Entre Truman Capote y Borges

publicado en: Relatos y Literatura | 2
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Truman Capote

La civilización en la que vivimos, ha impregnado e imposibilitado cualquier expresión que no utilice su único código. Amoldada a su formato, la Literatura, que hasta el siglo pasado fue considerada un arte, hoy se ha transfigurado en un producto más en venta. Contarle a cada nicho de mercado lo que quiere oír, ha dinamitado el número de libros, y su consiguiente epidemia de escritores ha desvirtuado el estándar literario. Pero escribir no es contar y entregar un mensaje. Si así fuera, cualquier examen académico o formulario burocrático, podría entrar en esa categoría.

Se han sacrificado, con el afán de llegar al gran público, las formas, el estilo y el simbolismo de un oficio que en sus orígenes no se elegía. Su vocación, de carácter celestial, imponía una necesidad casi monacal que nada tenía que ver con el pragmatismo, sino con la posteridad. Todo creador soñaba con llegar a concebir y ejecutar una obra maestra. Una pieza que el tiempo, por más que aconteciera, seguiría deleitando a las generaciones futuras. Hoy el escritor reconocido, es aquel que vende millones de ejemplares. Aunque su prosa sea coja, vulgar y su mensaje, un refrito calculado y de fácil digestión, sin más aliento vital que la búsqueda del entretenimiento para todos, y el beneficio para uno.

Ejemplos hay muchos, pero yo no pretendo aquí señalarlos, el tiempo lo hará por todos nosotros. La mediocridad sólo es reflejo de esta sociedad donde impera la medianía y cuyos modelos, salvo excepciones, son vacuos símbolos de que el arte se ha trivializado hasta borrar su más alto y mágico fin: Legar a la posteridad el testimonio fiel y sentido de un pedazo de vida.

La buena literatura amalgama en forma diestra un mensaje. Haciendo de su lectura un juego que nos transporta entre risas, tensión, intriga, dolor y dicha, a presenciar las vidas, reales o imaginadas, que no hemos vivido. Y sin embargo, aunque el contexto, la fantasía, los hechos y los personajes difieran en demasía de nosotros, no dejaremos de caer en la deliciosa trampa de identificarnos con ellos.

Pero un buen texto no implica siempre la necesaria consecución del arte. La delgada línea que separa las diferencias entre la buena escritura y el arte, es sutil. Su estructuración matemática, imposible de remedar para generar productos sin fin. Pero su realidad, tan verdadera como intangible.

Los grandes escritores entrelazan sus ideas a nuestros sentimientos, como si la totalidad del texto hubiera sido diseñado pensando en nuestra historia afectiva y vital. Esa exposición identificativa que supera contextos y enlaza el sentir de un ser humano atemporal, es la marca indeleble de una obra maestra.

El camino que conduce a esa mágica chispa, tan diverso como el hombre mismo, tiene dos ejemplos antagónicos en su concepción, pero igualados en la consecución de su meta. Aunque sus recursos provengan de orígenes contrapuestos, la materia con la que trabajan, como corresponde a cualquier creador, es paradójicamente la propia vivencia.

Truman Capote fue tildado muchas veces de ser un autor sin imaginación. Su obra lo confirma, si nos atenemos al contenido de sus textos, rebosantes de experiencias personales y testimonios que en nada buscan la elaboración y el ocultamiento de sus modelos. Su apego a la realidad era el lienzo idóneo para desplegar su ingenio y mostrar su penetrante lucidez a la hora de decodificar los mecanismos afectivos de aquellos a los que conoció.

Su sociable vida, llena de burbujeante éxito a temprana edad, que lo codeó con las mayores celebridades de su época, fue su campo de trabajo. Sus escritos e impresiones de personas y lugares, destilan el don de una mirada que parece descifrar la esencia de todo lo que atestigua. Sus semblanzas de personajes como Marilyn Monroe, Picasso, Cocteau, Isak Dinesen, Colette, Tennessee Williams, André Gide o Marlon Brando, prueban una sensibilidad que no sólo atesora esa complejidad, sino que tiene la gracia inefable de trasmitirla. Dejándonos la impresión tras su lectura, de que en cierta forma hemos sido testigos directos y no meros oyentes de sus encuentros con aquellos mitos de carne y hueso, a los que, gracias a él y desde ese momento, sentimos haber conocido.

Su narrativa tuvo la audacia de retorcer la ficción y conducirla a su terreno, novelando un crimen real para el que invirtió años de documentación y entrevistas con aquellos que conocieron a las víctimas, pero principalmente con los asesinos. Como resultado obtuvo una obra maestra indiscutible, A Sangre Fría, la consideración de ser calificado un clásico en vida, el jactancioso engreimiento de haber creado un nuevo género literario al que llamó novela de no ficción, y el dolor de sacrificar en aras del arte, las confidencias, la amistad y el amor que le brotó por uno de los asesinos, al esperar y anhelar que, el círculo que su texto demandaba para ser la pieza perfecta que tenía planeada, se cerrara, como así fue, con sus ejecuciones.

