El Pasado de un País, también vuelve

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El Pasado de las Naciones

La historia de una sociedad es como la experiencia vital de un hombre, lo que fuiste, denota lo que eres. El pasado no predetermina inexorablemente tu futuro, pero sí marca tu presente, restringiendo con la inercia adquirida, las opciones que contemplas y que una vez elegidas expresan aquello en lo que te conviertes. No es imposible un cambio de rumbo inesperado, pero la rara excepción no invalida la norma, menos aún si quien determina el camino es un grupo tan diverso y heterogéneo como una sociedad.

El poder establecido siempre habla bien de sí mismo, proyectando una imagen que más allá de la realidad, expresa el proyecto sobre el que erige sus justificaciones. Haciendo que sea fácil tildar de anécdota y disfunción ocasional, aquello que desentona claramente con el mensaje que los voceros públicos vienen intencionadamente propagando, para aislar los hechos y poder así camuflar y alimentar sus excusas. El poder siempre ha premeditado su uso, sabiendo que en sociedad solo unos pocos se detienen a desgranar los mensajes, y que la mayoría por norma, los acepta tal y como vienen. El pensamiento crítico estructurado siempre ha sido minoritario, procede de una adecuada formación intelectual y de la estimulación del pensamiento propio, algo que nuestro sistema educativo nunca ha buscado. Memorizar y repetir parece ser lo más adecuado que han ideado para nosotros. Su resultado consigue que la mayoría tienda a apoyar la versión oficial, no importa cuán lejos se encuentren las conclusiones de los hechos reales sobre los que se basa.

Analizar un país o una sociedad, no sólo por lo que afirma ser y por las calificaciones que le otorgan los medios de comunicación, sino por los hechos reales de sus actuaciones, a veces no es suficiente. La cercanía y la multitud de acontecimientos, impiden que podamos interrelacionar los hechos y les podamos encontrar un origen justificado. Esa lógica falta de perspectiva, pasmosamente, a veces se subsana si echamos un vistazo a su pasado. Estamos acostumbrados a hacerlo con las personas, y quizá nos asombren las clarificadoras respuestas que hallaremos al aplicarlo a los grupos sociales.

Seguramente han oído alguna vez cómo, muchos de los abusadores sexuales y los maltratadores de mujeres, han sufrido esos mismos abusos o maltratos en su infancia, incluso dentro del núcleo familiar. La lógica nos haría creer que precisamente por ello, éstos deberían ser los primeros en luchar contra esa injusticia sufrida; algunos lo hacen, pero la paradoja de la psique humana es que una gran parte no puede impedir dejarse llevar y repetir aquello que de alguna forma, “aprendieron”. El Estado de Israel cumple el patrón, con un horror que se ha hecho patente demasiadas veces en la cercana actualidad.

El exterminio de millones de judíos sufrido, durante la II Guerra Mundial por parte de la Alemania Nazi, fue el germen para que una comunidad internacional, con sentimiento de culpa, pusiera las bases para la creación del Estado de Israel en mayo de 1948. Desde entonces la inestabilidad en la zona se ha traducido en una guerra intermitente, cuyo último conflicto del 8 de julio al 26 de agosto de este año, tras el secuestro y asesinato de 3 judíos llevó al ejército de Israel a lanzar la Operación Margen Protector, con el resultado de más de 2.100 muertos en la franja de Gaza y más de 11.000 heridos, y 71 muertos y 1.500 heridos en el bando judío.

Pero más allá de los fatídicos números, quedó la imagen, repetida desde la Intifada, de una lucha desigual. El bombardeo continuado de una población civil, sin más ejercito que unos “misiles caseros de terroristas” frente a uno de los ejércitos más modernos y sofisticados del planeta, con el agravante de estar atrapados en una franja de terreno sin salida. Simboliza el abuso de un Israel que desde su creación ha ido ampliando su territorio, en cada guerra y con sus asentamientos constantes, a costa de un pueblo palestino al que trata y confina, con una similitud que en imágenes, desproporción y desprecio racista, en demasía recuerda a los nazis. Sólo hace falta echar una ojeada a los mapas históricos que muestran esa merma de la Palestina creada, a la par que el crecimiento de Israel, desde 1948 a la actualidad. El abusado replica al abusador y convierte aquel dolor en un modelo de actuación. La maraña de un conflicto sin visos de solución, parece comprenderse mejor tomando ese punto de vista, que sólo utilizamos para juzgar a las personas.

Estados Unidos es el ejemplo más claro y reconocible. Para muchos el paradigma de sociedad a la que todo país debería aspirar a parecerse. Su modelo de economía, de democracia y de libertad, ha liderado a la comunidad internacional desde la II Guerra Mundial. Pero su talante imperialista con una lista de intervenciones militares ajetreada, ya sea directa o indirectamente: Cuba, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Chile, Corea, Vietnam, Kuwait, Irán, Irak, Afganistán… Muestran la verdadera cara de un país que se fundó y creó, bajo el idealizado genocidio de los nativos americanos, a los que se les arrebató tierras, cultura y se exterminó en su práctica totalidad. No ha de extrañar por tanto que esa imagen del sheriff y del lejano oeste, exprese con mayor honestidad y apego a la realidad, la actitud de un país que abandera la libertad y la democracia, pero que no es otra cosa que la defensa y búsqueda de sus intereses por encima de quien se le oponga. Curiosamente compartiendo con Israel, la convicción de que Dios está con ellos y por su conducto ejerce la voluntad divina.

España también tuvo un pasado similar. Pero no es el lejano, sino el más reciente el que puede explicar la crisis política, institucional y económica que se vive. La Transición nos hizo creer que de un plumazo se superaron las mañas de 40 años de dictadura, pero el poder económico nunca cambió de manos. Sólo se cambiaron las reglas de un juego y se permitió que una nueva generación entrara en él (como explicaba en otro artículo sobre la Transición, en esta misma sección). Y los hechos actuales parecen demostrar que la cultura elitista, de privilegios, amiguismo y protección mutua, que el bipartidismo democrático escenifica como si el Estado y lo Público fueran ellos, y no los ciudadanos que los eligen y sobre los que han cargado los costes de sus desmanes y mal gobierno, no difiriera tanto sino que probara su herencia directa de la dictadura; en la que curiosamente la mayoría de políticos de la Democracia, nacieron y crecieron. Tal vez, como dijo Pérez Reverte a Jordi Évole, continuando la tradición aristocrática española, que junto a la Iglesia, por siglos manejó la sociedad española a expensas del pueblo llano.

El pasado, parafraseando al refranero español, siempre parece volver, no ya sólo para hacer de profeta del futuro, sino como indicio sobre el que apoyarnos para desenmascarar las falsas apariencias de modernidad y de cambio, de unos países que al parecer no pueden evitar reformular y continuar la tradición que, en un no tan lejano ayer, les dio forma.

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