El Nacionalismo Español

publicado en: ¡Queridísimos Traidores! | 13
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Nacionalismo Español

Las celebraciones denotan el verdadero carácter de aquello que se conmemora, a veces con una insolente claridad, a pesar de que la lejanía entre aquello que se afirma celebrar y el boato que lo representa, reflejen las contradicciones más palpables y evidentes de lo que se afirma ser.

La perversión del lenguaje, auspiciado bajo la tendenciosa y maniquea modernidad de lo políticamente correcto, ha anatemizado todo aquel concepto que con naturalidad describía los aspectos más realistas y negativos de la cotidianeidad. Torciendo esa primera y esencial herramienta social que es el lenguaje, para acomodarlo a su filosofía donde prima más la apariencia que la verdad, quizá porque a pesar de su grosera evidencia, el truco surte efecto y adormece nuestro entendimiento, al menos cuando de números totales, concernientes a la opinión pública y masas sociales, se habla.

Los ejemplos son incontables y no pretendo demorarme en ellos, sino señalar uno, que cada año se repite y que al menos en España, se intenta vender como una fiesta institucional del más alto carácter, no por nada lo presiden los monarcas, el presidente del gobierno y los más altos representantes de los organismos públicos y los partidos políticos. Acaba de terminar y de emitirse por la televisión pública, y como cada año rehúyo su visionado, supongo que como gran parte de la población, pero lo curioso es que su puesta en escena nunca haga surgir en la opinión pública y en los medios de comunicación “libres” la paradójica indignidad y desfachatez de su contenido y significado simbólico.

El Día de la Hispanidad, que surgió allá por 1914 denominándose en un principio como el Día de la Raza, denominación vigente en algunos Estados como México y que en Iberoamérica según los países tiene variado lema y dedicación, nació para conmemorar el mal llamado Descubrimiento de América, y su pretensión era la de renovar lazos, ayuda y cooperación con aquellas naciones que fruto del colonialismo y la historia comparten lengua y cultura con esa madre patria que un día fue la cabeza ejecutora de su estricto e implacable, autodenominado imperio. Ese donde no se ponía el sol y que enarbolando la superioridad europea, la cruz y la religión, codició oro, hombres, tierras y erradicó culturas, sin más remordimiento que aquel que la delicada lujuria le permitía, para una vez repuesto de su resquemor ufanarse en proclamar que todo desliz y tropelía fue en pro de la cultura y de la salvación de los hombres, al difundir la fe del único Dios.

La Historia, como cualquier pasado, es la que es. No tiene más remedio que su comprensión y no permite más acción que la de aprender de ella para proyectar las acciones que impidan reproducir sus errores. La sociedad actual y los líderes de los principales países reconocen las barbaridades cometidas y el genocidio causado por la colonización, pero con la apostilla: “Eran otros tiempos, no se puede juzgar desde la mentalidad de hoy día…” Como si de un accidente, producto de la casualidad y del infortunio se tratase, y no de la acción de una sociedad y unos valores que por sus consecuencias nos han llevado hasta el hoy.

Esos mismos líderes que se llenan la boca de democracia, libertad y modernidad, sin embargo son los mismos que alaban y reivindican la historia de aquellos próceres de la patria que expulsaron a los árabes y judíos, y que con la conquista de América y su genocidio subsiguiente, forjaron un imperio de cuyo pasado, curiosamente, se sienten orgullosos.

No ha de extrañar por tanto que la celebración de éste día, que según ellos simboliza la fraternidad de culturas y pueblos mediante una lengua común, se celebre con un desfile militar. Homenaje poco disimulado a la guerra, hoy llamada Ministerio de Defensa, que en forma de invasiones y saqueos dio lugar a la conquista y sometimiento de pueblos enteros, para mayor gloria de una cultura que más que expandir la caridad e igualdad predicada por el cristianismo, instauró el sometimiento y la desigualdad social que hoy sigue rigiendo las relaciones internacionales.

Todo nacionalismo tiene un carácter conservador, siempre me pareció una estratagema orientada a movilizar a las masas hacia intereses de raíz económica mediante el uso sensible del sentimiento de pertenencia y la magnificación de lo propio y único, para dividir y enfrentar. La Historia recoge ejemplos variados y contrapuestos, a veces como luchas justas para independizarse de un poder opresor, pero los tiempos deberían haber cambiado. El ser humano y las fronteras, deberíamos haber ya aprendido, son un anacronismo que fomenta la división y la desigualdad, pero la teoría y la práctica son caminos difíciles de unir.

España es un Estado con diferentes sentimientos y nacionalismos, la romántica idea de crear un país propio puede ser compartida o no, pero se nos olvida que la supuesta democracia que nos rige debería dar lugar a que sus gentes opinen y usen su voto para conseguir su ideal, estemos o no de acuerdo. Porque lo que se obvia es que también existe un Nacionalismo español, mismo sentimiento que guió a una guerra civil y que Franco impuso con su victoria, y que fruto de tanto años de dictadura fomentó las diferentes sensibilidades y nacionalidades, que en el caso catalán recientemente, tanta controversia han creado.

Ese nacionalismo conservador que aún se ufana en desfiles militares y que se siente con derecho de imponer su visión del mundo y de la historia, como si su razón fuera incuestionable y su fundamento apoyado por el mismo Dios. Olvidándose de que el juego democrático que dice representar debe integrar y no dividir, incluso a aquellos que no piensan como ellos. Quizá por esa intransigencia, los viejos fantasmas de división y de intereses han vuelto, porque aunque se hable de fraternidad, aún siguen soñando con una España que una vez fue un Imperio, pero olvidan que aquella fue una época de imposición, y no del consenso y comprensión que hoy aún se necesita y falta.

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Colabora en Diario 16. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual y El Silencio es Miedo, así como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog: www.elpaisimaginario.com La escritura es una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda, en cuyo homenaje creó: El Chamán y los Monstruos Perfectos, disponible en Amazon. Finalista del II premio de Literatura Queer en Luhu Editorial con la Novela: El Nacimiento del Amor y la Quemazón de su Espejo, un viaje a los juegos mentales y a las raíces de un desamor que desentierra las secuelas del Abuso Sexual.

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