El precio pagado lo persiguió el resto de su vida, lastrando y aniquilando poco a poco la obra cumbre que tenía planeada. Plegarias Atendidas, no llegó a terminarse a pesar de que por décadas afirmó que trabajaba en ella. Como si el escozor de inmolar su amor a cambio de la posteridad, fuera un reproche que nunca pudo perdonarse y que terminó paralizándolo. Más aún cuando publicó, como adelanto, los únicos capítulos que nos han llegado de aquella magna obra que pretendía ser un fresco de la alta sociedad con la que durante tantas décadas había convivido, y que no dudó en darle la espalda, sintiéndose traicionada por el intento de develar sus intimidades.

Su prosa ágil, cristalina y maravillosamente estructurada, producto de revisiones y constantes reescrituras, se volcó en el periodismo, el guión, la semblanza, la novela con claros tintes autobiográficos y sobre todo en los cuentos. En ellos destaca su propia figura y la memoria de una niñez infeliz, de la que supo expresar la delicada delicia de la inocencia y las inmateriales enseñanzas que construyen nuestro mapa afectivo y personal.

Si todo escritor utiliza las herramientas de lo vivido, Capote ejemplificaría su extremo, aunque estuviera emparentado con creadores como Jack London o Joseph Conrad cuya producción, disfrazada de ficción, no puede negar su raíz biográfica. A él no le hizo falta pergeñar un simbolismo, ya que tuvo la audacia de diseccionar y atesorar muchos de los aspectos y personajes que poblaron su propia vida.

Jorge Luis Borges personifica el extremo opuesto. Su vida íntima y personal se oculta en sus escritos y sólo sale a relucir en algunos de sus poemas. Pero su camino, negada la exhibición pública y directa de Capote, no deja de nutrirse del gran eje sobre el que hizo girar su propia vida: la literatura misma.

Truman conversador brillante y mago entablando amistades entre millonarios, estrellas de cine o la literatura, viajó sin descanso, como ese viajero de Paul Bowles que no tiene fecha de vuelta, ni itinerario definido y que en nada se parece al turista. Parecía querer devorar la vida, para luego transformarla en libros. Sin embargo Borges parecía huir de ella. Refugiado siempre en las joyas infinitas de la literatura universal, supo sublimar como nadie su amor por la literatura y subrayar el invaluable testimonio de cada autor conocido y relevante, degustando y guiando a la exploración hacia todos esos homenajes a la existencia que nos ha dejado la literatura.

Su imposibilidad para aventurarse a la vida directa, acentuada por su pérdida de visión, le hizo bucear sin descanso en todas esas vidas simbólicas que la espuma del tiempo había salvado en forma de historias, para que él las viviera de forma indirecta e insaciable. Su genialidad creó de su pasión un nuevo discurso, en el que la ficción se reinventaba para hablar de ella misma. El tamiz de su sensibilidad, creaba con la reminiscencia de personajes históricos y novelados, cuentos con reflejos infinitos y de homenaje a autores, obras, épocas y escritos que habían capturado las innumerables aristas que han expresado al ser humano.

Su discurso tiene la claridad de una estructura literaria y simbólica, perfecta. Pero su lenguaje se apoya en referencias que no son siempre accesibles para todos. No escribía para el gran público, sino para el ser humano que detiene su vivir para recapacitar sobre el sentido de la vida misma. Su amor por la literatura y sus escritos, expresan esa indagación doliente y feliz del que intenta descifrar por medio de espejos, las claves místicas que gobiernan nuestra existencia.

El poliédrico simbolismo de sus textos lo disfraza pudoroso. En el cuento El Inmortal, el hallazgo de un pergamino devela la historia de un personaje romano que busca la inmortalidad, la encuentra y comprende su maldición. Intercala referencias a Homero, convirtiéndolo incluso en un personaje, e incluso interpola frases de Plinio el viejo, Pope, De Quincey o Shaw, jugando no sólo a inscribir una historia sobre otra, como las famosas muñecas rusas matrioskas, sino a ocultar en su indagación mística y literaria, que él es el modelo sobre el que erigió al simbólico personaje central. Él, embriagado de la búsqueda de la inmortalidad literaria y abismado por las grandes preguntas de una vida centrada en los libros, se imagina al final de sus días, sin poder deslindar ya entre sus propias palabras y sus lecturas.

 

Dos caminos antagónicos de enfrentar la literatura y por añadidura, la vida. Para los amantes de la verdadera literatura y los deseosos de saborear la búsqueda del sentido de la vida, dos autores imprescindibles. Uno fue más mundano, el otro más místico. Los dos, genios irrepetibles.

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