Las Neveras Vacías

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Neveras Vacías

El peso de los días se ha convertido en una tortura silenciosa y contrarreloj para los millones de personas, que de la noche a la mañana han pasado de tener un ingreso a engrosar una lista del paro sin visos de abandono. Vivir implica un gasto constante y el socorrido ahorro, es finito.

Hace unos meses estuvo un amigo mexicano de vacaciones por Europa y en nuestro encuentro a su paso por España, me planteaba que la tan cacareada crisis y pobreza española, no parecía serlo tanto. Un año atrás, cuando aún yo vivía en el DF, no pocas veces me encontré con gente que sabiendo mi procedencia, me planteaba mi opinión sobre la crisis en la madre patria. Mezcla de interés, preocupación y sorna, con el subtexto tonal y de actitud del que en parte se alegra de que su mal de toda la vida, comience a ser compartido por otros. Más cuando la imagen que el mexicano tiene del español, es la de una general prepotencia y superioridad. Fruto no sólo de la cultura colonial y caciquil que ha parido las grandes desigualdades económicas que rigen el país, sino porque los españoles que allí habitan suelen pertenecer a la clase alta, adornados de empresas, negocios, hoteles y restaurantes. Circunstancia que para mi fortuna y desgracia, nunca fue mi caso.

Uno aplica su conocimiento del mundo a aquello que desconoce, dando erróneamente por sentado y extrapolando que un mismo término escenifica y desarrolla la misma realidad que uno conoce por propia. Pero la pobreza que afecta a la práctica mitad de los mexicanos, no es comparable a la española. La clase baja ha sido siempre mayoritaria, la crisis continua (1941-50, 1953-55, 1971-76, 1981-88, 1993-95 y la actual) ha impedido que se creara una clase media mayoritaria, como sí ocurrió en España tras la transición a la Democracia. Y su idea de la pobreza es la de un mal enraizado y bien desarrollado, en cuyo seno se nace, se crece y del que toda la vida se intenta salir. Por el contrario, el proceso aquí, sólo acaba de empezar.

Sólo el ciudadano español que sufrió la hambruna y la tremenda necesidad de la postguerra, vivió en la década posterior una pobreza similar a la instaurada desde siempre en América Latina. Pero desde entonces ha visto como las generaciones siguientes iban mejorando sus condiciones sociales y económicas, y la evolución nos pareció un proceso natural e imparable; hasta ahora. El ciclo se ha reiniciado y lo peor está aún por llegar.

Como le intentaba hacer comprender a mi amigo, detrás de esa fachada de primer mundo, se escondían dramas que no iban a explotar al unísono pero que sin duda terminarían haciéndolo. Más allá de los desahucios y el aumento cuantitativo de visitantes a los comedores de organizaciones como Cáritas, la pobreza española es un drama que en su mayor parte se oculta en la intimidad. Los millones de parados y sus familias van sobreviviendo con el dinero ahorrado, la ayuda del desempleo y las pensiones de abuelos y padres. Pero, ¿hasta cuándo? Las décadas necesarias, según las previsiones más optimistas, para llegar a niveles de empleo anteriores a la crisis, no es un plazo que puedan cumplir tantos millones de personas.

La resistencia irá provocando una caída escalonada, imperceptible salvo para los testigos más cercanos. La imagen de ese día simbólico, cuando una nevera vacía nos ponga frente a la espada y la pared, gastados ya los ahorros, acontecida la muerte del abuelo que con su pensión hacía posible la subsistencia, la denegación del último crédito rápido solicitado porque no se ha podido pagar el anterior, la respuesta negativa de un familiar a una ayuda porque ya casi no le llega para los suyos. Las circunstancias variarán y el próximo e inevitable gasto necesario nos abismará.

De hecho ya está sucediendo. Un ama de casa que termina en la prostitución, un desahuciado que se suicida, un universitario que emigra… La suma y el tiempo harán que la marea llegue hasta el más nimio rincón, quizá no directamente, pero sí porque el drama le sobrevenga a un allegado. Las respuestas se diversificarán.

El estallido social no acontece, porque aunque se comparta la situación, no ocurre así con la causa y el momento en que se producen. No es un grupo de vecinos afectados, ni la plantilla de una empresa que sufre un ERE, sino tú en tu casa quien comprende el ultimátum y quien debe tomar una decisión. El límite ha llegado y hasta ese momento la fe te hacía creer que la suerte terminaría cambiando, y no ha sido así. Te está pasando, y no pensaste que en semejante situación te llegarías a ver algún día. Tu espera, convierte el drama en algo privado, sin foco mediático ni denuncia pública que pueda venir en tu ayuda, siquiera para sentir un aliento amigo.

Un recibo de la luz, unos zapatos para el niño, la tercera visita de esa vecina a la que no le has devuelto el dinerillo que te prestó, el seguro del coche. Cada factura será una aguja que te recuerde que algo estamos forzados a realizar. Y la ausencia de salidas convencionales y educadas, te obligará a ser “imaginativo”.

La ventaja de la costumbre es que ésta ya tiene creados sus mecanismos. En México “la iniciativa privada” llena las aceras de puestos improvisados de comida, ropa y miles de chácharas, los transportes públicos de vendedores ambulantes, las esquinas de boleadores (limpia botas), las calles de niños pidiendo. La vida se busca y resuelve por propia iniciativa, sin buscar un trabajo reglado. Aquí, no es sólo que no exista la tradición, es que además todo está regulado y multado. Pero la marea, gota a gota, creará una presión que por algún lado saldrá. No todos tienen la edad, y con cargas familiares, tampoco la facilidad para emigrar.

La respuesta se presupone del Estado, pero su dejación e indiferencia es una tendencia que la clase política no cambiará tan fácilmente. Las nuevas formaciones políticas, pueden provocar un cambio de tendencia, pero ni ellas pueden hacer milagros; o quizá sí. Todo dependerá de que una mayoría tome conciencia, quizá forzada por sus dramas individuales, y les fuerce a tomar medidas. Quizá nos acostumbremos a ser pobres.

Mientras, imaginen y pónganse en situación. Las opciones radicales serán contempladas, porque cuando es la supervivencia de los tuyos y la propia, la que está en juego, las cortapisas normales, no te detendrán. Quizá sigas el ejemplo de Avelino, un conocido que con sus ahorros se ha comprado una parcelita, siembra su tabaco, sus frutas y legumbres, y sólo come carne cuando caza. ¡Quizá, sólo quizá!

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