De Hambre y de Chefs

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Chef

Allá por el 2012 yo vivía en Madrid, en pleno centro de la ciudad, junto a la Puerta del Sol, y mi paso por la calle del Correo, donde se encuentra la entrada al edificio de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, era un trayecto cotidiano y casi diario. En sus plazas de aparcamiento siempre había coches oficiales, y ocasionalmente el ajetreo y la presencia de fuerzas de seguridad adicionales, indicaba que estaba teniendo lugar algún acto institucional en su interior.

La cotidianeidad hace que uno deje de fijarse, pero una noche, sería en los primeros meses del año, me llamó la atención el número de vehículos y la cantidad de escoltas y agentes que merodeaban la entrada. Sin duda alguna, había algún evento que reunía a los diputados regionales de la Asamblea de Madrid, y dos furgonetas negras, estacionadas en plena acera, captaron mi atención. No pude resistir la curiosidad y me acerqué para ver sus logotipos, eran de una empresa de Catering llamada “El Bulli”. No me sorprendió, pero sí me indignó. La crisis española estaba, y sigue, en pleno apogeo, y el hecho me pareció clarificador y muy revelador de la actitud de los políticos y sus privilegios, respecto al resto de los ciudadanos.

Pocos meses después yo abandonaba el país, y a mi vuelta me asombraba comprobar cómo en cuestión de año y medio, los programas de cocina, con nuevos formatos, se habían convertido en una nueva tendencia de los canales de televisión. El hecho me hizo, y aún me da qué pensar.

Es curioso cómo, hasta en las modas pasajeras, se pueden discernir las incoherencias que nos cimentan y afirman como sociedad embobada. Su casual propagación, si es que el hecho existente pudiera tener dicha calificación, no deja de reflejar aquello que somos. Aunque no sea la evidencia, sino su trasfondo, lo reseñable e irónico.

El fenómeno no parece nuevo. Karlos Arguiñano, como precursor de un formato copiado hasta la saciedad en los diferentes canales nacionales y autonómicos, lleva décadas compartiendo recetas y guisos, y mostrando la destreza de su oficio. Su mérito y su bien ganada fama, la reconozco. Pero él no es el objeto, sino el ejemplo que ilustra la llegada de los otros. La razón parecería simple y obvia, el público quiere aprender a cocinar, o al menos cuando lo intenta, busca quien le explique cómo. ¿Pero es ese el motivo…?

La moda televisiva de los programas de cocina, expresada por los diferentes concursos y formatos, ha convertido en celebridades de primer orden a los Chefs, concediéndoles el mismo nivel que a presentadores, cantantes, escritores, actores o políticos. Al menos en lo que a cuota de pantalla se refiere, y en su ganada condición de invitados estrellas en los más diversos programas de entretenimiento. Y ésta sí es una novedad, así como que el centro de la trama ya no sea el proceso culinario, sino la forma de convertirse en Chef; es decir el camino para llegar a convertirse en otra clase de famoso.

La tendencia aparece justo en una época en la que, después de muchas décadas, gran parte de la población española está pasando realmente necesidad, y eso principia en lo más básico, es decir en la comida. La coincidencia en el tiempo debería resultarnos, si quiera, paradójica.

El trabajo de un Chef es muy duro, conlleva más de ocho horas al día, prácticamente todos los días de la semana, y se recrudece en fines de semana, festivos y fiestas de todo tipo. Lo sé porque conozco desde hace más de una década a uno, un amigo vasco y residente en México DF desde hace mucho más tiempo. Pero también he visto cómo, a la par que mejoraba la categoría del Restaurante en el que trabajaba, crecía su notoriedad y llegaba a ser famoso en México, con programa de televisión y libro publicado, su accesibilidad y su predisposición para echar una mano, se han transformado, si acaso, en un escueto: “lo siento, no tengo tiempo”. Rodeado siempre de compromisos, actos, presentaciones del más alto standing, y cómo no, amistades tan adineradas como su clientela, y acordes con su nueva situación social.

Mi discurso no va encaminado a minusvalorar su oficio, quitar méritos o poner en duda su derecho a la fama, sino a señalar que su oficio no está dirigido al ciudadano medio, sino a la élite. Porque pocos están dispuestos a pagar el coste de varios menús populares, por un solo plato con presentación exquisita y una porción más que escasa, por mucha nueva cocina y arte que represente. Más que nada porque pocos se lo pueden permitir, no a menos que sea por la circunstancia de un caso aislado y ante una celebración esporádica.

Ahí radica la paradoja. Un producto de lujo, encumbrado por una sociedad que aumenta sus desigualdades y que asiste impasible al espectáculo mientras una gran parte de la población pasa penalidades y sobrevive a duras penas, y lo más grave, sin otear en la lejanía una perspectiva de cambio futuro. Pero eso sí, deleitada por esa nueva aspiración de acceder algún día al elitista arte de la alta gastronomía. Quizá hasta con la cotidianeidad que la asistencia a un cóctel, debe representar para un político.

No sólo los hechos, sino las contradicciones nos definen, quizá con una verdad menos evidente, pero más penetrante, si lo que buscamos es comprender los acontecimientos. La nueva fascinación gastronómica denota la preponderancia de lo accesorio, que nuestra civilización sabe colorear con tantos matices. Como si fuera más importante el lujo que la necesidad, a la que se oculta cambiando el orden natural de prioridades, otorgando una pública relevancia a lo opuesto de aquello que debería recibirla. Costumbre detrás de la cual se oculta la paradoja de un mundo donde se pasa hambre, existiendo recursos para que no ocurriera, o que miles de personas sean desalojadas de su casa, por quedarse sin trabajo y sin ingresos, cuando existen cientos de miles de casas desocupadas en España.

Hay quien dirá que son los medios de comunicación quienes dirigen la atención del público, primando unos intereses que no son los generales. Pero no debemos olvidar que la última palabra siempre es nuestra. Las modas no surgen sin seguidores y algo debemos ver reflejado de nosotros en sus anzuelos, para dejarnos llevar por ellos.

No es malo que nos interesemos por la gastronomía, y las razones serán diversificadas, desde el puro amor a cocinar, hasta el egoísmo, las ínfulas de grandeza, el arribismo o el placer de degustar una buena comida, pero lo preocupante es que lo accesorio nos hace olvidarnos de las cuestiones que deberían ser prioritarias.

En estas fechas navideñas tan centradas en la celebración en torno a la comida, pensemos en aquellas familias cuyo día a día está orientado a la supervivencia, y que en muchas ocasiones se enfrentan al vacío de un plato sin comida. Quizá eso nos sirva para empezar a valorar lo importante y no dejarnos embaucar por preocupaciones que no deberían entretenernos. No al menos cuando hay otras mucho más acuciantes. Porque una sociedad sólo evoluciona y cambia, si la mayoría comprende las prioridades y en ellas se implica.

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