos, para nosotros y nuestros allegados, los beneficios que el escaso presupuesto no alcanza a repartir entre sus públicos y legítimos beneficiarios.

La octava, toca y acontece sólo para aquellos que no sólo fueron prospectos de, sino que alcanzaron la condición de líderes. No es una característica que percibamos los de fuera, su expresión y ámbito es interno y obedece a esa extraña capacidad de aglutinar apoyos en medio de una pelea de egos. La seducción cuerpo a cuerpo, sin despertar el sentido de competencia directa, es un don que se descubre tardíamente; para desgracia de sus adversarios. Cuando quieren echar cuentas, les supera en apoyos, y no pueden más que sumarse al consenso.

La novena cualidad es una estratagema que gracias a la exposición pública, que genera todo líder, se intenta publicitar a la ciudadanía. El carisma no es una tenencia necesaria, sino que se presupone y se adhiere como epíteto inexcusable ante la alcanzada posición. La única indagación y debate de los medios de comunicación girará en torno a la cantidad de ella que se tenga, no a que su existencia sea real. Su concesión depende únicamente en que esta percepción sea introducida en la opinión pública, y si los electores lo llegan a creer el carisma se materializará, aunque el susodicho productor carezca completamente de ella.

El último don requiere al menos una porción del antiguo arte griego que los romanos perfeccionaron para el discurso político. La Oratoria, sin necesidad de leer a Quintiliano, será necesaria tarde o temprano, para llenar de emoción y motivar a los votantes con aquellos mensajes huecos que en época de elecciones llenan los mítines. No hará falta una gran elocuencia, pues los discursos están redactados por otros y su contenido calibrado por encuestas, estadísticas y estudios electorales pagados por el propio partido; pero sí esas gotas que aferradas a lo emocional aglutinan y hacen creer que el carisma, la sinceridad, la capacidad de gestión, el servicio público… y todas las demás cualidades, son reales.

El oficio, sin embargo, igual que el glosario de términos a utilizar para llamar a las cosas, no por su nombre, sino por su eufemístico y políticamente correcto término, es algo que se adquiere con el tiempo. Y sobre todo, aunque es una cualidad supuesta y siempre dada a entender, es obligatorio un alto sentido del egoísmo y la importancia personal. Aunque su base objetiva, sea tan inconsistente como la ética de la clase política democrática y moderna.

FIN DE LA CITA

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