La Mediocre Medianía

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Mediocridad

Nos enseñaron a creer que nuestra cultura recompensaba el esfuerzo, casi como una fórmula matemática. Consecuentemente, todo aquel que llegaba a una posición de poder la conseguía por estar preparado, y ser el más listo, el más capaz. Pero cuando generaciones enteras de universitarios se topan con la imposibilidad de demostrar su valía, abocados al paro, a emigrar, o a trabajos mal remunerados. El hecho de que estén, en muchos casos, mejor preparados que aquellos que detentan el poder, debería hacernos comprender que la línea que demarca el éxito, no atiende a ideales, sino a intereses. Es entonces, cuando la gran mediocridad de la Sociedad actual, se esclarece sin dobleces.

La Democracia, tal y como la concebimos actualmente, tienes sus bondades, pero también sus defectos. La opinión de una mayoría extensa y heterodoxa, no representa a todos sus interlocutores, sino que impone aquella cuyo resultado se derive de los gustos, pareceres y creencias, más compartidos. En semejantes circunstancias, la mediocridad se hace rey, y reina, porque lo excepcional y único, suele ser deplorado.

Las múltiples caras que conforman la esquizofrenia pensante de un país, están representadas por sus famosos. Y en sus figuras podríamos ejercitar la deducción de lo que somos. Su símbolo muestra lo que la sociedad afirma y pretende ser, aunque su ejemplo y conducta expresen también a su pesar, lo mucho que se intenta negar.

La terrenidad de los héroes actuales no refleja ya el premio a un ejemplo vital, sino y sobre todo, la envidia de una vida de lujo a la que sólo puede aspirar un selecto club dentro del común de los mortales. Su valor es el triunfo y el éxito, más allá de la aportación real y social de sus méritos, al bien común. Y lo más descorazonador, es que su razón también explica, en qué nos hemos convertido el resto.

Los héroes de una sociedad, suponiendo que sus méritos sean el mejor reflejo de nuestras virtudes, deberían tener el don de ayudarnos a descifrar nuestros errores. En nuestras manos queda desenmascarar también, los indicios que denuncian nuestra vanidad, los prejuicios, el partidismo, y la razón de que tengamos y seamos enemigos entre semejantes

Las figuras públicas, aunque representen a la civilización en la que surgen, carecen de la riqueza plural de la población que los sustenta. En sus olvidos, huecos de contraparte que los represente, refulgen los perdedores. Todos aquellos que no llegaron a cruzar ese límite impreciso que determina la preponderancia, a la hora de participar en el juego social. Aquí subyace la dramática paradoja, ¿qué sería del mundo si todos esos excluidos llegaran a tener la oportunidad de testar su valía…?

Los padrinos y los buenos contactos desvirtúan la capacidad y excluyen a todos aquellos que no sean parte de su círculo. Gracias a su criba, sufrimos a tanto mediocre y sus medidas al mando de un banco, un gobierno, un ministerio, un periódico o una película. Tener, pesa más que ser. Así ha sido siempre, y es bueno recordarlo.

Porque entre los millones de fracasados, no sólo existió la medianía. Mucha brillantez debió perderse en los incontables vericuetos del pasado, y sin duda mucha se sigue desperdiciando hoy en día. La genialidad puede ser una amenaza, sobre todo para una sociedad, donde la regla de mesura está forjada por los contactos y la mediocridad. Ser más listo que tu jefe, siempre fue una rémora maldita para ascender en cualquier profesión. Y la sociedad contemporánea, ejemplifica como pocas la prejuiciosa perversión de esos círculos sociales de poder, tan cerrados, que más que ganarse con aptitudes, se heredan.

Siempre me he preguntado cuántos Einstein, Shakespeare, Miguel Ángel o Mandela, se habrán perdido en el camino. Y no sólo ellos, sino todos aquellos perdedores cuyos nombres no hubieran llegado a nuestros días, pero que vieron truncada su vida, sin que la sociedad les diera la oportunidad de demostrar su mérito. Aunque este fuera humilde y poco relevante.

Por tantos como aparecen y se visten de oropel, tantos otros serán dados de lado.

El acontecimiento no es nuevo. Pero quizá sí lo sea su conciencia, en tiempo presente y constatado por gran parte de la Opinión Pública. Una sociedad que desaprovecha a su juventud preparada, sólo puede estar comandada por mediocres. Más deudores de favores y de amistades interesadas, que dedicados a encarnar el papel que la mayoría les ha entregado.

Claro que algo de culpa debemos de tener todos, y no sólo por el voto. Muchas otras personalidades públicas están ahí por nosotros. Ya sean cantantes, actores o deportistas. Su recompensado prestigio es exageradamente desproporcionado en relación a sus aportes efectivos a la sociedad. Y la adoración desmedida de la sociedad hacia ellos, muestra nuestra propia mediocridad. Porque todo lo que ocurre, sucede porque la masa social lo ha permitido. Las raíces de la gran desigualdad que vivimos quizá se expliquen por nuestra soñada codicia. Por ello sólo comprendemos la injusticia del sistema cuando constatamos nuestra imposibilidad de pertenecer a alguno de los grupos de poder.

No adoramos a quienes nos dicen lo que no queremos escuchar, sino a aquellos que nos adulan el oído. Nuestra estrechez de miras no se detiene a pensar en la injusticia que supone que un famoso gane cien veces más que un trabajador medio, mientras aún tenemos la esperanza de pertenecer a ese Olimpo. Y sólo en época de crisis prestamos atención a aquellos que señalan los errores, una vez que el sistema nos excluye.

La mediocridad aposentada, que socialmente permitimos, tiene la oportunidad inmejorable de ser desechada con los cambios que reclama la crisis de valores, social y económica que vivimos. En tiempos revueltos, aquellos que hasta ahora no fueron más que perdedores, pueden tener respuestas válidas con las que encontrar la salida. Al menos su experiencia vital comprende la situación, porque ha sido la propia y la única que, hasta ahora, ha vivido.

No podemos pretender dar el salto a la excelencia, porque de millones de personas la media resultante no será nunca una nota alta. Pero sí debemos aprovechar la coyuntura para dar oportunidades a esa porción importante de la población que hasta ahora no ha podido participar activamente en el juego social. Entre ellos puede que aparezcan figuras relevantes, genios hasta ahora descartados, líderes que atiendan a las necesidades reales y personas que estén más preocupadas de crear ejemplos vitales que transformen la sociedad, que de dejarse adular por el triunfo.

La mediocridad, no me cabe duda, seguirá triunfando; la mayoría siempre lo hace. Pero tal vez con los cambios se puedan abrir canales que signifiquen una participación más directa de todos los sectores sociales. Se desperdicia y se deja a un lado a una gran masa social, e incorporarla, sin duda enriquecerá nuestra civilización. Porque la democracia, si sólo es el mandato de la mayoría, no deja de corroborar que lo que le gusta es imponer su dictadura a los grupos heterogéneos que pueblan las minorías. Sumar siempre es mejor que imponer. Tal vez ese sea el camino. Converger y agruparse en torno a los intereses comunes, para de alguna forma burlar la tendencia que el Sistema nos impone, de tender siempre hacia la mediocre medianía.

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